Por Yenny Cáceres Febrero 23, 2018

El hilo fantasma no merece estar nominada a los Oscar. Es demasiado grande para unos premios que este año tienen como favoritas a dos películas tan correctas como engañosas. Es el caso de La forma del agua y Tres anuncios por un crimen. Ni la una ni la otra son malas películas, pero con tanta alabanza inmerecida se han convertido en los grandes cazabobos de la temporada.

Del Toro filma de manera implacable, pero frente a la complejidad de El hilo fantasma, su historia romántica luce insoportablemente banal. Tres anuncios por un crimen es más peligrosa aun. Tras la actuación de la siempre sólida Frances McDormand, se esconde un guion plagado de golpes de efecto, que traiciona y desprecia a sus personajes. A su lado, El hilo fantasma parece un tratado psicológico.

Veinte años después de que irrumpiera en la escena con Boogie Nights, Paul Thomas Anderson (1970) se confirma como uno de los mejores realizadores norteamericanos de su generación. El hilo fantasma, su última película, es tan arrebatadora como única, una historia de amor desquiciada y fascinante.

Es probable que El hilo fantasma se quede sólo con el Oscar a Mejor Diseño de Vestuario, como pasó en los recientes premios Bafta. Mejor que así sea. Hemos tenido años peores. Como esa vez que ganó como Mejor Película ese engendro llamado The Artist o cuando la soporífera El discurso del rey —¿alguien se acuerda de El discurso del rey?— le arrebató el Oscar a Fincher y a Red social.

El hilo fantasma es demasiado grande para los Oscar. Probablemente sólo gane en la categoría Mejor Diseño de Vestuario. Mejor así. Su maestría y su locura están muy lejos del resto de las postulantes.

Hay cosas rescatables entre las nueve postulantes de este año. Está el oficio de The Post, probablemente el mejor Spielberg de los últimos años. Está esa gran sorpresa que es Get Out, una fábula sobre el racismo en clave de película de terror. Y está el Dunkerque de Nolan, que ha crecido con el paso de los meses ante tanto competidor mediocre. Pero no hay nada comparable a El hilo fantasma.

No hay discursos ni causas de ningún tipo tras esta nueva película de Paul Thomas Anderson. Sólo el mundo y las obsesiones de un cineasta que hace que el resto de los directores parezcan principiantes, un autor como los de antes, que busca sumergirse en la mente de sus personajes, como lo había hecho ya magistralmente en la incomprendida The Master. El hilo fantasma carece de cualquier corrección. Hay locura aquí. Quizá, algo de la locura que le faltó a la melancólica y, hacia el final, discursiva Llámame por tu nombre.

Escrita y dirigida por Anderson, esta vez se traslada a la Inglaterra de los años 50 y a una casa de modas liderada por Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis), un diseñador tan neurótico como talentoso, que viste a princesas y a lo más selecto de la sociedad británica. Es un hombre que vive únicamente para su trabajo y con un mundo perfectamente ordenado por Cyril (Lesley Manville), su asistente y mano derecha. Todo se altera cuando Reynolds se obsesiona con una sencilla camarera, Alma (Vicky Krieps), a la que adopta y convierte en su musa.

Reynolds es un hombre que crea una mujer a su medida, en otra variación del mito de Pigmalión, el escultor que, en busca de una mujer perfecta, se enamora de una de sus obras. La obsesión de Reynolds también recuerda al James Stewart de Vértigo, que en un intento desesperado por recuperar a su amada muerta, vestía a otra mujer con las mismas ropas, color de pelo y peinado de su añorada Madeleine, en el clásico de Hitchcock. La primera aparición de Alma con un diseño de Reynolds resulta perturbadora. Es un cambio de piel completo, la transformación de la rústica Alma en una mujer sofisticada, un momento deliciosamente hitchcockiano, de identidades escindidas y roles suplantados.

Esa Alma vestida elegantemente es la mejor creación de Reynolds, la consumación de todo su trabajo, pero pronto nos enteramos de que ha habido otras Almas antes, que han sido desechadas después de un tiempo o cuando han osado tener voz propia. Pero esta vez será distinto y Alma manifestará su rebeldía frente a su creador de la manera más insospechada.

Anderson es un director que respira cine, con una fe inquebrantable en sus posibilidades narrativas y en explorar y homenajear a los clásicos si es necesario. En sus puestas en escena se juega la vida y constituyen la razón de ser de sus películas. Por eso El hilo fantasma resulta tan distinta formalmente respecto a sus cintas anteriores. Anderson sorprendió por su arrojo para retratar el exceso de la década de los 70 y la industria del porno en Boogie Nights, época a la que volvería en Inherent Vice, su hipnótica adaptación de la novela de Thomas Pynchon. Magnolia y su apuesta por un relato coral era otro ejercicio formal, algo que sería llevado al extremo en Petróleo sangriento, la anterior película que filmó junto a Daniel Day-Lewis y por la que recibió su primera nominación al Oscar.

Si Petróleo sangriento era puro exceso, Anderson encontraría el equilibrio en la extraordinaria The Master, una película de indagación en la psiquis de personajes quebrados emocionalmente. Ahora, al retratar el mundo de un diseñador de moda en los años 50, apuesta por el clasicismo en una puesta en escena seductora y sofisticada. Anderson filma los vestidos y las telas con la misma sensualidad de Scorsese en La edad de la inocencia, como si en esos pliegues, texturas y colores se escondieran todos los secretos y la locura de sus personajes.

La presencia de Daniel Day-Lewis en ambas películas también las une de manera inesperada. Reynolds se siente como una suerte de alter ego del atormentado Newland Archer, el protagonista de La edad de la inocencia que renunciaba al amor de su vida, atrapado en su clase social y en los convencionalismos. Reynolds es un solterón asumido, un Edipo que en sus alucinaciones sueña con su madre vestida de novia, porque en ese traje está el origen de todo, desde su oficio hasta su incapacidad de amar. Reynolds establece una relación con Alma, pero lo suyo está alejado de cualquier romanticismo. En manos de Paul Thomas Anderson, esta historia de amor es ambigua e inquietante. Es un viaje mental a los deseos y los miedos más íntimos, con un final exquisitamente siniestro, a lo Chabrol, y una voluntad de arriesgarse sin importar los heridos —o los premios— que queden en el camino.

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