Por Diego Zúñiga // Fotos: Marcelo Segura Diciembre 24, 2015

Si uno escribe en Google Andrés Valdivia, el sitio autocompleta, de forma inmediata, con la palabra encontrar. Y si uno acepta aquella sugerencia de búsqueda, lo que aparece, entre las primeras opciones, son dos videos de YouTube en los que podemos escuchar “Encontrar”, la canción que eligió Alberto Fuguet como tema central de su debut cinematográfico, Se arrienda (2005), y que le cambió la vida a Andrés Valdivia.
Ahora bien, si no aceptamos la sugerencia de búsqueda de Google y nos dedicamos a ver los distintos links que nos aparecen bajo el nombre de Andrés Valdivia, iremos descubriendo otras cosas: que es director de la empresa Noise-Media, que tiene más de 10 mil seguidores en Twitter, que es experto en marketing digital, que ha realizado la banda sonora de películas como La hija del general y 199 recetas para ser feliz, que en 2006 cofundó Podcaster.cl y que ese mismo año lanzó su primer disco, Nudo ciego, el que fue distribuido a través de un pendrive, pues Valdivia, que bastante sabía ya en ese momento del mundo digital, entendía que el formato del CD estaba casi obsoleto y que el futuro era el MP3.
Sin embargo, lo que no aparece a primera vista en los distintos links que nos lanza Google es que luego de ese debut musical vino un silencio rotundo y misterioso. Nueve años de silencio que acaban de romperse con Efectos secundarios, el regreso de Andrés Valdivia a la música: diez canciones más rockeras, más políticas también, en las que este ingeniero civil eléctrico se pregunta —hoy, a sus 40 años— qué significa ser un hombre en pleno siglo XXI. Un disco en el que resuenan las influencias de Bob Dylan y Bruce Springsteen, canciones que se pueden tocar con una guitarra de palo, historias íntimas y públicas que están lejos de lanzar grandes diatribas y certezas, más bien se resguardan en el mundo de las preguntas, de las dudas, y desde ahí buscan interpelarnos, conmovernos, incomodarnos.

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Principio de los 90. Andrés Valdivia no sabía muy bien qué quería hacer con su vida. Le gustaba la ingeniería, le gustaba la música. Había tenido desde segundo medio varias bandas que no llegaban a ningún lado. Escuchaba a los Beatles, a los Stones. Era el Chile de la transición, no pasaba mucho, no había épica, eso recuerda ahora. Pero su madre le decía que la época universitaria era una de las más importantes de la vida.
—Yo me acuerdo que lo pasé muy mal –dice ahora, entre risas, cuando recuerda esos años estudiando Ingeniería Civil Eléctrica en la Universidad Católica. Estudió Ingeniería, se recibió, pero nunca olvidó que tenía una deuda pendiente con la música, por lo que en 2003 se fue a estudiar a Nueva York y vislumbró allá que la industria musical estaba cambiando de forma radical con el ingreso de lo digital en el mercado.

“Ya han pasado dos años y te puedo decir que me arrepiento de haber cerrado Podcaster. Lo que pasó fue que viví una crisis financiera cabrona y mantenerlo costaba 25 millones de pesos al año y no podía darme el lujo de endeudarme. Esperaba que llegara alguna ONG, pero no apareció”, dice.

