Por Paulo Ramírez Abril 24, 2014

© Ari

“Mucha gente lee novelas como si estuviera leyendo el diario. Los grandes lectores son los que abren su corazón, su alma, su mente y respiran la música que hay en las palabras. Esos son los que realmente disfrutan al leer. Los otros leen como si se estuvieran informando”.

“Todo escritor rechaza su obra. A mí no me gusta mucho la mía. Siento que todos mis libros son un fracaso, que podrían haber sido mejores. Yo di todo lo que tenía, pero no logré que fueran mejores. Tal vez por eso necesito escribir otro libro: para mejorar”.

Paul Auster lleva escritas 300 páginas de su próxima novela. Se trata de la vida de un hombre desde que nace; es todo lo que acepta decir. Su problema es que alcanzó esas 300 páginas y su protagonista es todavía un adolescente. Auster se lo atribuye a su obsesión creciente por los recuerdos de infancia. Sentado bajo el sol santiaguino, cansado del largo viaje desde Brooklyn, Nueva York, comparte algunos de los primeros:

“Tenía unos 3 años, mi padre me dijo: ‘Aquí tienes una ciruela, sal a jugar, hace un lindo día’. Yo tenía un pequeño triciclo, recuerdo haber salido en él y le di un mordisco a la ciruela, pero no me gustó el sabor, parece que estaba mala, así que la tiré a la calle, y me invadió un terrible sentido de culpa por haber desobedecido las órdenes de mi padre… y todavía recuerdo esa culpa, la siento como si hubiera sido ayer. Otro recuerdo muy fuerte es el día en que mi hermana pequeña llegó a casa desde el hospital tras su nacimiento. Yo tenía 3 años y 9 meses, eso lo puedo decir con precisión. Vivíamos en Union, Nueva Jersey, en un pequeño departamento con muros verdes y persianas venecianas. Y recuerdo haber estado junto a mi abuela materna, mirando a través de las persianas, esperando a que apareciera el auto… Mi padre había comprado un auto nuevo ese mismo día, un De Soto de 1950 -ya ni siquiera hacen De Sotos-, y recuerdo a mi madre entrando con la guagua, mi hermana chica; recuerdo que mi madre estaba vestida con un traje celeste… En el hospital las enfermeras estaban en huelga, así que ella regresó antes, al día siguiente del nacimiento; estaba muy cansada y la recuerdo diciendo ‘tengo que tenderme a descansar’”.

Paul Auster es uno de los escritores estadounidenses más leídos y celebrados en la actualidad. Aunque empezó a publicar tarde en su vida, tiene una larga lista de novelas (entre ellas La trilogía de Nueva York, Leviatán, Mr. Vértigo, El palacio de la Luna, El libro de las ilusiones y Sunset Park), además de cinco libros autobiográficos escritos con una honestidad poco usual (“No puedes escribir sobre tu vida y mentir. Si lo haces, llámalo una novela”, dice), varios de poemas y también de ensayos…

Vino a Chile junto a su esposa, Siri Hustvedt, también escritora, para participar en una verdadera cumbre literaria junto al Nobel sudafricano J. M. Coetzee, en el marco del ciclo “La Ciudad y las Palabras”, organizado por el programa de doctorado de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la Universidad Católica. Con Coetzee mantuvo un abundante intercambio epistolar que dio origen al libro Aquí y Ahora: el retrato de dos mentes muy distintas que se encuentran en la reflexión sobre la literatura y sobre la vida.

-Sus padres no eran lectores, ¿de dónde salió el interés por los libros?
-No lo sé, realmente no lo sé. Es algo que simplemente apareció de pronto. Una vez que aprendí a leer, leí un montón, todo tipo de cosas. Para mí, el libro era uno de los lugares más felices donde podía estar, pero no sé por qué me convertí en lector.

-¿Y empezó inmediatamente a escribir?
-Cuando tenía unos 9 años escribí un poema… ¡el peor poema que alguna vez se haya escrito…!

-¿Todavía lo tiene?
-No, desapareció… Pero recuerdo el sentimiento de felicidad mientras lo escribía, una sensación de aventura apasionante, eso de crear algo con las palabras. Y tal vez es ese sentimiento original el que me ha mantenido escribiendo. Era un buen lugar para estar, un lugar emocionante, y todavía lo es: siento que el cuaderno en que estoy escribiendo es el mundo, y es el lugar donde quiero estar.

