Por Daniel Gómez Yianatos, director de Comunicaciones de Grupo Etcheberry Abril 28, 2017

Vicente Huidobro podrá haber irritado por su tono, su estilo pontificador y su frivolidad. Podrá haberse dado el gusto de ungirse esa aureola de escándalo que paseó por Santiago, Buenos Aires, París y Madrid. Pero, antes de acreditarse como corresponsal del diario La Razón (Montevideo) para cubrir el avance de las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, el poeta no era el mismo de siempre. Viajó herido. El quiebre con su mujer, Ximena Amunátegui, quien ya estaba rehaciendo su vida con Godofredo Iommi, colega y amigo de Huidobro, había transformado su existencia en un suplicio. Se habían puesto en duda públicamente sus dotes de esposo y amante. Era preferible huir al campo de batalla.

“Miércoles 11 abril, 1945. Vicente Huidobro, el gran poeta sudamericano, natural de Chile, acaba de remitir a La Razón, con fecha de 5 de marzo pasado, la siguiente crónica referente a la entrada de los ejércitos aliados en el territorio de Alsacia. Insertamos previamente las palabras del general De Lattre, jefe de las tropas, al ofrecer al corresponsal Vicente Huidobro el sitio de honor en la mesa, cuando el almuerzo de camaradería efectuado inmediatamente después de la reconquista de aquel territorio, así como la contestación del poeta”.

Así comienza el primer artículo de Huidobro en La Razón. Está sólo en los archivos de la Biblioteca Nacional de Uruguay. Va sin fotografías. Sólo el retrato que Pablo Picasso le hizo a comienzos del siglo XX en el departamento que el chileno tenía en Montmartre (París), donde vivió con su primera mujer, Manuela Portales, y sus dos niños pequeños.

Da la impresión que un redactor de La Razón tuvo que improvisar la introducción para dar alguna estructura al material recibido. No parece algo tan descabellado. En una carta que Huidobro escribió a mediados de mayo al pintor Luis Vargas Rosas, en la que le cuenta sus recorridos por aire y tierra en Alemania, le sugiere al final que haga un artículo para El Siglo con esos mismos apuntes. Sólo alguien tan excéntrico como Huidobro puede asomarse al abismo y pedir auxilio cuando ya lo ha cruzado.

El redactor uruguayo no halló nada mejor que continuar el texto citando, en francés, la recepción que el general Jean de Lattre le dio a Huidobro: “Sé, mi Capitán, que usted es un gran poeta y un hombre muy valiente. Sé que en nuestros momentos más difíciles usted siempre confió en Francia y proclamó por todos lados el nombre de nuestra gran patria. Sé que escribió artículos pidiendo el reconocimiento del gobierno del general De Gaulle y que su país fue uno de los primeros en reconocerlo: por esto es que hoy le doy el sitio de honor en mi mesa”.

Huidobro no concebía una guerra mundial en la que él no estuviera presente. Sin embargo, su ánimo no andaba bien.

Huidobro no concebía una guerra mundial en la que él no estuviera presente. Sin embargo, su ánimo no andaba bien. Antes había simulado ser raptado para llamar la atención de sus pares vanguardistas de París y ahora consignaba su presencia, distinta de su rol en la Guerra Civil de España. Allí, no sólo fue corresponsal, sino que le habló a multitudes. Circuló su foto arriba de un coche blindado con un altoparlante en la mano.

Curiosamente, la crónica de La Razón no es épica. Está escrita en primera persona, algo habitual en lengua anglosajona. No es un escrito del Huidobro detonador ni del poeta universalista que se proponía obtener la ciudadanía del mundo. Irradia la melancolía de los versos de El ciudadano del olvido más que la energía de El espejo de agua o Altazor.

file1-1.jpgLo que resulta más llamativo es que el lunes 23 de abril de 1945, varios días después, el mismo diario llevó en su portada una foto de Huidobro conversando con el general De Lattre bajo el título: “Corresponsal de ‘ La Razón’ en el Frente de Guerra”, y no agregó ninguna nota en la edición. Una foto-noticia de algo ya publicado. ¿Reaccionó Huidobro a los incrédulos que ya dudaban de sus peripecias con las tropas francesas?

Aunque estuviera decaído, el poeta no permitiría que se interpusieran en su plan de compensar la herida que Ximena dejó en su orgullo. Antes de partir a la guerra, Huidobro llegó a inventar que se había suicidado para mortificar a la nueva pareja.

La famosa historia del teléfono de Hitler, donde Huidobro aseguró haber arrancado desde el mismo búnker del Führer cuando llegó con los franceses a Berlín, quería demostrar que era el mismo de siempre u ocultar su desgarro interno.

En la biografía que escribió Volodia Teitelboim, el antiguo senador comunista, describe la facilidad que tenía el poeta para el escándalo: “Le gustaban los golpes publicitarios a gran escala. Crear hechos que produjeran shock, fuera un libro de poesía sorprendente, textos dinamiteros o hechos pop; por ejemplo, un secuestro sensacional. Era el macropoeta y podía ser megaescandaloso”.

file.jpgHuidobro tenía dos frentes. El 24 de mayo de 1945 despachó una carta extensa a Ximena, donde, a juicio de Volodia, vacía el tonel de sentimientos y de su sufrimiento y despecho.

A Ximena la conoció cuando ella tenía 16 años, en una fiesta de disfraces en el Club de La Unión. Estaban algo emparentados: el poeta estaba casado con otra mujer y le doblaba en edad a la joven. Fue el escándalo del año y llegó a ser amenazado de muerte por los hermanos de Amunátegui.

“Yo sé que todo cuanto yo te diga tú lo tomas con mala voluntad. Y no sabes qué error cometes. Un día lo comprenderás, pero como siempre, llegarás tarde a la conciencia de la verdad. Yo sé que soy demasiado absoluto, pero soy muy puro. A ti te irrita mi modo de ser porque es demasiado elevado y exigente. Esa convicción mía de que una mujer que me ha adorado a mí no adora a nadie más que a mí hasta su muerte. Nadie la impresiona en el mundo sino yo. Si otro la impresiona, quiere decir que no me ha comprendido nunca a mí. Y por lo tanto no me merece, no puede ser mi mujer. Qué quieres tú, esa es una convicción tan anclada en mi alma que nadie la arrancará jamás…”.

Regresó a Chile acompañado de Raquel Señoret, a quien conoció en Inglaterra. Recalaron en el balneario de Cartagena. Se enclaustró, no le quedaba mucho tiempo de vida. Raquel cuidó de él. Mientras, se esforzó por separar a su hijo Vladimir de su madre, Ximena. El viejo corresponsal podía olvidar los horrores de la guerra, pero no a ella.

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