Por Alberto Fuguet, escritor y cineasta Agosto 12, 2016

Una película no tiene por qué adecuarse a lo real; una cinta es antes que todo entretención, mentira, fábula. El realizador que no entiende eso está en serios problemas. Nunca aquello que se va a narrar debe ser menos importante que aquello que se desea denunciar.

La historia no es el andamio; es el edificio.

Lo sólido debería ser la historia.

El resto es extra.

Ahora bien: ¿qué historia se cuenta cuando el tema por el que optas tiene que ver con tortura, secuestro, violación, sectas, pedofilia, experimentos científicos y golpes de Estado? Hay algo intragable, infame en creer que esa historia es la de dos chicos extranjeros enamorados que son apresados. Hannah Arendt habló de la banalidad del mal. ¿Cómo se tilda, entonces, algo como Colonia Dignidad?

En Hannah Arendt (2012), el filme acerca de la filósofa, lo que se contaba no eran sus peripecias eróticas sino cómo va cambiando su punto de vista, cómo entiende que el nazi enjuiciado también puede ser una víctima. Colonia... no está para sutilezas. Colonia... romantiza el mal y hace banal su tema central. ¿Es Colonia... un filme acerca de Villa Baviera, el golpe, la complicidad con los militares y la caja de Pandora nazi que se esconde al interior de Parral? No: es acerca de dos extranjeros en peligro. Pero tampoco es El año que vivimos en peligro, sino más bien “Escape Imposible desde Villa Baviera” (Emma Watson y el raro de Daniel Brühl son las víctimas y, por cierto, los héroes). Es al final una historia de amor. Chica desea salvar a su chico. No importa lo que sucede con Chile; eso es escenografía o terror local. Si ellos se salvan, todo estará bien.

¿Pero estará todo bien? ¿Importa?

Al filme no le importa que Chile se hunda y los militares arrasen con este pasillo freak. Mal que mal, una país capaz de sufrir un golpe de Estado no merece nuestro respeto, parecen decirnos.

Que el país donde todo ocurra sea un telón de fondo no es un pecado en sí. La obra entera de Graham Greene está armada a partir del extranjero tumbado en un sitio que no es el suyo. Pero en todas esas obras, aquellos países son mucho más que una escenografía: son un cómplice o un espejo o un catalizador. Colonia... pudo ocurrir en Paraguay (recuerden ese clásico cutre que es Los niños del Brasil) o en cualquier capital o país latinoamericano. Ya sabemos: somos exóticos, malditos, básicos, corruptos, pero tenemos buenos paisajes y podemos otorgarle algo “extra” a la cinta extranjera que decide filmar por estos lados.

“Colonia...” es de esas cintas que, a pesar de lograr entretener de manera torpe y hasta culpablemente, se juran que están denunciando y ayudando a mejorar el mundo.

Colonia... sólo posee el punto de vista del liberal extranjero que no entiende nada, pero que cree o siente que debe estar “en contra” de Villa Baviera. Colonia... es de esas cintas que, a pesar de lograr entretener de manera torpe y hasta culpablemente, se juran que están denunciando y, no me extrañaría si googleara las notas de promoción de prensa, ayudando a mejorar el mundo: no más colonias o campos nazis incrustados en países tercermundistas. Nunca más.

Lo extraño es que por cómo está narrada la cinta —es un delicioso remix de la basura más espuria y adictiva y cómica y entretenida que ha inventado Hollywood y lo peor del cine europeo comercial—, dan ganas de que la Villa del filme siga en funcionamiento (como ocurre en la realidad) y que las aventuras continúen: ¿cuándo van a contar con sensibilidad gay camp las peripecias de algunas de sus víctimas de los 90?

Pero a los artistas extranjeros le encanta dárselas de comprometidos y bienpensantes con respecto al “exterior”. El filme desea denunciar, dicen. ¿Sí? Escriban un reportaje. Hagan un documental. Un trabajo de no ficción. De hecho, ha habido testimonios televisivos contundentes.

Que Paul Schaefer da para ser uno de esos personajes inolvidables al nivel de Hannibal Lecter es innegable; pero no basta con que el villano real sea un peso pesado, hay que transformarlo en ficción y, ya lo enseñó Shakespeare, para que un canalla funcione en escena no basta con que sea malo. Se necesita algo más para triunfar en pantalla. Se necesita épica y un ingrediente oculto que todos intentan sublimar: cierta fascinación y empatía hacia el villano.

En este caso no ocurre, porque la falla principal del personaje sobreactuado por Michael Nyqvist es que cree que le está dando subtexto a Schaefer cuando sólo lo está llenando de tics. La tropa de ancianas con hiel en vez de sangre superan por lejos el matriarcado de La casa de los espíritus y parecen más amish que alemanas. Colonia... tiene a la gran y fina y cerebral y guapa Emma Watson como una azafata de Lufthansa dispuesta a todo con tal de salvar el día y de paso hacer un filme serio y comprometido, pero termina siendo la cara de un desastre de proporciones. O quizás no. Si Colonia... se llamara “Parcela de terror” o “Fundo” y ocurriera en Pennsylvania, no cabe duda de que la cinta agarraría onda y puntos. Porque la mezcla de Saw con Hostel y con cintas como The Village, del ex niño maravilla Night Shyamalan, funciona. Asusta. Aterra. Es una suerte de Argo de tercera. Pero Argo no quería denunciar Irán. Colonia..., en cambio, desea más, pero fue escrita mientras los guionistas gozaban con Expreso de medianoche (la cinta matriz del “horror extranjero”). Ahí falla. No nos dice nada nuevo y dicta la lección moral al público extranjero que algo sabe del tema a través de la prensa. Colonia... desea resumirle al mundo lo que es Villa Baviera, pero termina haciendo un mamarracho de terror gore que a veces asusta y que termina fascinando por lo grotesco y lo poco sutil que es con las verdaderas atrocidades que sí han ocurrido ahí. Colonia... es cine de explotación que usa a las víctimas para divertir. Y en eso es casi digna: no tiene culpa de usar todo lo que puede para impresionar. Tal como muchas de las cintas “ligadas al 73”, no posee distancia, confunde ideas con trama; apuesta a que comprometerse con un tema es lo mismo que narrarlo.

La lista de aberraciones con Chile como telón de fondo es para escribir varios libros. De hecho, siempre vale la pena revisar Chile vs. Hollywood de Daniel Olave para reírse a gritos. Incluso cuando el tema político se saca de la ecuación, los resultados tienden a rozar lo bizarro. Mirando Colonia... es donde un filme como Missing, criticado en su época, se alza y se dignifica. Missing de Costa-Gavras no intenta ser una cinta chilena ni sus protagonistas buscan salvar a nadie. Missing tiene como telón de fondo el golpe y lo retrata bien. No intenta ser acerca de Chile; es acerca de un padre republicano y conservador que viaja a buscar a su hijo y nunca lo encuentra. Pierde. Y en el proceso abre los ojos. Colonia... intenta hacer que el público cierre los ojos (en los momentos de mayor tensión y terror) y cruce los dedos para que la pareja protagónica se salve.

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