—La pregunta que uno se hacía era: ¿va a morir la música como industria? —cuenta Valdivia—, y en un sentido más personal, me preguntaba: ¿estoy estudiando algo que se está muriendo?
La industria no moriría, finalmente, sino que cambiaría y Valdivia sería uno de los primeros que por acá comprenderían ese nuevo escenario. Sin embargo, antes de eso vino “Encontrar” y pasar de ser un desconocido al creador de un hit.
–El cliché de la fama muy rápida yo lo viví en una escala muy muy muy pequeña, pero es peligroso porque la canción me puso una vara muy alta. Mucha gente me escribió, muchos se conectaron. Entonces, después de eso, dije: “Algún sello se va a interesar por mí”. Pero justo viene el colapso de las discográficas y fue todo distinto –explica Valdivia y recuerda que en esa época justo apareció Gepinto, de Gepe, que fue uno de los discos más importantes de ese 2005, con excelente acogida de los medios. A Valdivia le gustaba el disco, sentía que en el mundo independiente había triunfado, pero cuando supo que sólo se habían vendido unos cientos de copias comprendió que no tenía sentido, para él, sacar un disco en formato físico y que debía apostar por lo digital.
—Cuando estoy en Estados Unidos entiendo que si un producto es digitalizable, entonces es imposible que la gente no lo comparta masivamente. Es naif pensar que no se va a compartir y que puedes venderlo. Ahí también me puse a pensar qué fenómenos no son digitalizables, y llegué a la conclusión de que, por un lado, está la performance (el teatro, los conciertos) y, por otro, el tema del fetiche, el disco con material extra, libros, el vinilo –explica Valdivia.
Estas reflexiones lo llevaron, primero, a que su disco debut —Nudo ciego— fuera distribuido en un pendrive, y luego, a comprender por dónde transitaría su vida laboral en los próximos años. Ahí, en 2006, funda Podcaster.cl, la primera plataforma de intercambio de contenidos radiales de Latinoamérica y que debió cerrar en 2013 por falta de recursos.

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—Ya han pasado dos años y te puedo decir que me arrepiento de haberlo cerrado. Lo que pasó fue que viví una crisis financiera cabrona y mantener Podcaster costaba 25 millones de pesos al año, y no podía darme el lujo de endeudarme en un proyecto que no veía por dónde. Esperaba que llegara alguna ONG, pero no apareció —dice Valdivia y luego agrega—: Igual ahora creo que lo matamos a destiempo, porque hoy sería un éxito. Cuando lo creamos no existía Facebook ni Twitter, el tráfico de celulares de Podcaster era del 2%... hoy sería más del 70%. De todas formas estoy orgulloso porque hay una generación completa que pasó por Podcaster y a la que hoy le va muy bien. Desde Fabrizio Copano y Jani Dueñas hasta Bisama, Baradit, Francisco Ortega, que empezaron pelando el cable ahí. Para muchos fue su primera plataforma de difusión masiva.
Hoy, Valdivia no descarta resurgir el proyecto, sin embargo dedica sus energías a Noise-Media, agencia digital que creó en 2009 (que hoy tiene una empresa hermana llamada Zepellin) y donde ha logrado unir sus diversos intereses, como la música, el arte, la ingeniería y el marketing. Desde ahí ha trabajado con proyectos e instituciones como el Teatro Municipal de Santiago, Unicef, el Festival de Cine de Valdivia, Fidocs, Cinépata.com, películas como El bosque de Karadima, y diversas marcas y empresas (Pisco Mistral, Bilz y Pap, VTR y Lollapalooza-VTR)
—Estoy orgulloso de muchos de nuestros proyectos. Entre los que más me gustan está Michael Mann, un mapa del mundo, sitio donde lanzamos un libro digital de Daniel Villalobos sobre Mann. Me hubiera gustado que tuviera más prensa, porque está muy bueno. Y nada, el Caso Vicaría (crearon un sitio junto a la Universidad Diego Portales para complementar la segunda temporada de Los archivos del Cardenal) es realmente un orgullo porque se unen muchas cosas, tiene que ver con mi historia y creo que lo hicimos muy bien. También hay otros proyectos que no nos funcionaron, como la última temporada de Los 80, pero ya está.
Proyectos digitales, muchos, que en estos nueve años –entre Nudo ciego y Efectos secundarios– lo mantuvieron ocupado, postergando eso que tanto le gusta hacer, como es agarrar una guitarra y cantar. Aunque nunca dejó de hacerlo. Dice que tiene cientos de demos, pero que no lograban llegar más allá del computador. Recuerda, sin embargo, una conversación con Leo Quinteros que le sirvió para salir de ese silencio.
–Leo me dijo: “Si no empezái el disco con un set de restricciones básicas, es como mirar Google: está todo y no hay límites”. Y me pareció que tenía razón, así que me armé ese set de restricciones y salió Efectos secundarios.

