Por Diego Zúñiga Septiembre 30, 2016

Pedro Aznar (1959) conduce su auto en medio de una carretera completamente vacía. Son las dos, tres de la tarde de un día de semana del mes de octubre del año pasado. Va rumbo a Buenos Aires luego de pasar unos días en Mar de las Pampas, ese pequeño pueblo costero de no más de mil habitantes, que queda a unos 400 km al sur de la capital trasandina, y donde Aznar ha compuesto algunos de sus temas más importantes. De hecho, su anterior disco de estudio, Ahora (2012), fue ideado casi por completo ahí, donde este multiinstrumentista compuso, en un mes, todas las canciones del álbum. Así que vuelve siempre, a buscar tranquilidad y un poco de inspiración ahí, al lado del Atlántico, en medio de unos bosques. Anda en eso, entonces, aquella tarde de octubre del año pasado, atravesando la carretera, cuando aparece de golpe.
Una canción.
Una ranchera.
Pedro Aznar conduce y en su cabeza se le va apareciendo la melodía, las notas, la letra, todo. Está justamente en una época creativa, componiendo su nuevo disco, y entonces llega esta canción, que se le aparece como una ranchera. Él no la quiere dejar ir. Detiene el auto un par de veces y va haciendo anotaciones de voz en su teléfono: palabras, melodías, ideas de una canción que le llega así, como un regalo.

—Fue un momento muy mágico, muy lindo —dice Aznar al teléfono desde Buenos Aires, mientras se prepara para venir a girar por Chile durante noviembre—. La canción la compuse a lo largo de una hora manejando. La ruta estaba casi desolada, una larga recta en medio de la pampa, un día nublado, con el cielo bajito, y mucha mucha tranquilidad. Disfruto mucho manejar, me relaja, y esos momentos son muy propicios para que la creatividad se manifieste.
Iba a llegar a Buenos Aires, entonces, y grabaría la canción. Elegiría el título “Por la vuelta” y sería uno de los trece temas que componen Contraluz, su último disco, recién lanzado en Argentina. Un viaje profundo por esa fusión en la que ha estado indagando Aznar desde hace tantos años entre la música folclórica latinoamericana y el rock. Por eso no es raro encontrarnos en Contraluz con un bolero, con unas guitarras rockeras, con ciertas luces del pop y con una ranchera, todos los géneros conviviendo armónicamente gracias al talento que tiene Aznar para construir un estilo propio con todos esos sonidos.

El próximo 19 de noviembre se presentará en el Movistar Arena, donde recorrerá por completo su nuevo trabajo, y también hará una gira por regiones, donde estará en ciudades como Concepción, Chillán, Viña del Mar, Talca, Valparaíso y Rancagua, entre otras. Un viaje que ya se ha acostumbrado a hacer en los últimos años, pues Chile se convirtió en un país fundamental para su carrera. Dice que lo siente, de hecho, como su segunda casa.

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Era 1993 y Pedro Aznar estaba descubriendo un camino solista. Había estado en dos bandas descomunales como Serú Girán —junto a Charly García– y Pat Metheny Group, pero él quería indagar en sus propias búsquedas, en sus propias composiciones. Una de esas noches, de hecho, mientras escuchaba un disco de grandes éxitos de Elton John, le dieron ganas de traducir la letra de “Sorry seems to be the hardest word” y ver cómo sonaba en castellano, en su lengua. Eran las tres de la mañana, estaba solo en su estudio, pensó que era una canción hermosa, así que se puso a escribir la letra. Unos meses después, en el Teatro del Châtelet, en París, iba a tocar por primera vez en vivo su versión, “Ya no hay forma de pedir perdón”, y la iba a dejar registrada, su voz y el piano, frente a esas más de dos mil personas. Iba a ser un concierto importante, no sólo porque grabaría esa canción que luego se convertiría en uno de sus temas imprescindibles —y uno de sus mejores covers, el que la gente le pide una y otra vez en cada concierto que da—, sino porque marcaría ese momento de su carrera en que estaba decidiendo si lanzarse o no como solista.
Luego de eso ya no dudaría.

Esa canción sería parte de David y Goliath (1995), y ese disco fundamental en su obra sería el que vendría a tocar por primera vez como solista a Chile. Es decir, hace más de veinte años, en un concierto que transmitió Cooperativa y TVN, y del que Aznar guarda un DVD que nunca salió a la venta, un registro personal de esa primera vez que iba a significar el comienzo de una historia intensa.

“Creo que me acostumbré a que la inspiración llegue en las situaciones más inesperadas. Si tengo a mano el teléfono, hago una anotación de voz. Si no, un lápiz y un papel y ya: una idea, una letra, un título. Hay que estar siempre alerta. Es como si dejara siempre una ventanita abierta para que pudiera entrar un pájaro a decirte algo al oído”.