-¿En ese acto hay sólo placer o también sufrimiento?
-¡Hay mucho sufrimiento! Todos los días me estanco. Pero descubrir qué hacer es parte de la emoción. No es fácil, la mayoría de los días es una lucha. Escribo frases una y otra y otra vez, hasta que al final encuentro la manera de decir lo que quiero decir. Y he descubierto que cuando te quedas estancado es porque no estás pensando con claridad en lo que estás tratando de hacer, tus intenciones están confusas y tienes que encontrar qué es lo que realmente estás tratando de hacer, y recién cuando lo encuentras puedes escribirlo de una forma aceptable. La única diferencia entre un escritor joven y uno viejo es que cuando era joven y me quedaba en blanco pensaba “nunca lo voy a lograr, nunca voy a terminar esto, fracasé”. Pero ahora, cuando me quedo en blanco, me digo “paciencia, paciencia… si este libro tiene que ser escrito vas a descubrir la manera de escribirlo”.

-¿Y ha terminado todos los libros que empezó?
-No, he abandonado algunos a lo largo de los años. Una vez ya llevaba 80 páginas de una novela y me di cuenta de que no iba a ser buena, que iba por el camino equivocado. Unos años después llevaba unas 100 páginas en otra novela y la dejé de lado. No es que cada palabra fuera mala, sino que en ambos casos no sabía cómo contar la historia y en lugar de avanzar todo se dispersaba y no lograba juntarlo. Simplemente hay cosas que no funcionan.

-La invención de la soledad es resultado directo de la muerte de su padre. ¿Sus otros libros también tienen su origen en hechos de la vida real?
-No. Algo escribí sobre esto en El cuaderno rojo, que contiene sólo historias verídicas. En una de ellas explico cómo en 1980, cuando estaba escribiendo La invención de la soledad, sonó el teléfono, contesté y la persona al otro lado de la línea preguntó: “¿Agencia Pinkerton?”, una agencia de detectives muy conocida… “No”, dije yo, “número equivocado”, y colgué. Al día siguiente, llamó la misma persona: “¿Agencia Pinkerton?”. Y de nuevo dije “no, número equivocado” y colgué. Pero mientras colgaba por segunda vez pensé: “¿Por qué hice eso? ¿Por qué no dije ‘sí’? ¿Por qué no pretendí ser la Agencia Pinkerton y descubrir de qué se trataba el caso?”. Podría haber sido interesante. Esperé un tercer llamado, pero nunca llegó. Y eso fue lo que hizo nacer Ciudad de cristal: Quinn, el personaje, recibe un tercer llamado y la acción comienza. Aparte de este caso, no hay otro en que un evento de la vida real haya inspirado una de mis novelas. Vienen de lugares tan remotos dentro de mí, tan profundos, tan desconocidos y lentamente salen a la superficie, y los encuentro ahí y digo:“Oh, eso puede ser interesante. Sigamos explorando”. Así es como nacen mis novelas.

-¿Y eso que surge es un personaje, una historia, un ambiente, una sensación?
-Generalmente, pero no siempre. Lo que surge es el protagonista, el que empieza a nacer dentro mío. Pero constantemente malinterpreto las cosas. Por ejemplo, una obra como Mr. Vértigo, cuando la empecé creí que iba a ser un cuento de unas 30 páginas… Y de repente tenía una novela de 300 páginas. No sabía lo que hacía hasta que empecé a escribirla. Encuentras las historias al escribirlas.

-Tanto así, en su caso, que dice que escribir es un acto preferentemente físico. He escuchado lo mismo de artistas plásticos, pero en esos casos el componente físico es más evidente…
-Para mí, escribir es como componer música. Hay un ritmo, una cadencia, alguna clase de sonido que estoy tratando de transformar en lenguaje y ponerlo en la página. Me paro mucho de la silla, camino por la pieza, y cuando me muevo puedo sentir mejor esos ritmos que cuando me quedo sentado. Es extraño, es algo difícil de explicar. Pero hay algo táctil en el proceso, está en tu ritmo cardíaco, en tu respiración, y es una forma de música, y aunque el significado de las palabras puede encontrarse en el diccionario, cuando combinas las palabras de una cierta manera, ya no, eso no lo encuentras en el diccionario, y esos nuevos significados los descubres a través de su música. Es algo muy difícil de verbalizar, pero ahí es donde reside la literatura: en esa música presente en cada frase, en cada párrafo, y en la suma de los párrafos siguientes. Pueden pasar cosas emocionantes al escribir acerca, por ejemplo, de un vaso de agua y escribes tres páginas y un párrafo después puedes escribir esto: “Diecisiete años más tarde, sentado en otro café, en otra ciudad”. Las brechas, los espacios entre las palabras, los espacios entre las frases, todo eso es tan fascinante, y para mí está conectado con la música, y la música es física. ¿Suena como una locura?