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“Si ser radical/ es ser animalista o vegano/ prefiero quedarme en casa/ que ser un puritano”, canta Valdivia en “10 años atrasado”, uno de los mejores temas de Efectos secundarios, disco donde decidió escribir primero las letras y luego ir encontrando los acordes adecuados.

“Efectos secundarios” les habla justamente a los que tienen entre 35 y 45, historias de hombres resignados, historias de hombres que crecieron en la transición, en los lánguidos años 90, que parecen no creer en nada, a pesar de estar conscientes de todo.

—Pensé: si la canción te da ganas de mover la patita y te funciona guitarreando solo en el baño, entonces es una buena canción. Si necesitas el arreglo perfecto para que cuaje, no es una buena canción.
Efectos secundarios funciona, entonces, como un puñado de canciones que, efectivamente, pueden resistir esa prueba de agarrar una guitarra y tocarlas así, a la intemperie. Sin embargo, el disco tiene varios arreglos que le dan a los temas mayor consistencia, mayores matices y que lo vuelven un álbum más rockero, con un sonido distinto —en muchos sentidos— al pop que ha imperado en los últimos años en la escena chilena, pop que le gusta a Valdivia, pues recuerda haber visto y disfrutado desde los comienzos a gente como Gepe, Javiera Mena o Álex Anwandter. Porque lo que ocurrió en estos años de silencio de Valdivia fue, justamente, el surgimiento del nuevo pop chileno y de una serie de bandas y cantantes (Leo Quinteros, Fernando Milagros) que consolidaron sus carreras.
—Cuando salió Nudo ciego, muchos de ellos eran más chicos y más talentosos y tenían muchísimo potencial. Y nada, ahora después de casi 10 años son megaestrellas. Los admiro mucho por distintos motivos. Ahora, también me pusieron en una posición de muchas contradicciones, porque escuchándolos descubrí que había un espacio que el pop chileno había dejado botado, que es la generación que tiene entre 35 y 45, que podemos bailar con una canción del último disco de la Mena o de Gepe, pero sabemos que son menores que nosotros y que tienen otras preocupaciones. Sentí que ahí había una oportunidad —cuenta Valdivia, quien en Efectos secundarios les habla justamente a los que tienen entre 35 y 45, historias de hombres resignados, historias de hombres que crecieron en la transición, en los lánguidos años 90, que parecen no creer en nada, a pesar de estar conscientes de todo.
Así como Nudo ciego fue distribuido en pendrive, Efectos secundarios se puede descargar de forma gratuita en el sitio www.valdivia.io, donde también se pueden leer las letras y ver los videos que hicieron para cada tema —videos con imágenes tomadas de YouTube— y observar la gráfica de un disco que no existe como tal, aunque Valdivia decidió imprimir un sobre con el tamaño de los vinilos y ahí agregó las letras y las ilustraciones impresas que acompañan al disco, cuya carátula en la web es un GIF. Un vinilo sin vinilo, pero que él aspira a que igual esté en el lugar donde la gente guarda sus discos, a pesar de que no exista el objeto.
—Yo creo que inventé la empresa que dirijo porque mi música está ahí, en el ámbito digital. La inventé porque me permitía trabajar en muchas cosas que me interesan, me parecía un buen paraguas, pero la vida a veces te come y me dediqué sólo al trabajo, y en algún momento me di cuenta de que me estaba haciendo daño a mí y a la empresa el no hacer música. Así que dije: “Tengo que demostrarme a mí mismo que puedo trabajar, hacer un disco, tener una pareja, un hijo”, y de ahí viene la urgencia de Efectos secundarios. Tiene que ver con una lucha conmigo mismo —dice Valdivia, quien promete lanzar el disco en vivo en marzo. Es lo único que quiere ahora: subirse al escenario y tocarlo completamente.

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