—Fue un momento importante porque esos años terminaron siendo la consolidación de mi trabajo como solista —explica Aznar, que de ahí en adelante ya no detuvo su carrera, que se ha caracterizado por una curiosidad incansable. Quizá eso tiene que ver con sus inicios, cuando tenía nueve años y su padre le regaló una guitarra y una melódica, ese teclado que se sopla como si fuera una armónica. No recuerda bien cuál tocó primero, pero sí que aprendió a tocar ambos instrumentos y que de ahí en adelante no los abandonó nunca más.
—La verdad es que yo soy un enamorado total de la música desde que tengo recuerdos, antes incluso de tocar esos instrumentos. Cuando niño jugaba todo el tiempo con los discos, y me fascinaba no sólo lo referido a lo musical, sino el fenómeno de la grabación. Los discos y los tocadiscos me parecían una magia increíble. Eso es lo que me hizo ser ingeniero de grabación y tener estudios de grabación en mi casa desde los veinte años. Esa parte de la música me parecía fascinante también —cuenta Aznar, quien recuerda esos años de formación y juventud con mucho cariño. Tiempo en que junto a sus amigos intercambiaban libros y discos, cuando sin darse cuenta iban educándose y viviendo una serie de experiencias que los terminarían por definir. En esa época también descubriría su fascinación por el folclore y por los grupos que lo fusionaban con ritmos inesperados, como el rock o el jazz. Sonidos que jamás lo abandonarían y con los cuales nunca ha parado de experimentar.

—Siempre fui muy curioso en términos musicales. Además, para mí el rock siempre fue asociado a libertad creativa. Siempre lo viví como una música abierta que permitía meterse en distintas cosas sin perder su esencia. De hecho, mi búsqueda, por lo menos en los últimos veinte años, ha sido fusionar la canción de rock con la canción de raíz folclórica latinoamericana, y lo que estoy haciendo es profundizar eso cada vez más, por eso este disco, Contraluz, tiene una nueva apuesta por esa búsqueda —dice Aznar, a quien la música chilena también lo ha influido. Referentes como Violeta Parra, Víctor Jara y Congreso —por mencionar algunos— han marcado su trabajo. Aunque también las generaciones más jóvenes, con las que ha compartido escenario y grabaciones.
—Me gustan muchos. Nano Stern, Manuel García, Anita Tijoux. En los últimos años ha habido una camada de jóvenes cantautores brillantes, una música hermosa, letras muy potentes. Me parece que es un momento muy bueno en la música popular en Chile.

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“Siento que mi carrera le debe mucho a Chile. En estos quince, dieciséis años en que he estado yendo constantemente, siempre fueron conciertos vibrantes, llenos de alegría, con el público totalmente conectado y eso es todo para un artista”.

Si en Ahora, su anterior disco de estudio, Aznar compuso las canciones durante un mes en Mar de las Pampas, esta vez, para Contraluz, el viaje fue distinto: más largo y por muchos más lugares, pues estuvo casi un año componiendo los temas y lo hizo, en parte, donde la inspiración lo pillara. Empezó en marzo de 2015 y terminó en febrero de 2016, luego de componer en Buenos Aires, Mar de las Pampas, San Francisco, California y Santiago. Tuvo, además, la participación de la Orquesta Kashmir y de la legendaria cantante cubana Omara Portuondo.
—Creo que me acostumbré a que la inspiración llegue en las situaciones más inesperadas —confiesa Aznar—. Y tengo el hábito de respetar mucho esos momentos y de registrarlos de alguna manera. Si tengo a mano el teléfono, hago una anotación de voz. Si no, un lápiz y un papel y ya: una idea, una letra, un título. Creo que siempre digo que cuando uno vive en un modo creativo, hay algo que está siempre alerta en uno. Es como si dejara siempre una ventanita abierta para que pudiera entrar un pájaro a decirte algo al oído.

Aznar 2—Una de las cosas que han caracterizado tu carrera es separar la figura del músico de la obra. Resguardas mucho ese espacio privado…
—Más que resguardo es una cuestión conceptual, que tiene que ver con que yo siempre sentí que lo que yo tengo de interesante para ofrecer es mi trabajo, y en mi trabajo está volcado lo mejor de mí. Ahí están mis pensamientos, mis sentimientos, mis alegrías, mis tristezas, mis angustias, mis anhelos, mis sueños, y creo que esa es la parte más valiosa. Creo que hay mucha banalidad en el exponer cada detalle de la vida de uno. Me parece que hay muchas cosas que son irrelevantes y que no aportan.

—Ahora, pensando en esto: ¿cómo trabajas con los materiales autobiográficos? En Contraluz hay mucha intimidad y en tus últimos discos también.
—Yo uso, como creo que hace todo escritor, esos materiales autobiográficos, y además creo historias e invento personajes. Muchas cosas las tomo de mi propia vida y no tengo miedo de hablar de eso en mis canciones. Qué sé yo… una canción como “Quebrado” es una canción doliente y desgarradoramente honesta. Y sí, cuando uno escribe algo así, confesional, da un poco de vértigo mostrar eso y salir a cantarlo a voz en cuello. Pero es muy poderoso lo que pasa cuando eso se espejea en la gente. Y cuando ves que a los demás les pasan cosas parecidas o iguales, y que esas personas que están escuchando también lo están cantando, es algo especial. En esa comunión hay una cosa curativa. Creo que el dolor cuando es expresado se amansa bastante.

—Desde hace ya varios años que tus viajes a Chile se han vuelto recurrentes. Hay una comunión especial con el público de acá. ¿A qué crees que se debe?
—Es una relación hermosa. Siempre digo que considero a Chile como mi segunda casa. Hay un respeto y un cariño mutuo muy fuerte. Y siento que mi carrera le debe mucho a Chile. En estos quince, dieciséis años en que he estado yendo constantemente, siempre fueron conciertos vibrantes, llenos de alegría, con el público totalmente conectado y eso es todo para un artista. Ahora vamos a tocar Contraluz completo, las trece canciones, y también algunas de los discos anteriores. Habrá estrenos, sorpresas. Creo que todas las canciones del disco son muy amigas del escenario, muy divertidas de tocar en el escenario, así que creo que el público chileno lo va a pasar bien.

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