-Creo que no…
-Mucha gente lee novelas como si estuviera leyendo el diario, y no escuchan la música. Los grandes lectores son los que abren su corazón, su alma, su mente y respiran la música que hay en las palabras. Esos son los que realmente disfrutan al leer. Los otros leen como si se estuvieran informando.

-Déjeme citar una frase de La invención de la soledad, cuando usted se encuentra atrapado sin poder decir lo que quiere decir: “Nunca antes había estado tan consciente de la brecha que existe entre el pensamiento y la escritura”. ¿Alguna vez se cierra completamente esa brecha?
-A veces. A menudo me invade un sentimiento acerca de cuán rico y complejo es el mundo, lo mucho que está sucediendo a cada segundo y cuán difícil es poner todo eso en palabras. Uno se demora en componer las palabras, así que siempre vas por detrás de la realidad. A veces hay una sensación de frustración. Cuando tenía 20 años, escribí: “El lenguaje nos entrega el mundo, y al mismo tiempo nos lo quita”. Creo que quise decir que las palabras aparecen en bruto, y las ordenamos en categorías, y eso nos permite pensar y percibir el mundo. La complejidad de la percepción se simplifica en exceso cuando la pones en palabras, o necesitas muchísimas palabras para describir fielmente alguna cosa, hasta llegar al aburrimiento. Yo trato de usar los menos recursos posibles. Siento que el escritor y el lector colaboran en hacer el libro. Cada lector está leyendo un libro diferente al del lado. Si un escritor puede sugerir cosas correctamente, puede inspirar en el lector mucho más que lo que está en la página: tú mismo llenas los espacios vacíos, y cuando haces eso, te haces parte del proceso. Leer es un proceso activo, tienes que participar, tienes que construir el libro mientras lo lees, hasta que llega a formar parte de ti.

-¿Cómo lo cambió el éxito y la celebridad? Todo eso llegó bastante rápido…
-Sí, las cosas se aceleraron… El mismo libro que había sido rechazado por diecisiete editoriales (Ciudad de cristal) ahora está publicado en más de cuarenta idiomas. No lo siento como un triunfo: lo que siento es perplejidad.

-¿Qué es el éxito en literatura, entonces?
-No tengo idea. Todo escritor rechaza su obra. A mí no me gusta mucho la mía. Siento que todos mis libros son un fracaso, que podrían haber sido mejores. Yo di todo lo que tenía, pero no logré que fueran mejores. Tal vez por eso necesito escribir otro libro: para mejorar.

-Pero una cosa es decir “podría haber sido mejor” y otra muy distinta es llamarlos “un fracaso”…
-Como dijo Beckett: “La próxima vez ¡fracasa mejor!”. Me encanta esa frase. Es imposible para un escritor saber si su trabajo lo va a sobrevivir. ¿Alguien leerá mis libros en 50 años más? No lo sé. Y yo estaré muerto, así que no podré saberlo. Creo que el éxito se mide así: ¿están o no mis libros en las librerías? En Estados Unidos todos se siguen vendiendo, ninguno ha pasado al olvido, por lo menos por el momento; tal vez más adelante. Pero por ahora la gente puede leer todo lo que he escrito si quiere hacerlo. Esa es la única medida que se me ocurre.

-¿Y qué hace que una novela sea buena?
-No hay reglas al respecto. Una buena novela es simplemente un libro que un lector quiere leer, que lo remece, que lo hace pensar el mundo de formas nuevas, que siente su vida enriquecida por esa experiencia, y que sin esa experiencia su vida habría sido distinta, un poco peor, y ese libro la hizo un poco mejor. Ése es un buen libro.

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