Por Álvaro Bisama, escritor y profesor de Literatura Marzo 19, 2014

Este virus de la falta de originalidad también infecta la nueva guerra de las teleseries: mientras “Las 2 Carolinas” se presenta como un esfuerzo más de Vicente Sabatini para retratar un tema social, “Mamá mechona” abusa del formato que le resultó exitoso a “Soltera otra vez”  hace un par de años.

Por más que TVN se empeñe en presentarlo así, José Miguel Viñuela no es el nuevo Felipe Camiroaga. Ni lo va a ser nunca. Importa bien poco el esfuerzo de darle programas con formatos similares (Vitamina V era un cover poco afortunado de Animal nocturno) o si se lo presenta como animador y galán todoterreno, Viñuela carece de la espontaneidad, del sentido de la autoparodia y de la empatía de Camiroaga. Como con Don Francisco, todo en Viñuela es impostado, como si forzara desde la risa hasta las preguntas que hace, pasando por la ideología (que es una moral tipo Cara y sello, forjada en los años más desquiciados de Mega) y su conciencia del espectáculo televisivo. Kitsch hasta la médula, esa conciencia es su principal atributo, y resulta inverosímil verlo en un franjeado como Más que 2, que es una copia triste del mítico Pase lo que pase, y que parece más bien otro matinal malogrado. Porque da un poco de pena ver Más que 2. O vergüenza ajena. Es televisión de hace dos décadas, es plata y tiempo perdido: notas de casas embrujadas, intercaladas con música en vivo, todo mezclado con concursos telefónicos y su corte de milagros correspondiente.

Hay que decir, para ser honestos, que esa sensación de estar a destiempo, de llegar tarde, no sólo la proyecta el show de Viñuela y Claudia Conserva. Es algo que sucede casi a todo nivel, como si las apuestas televisivas que debutaron en marzo carecieran de espesor, estando condenadas de antemano no sólo a tambalearse en el rating sino también al agotamiento de sus ideas.

Así, este marzo confirma la esterilidad creativa de la industria de la televisión local. Por más que se exhiba una postergada segunda temporada de Los archivos del cardenal, y Secretos en el jardín se emita como un programa de culto, casi todo el resto de los estrenos de estas últimas dos semanas carecen de nervio, garra y originalidad. Esto corre para el mencionado Más que 2, pero también para algo llamado Qué pachó, que anima Juan Carlos Valdivia en UCV a las 21 h, y que es tan malo que uno se pregunta si no sería mejor gastar todo ese tiempo en exhibir alguna de esas películas donde Warhol se dedicaba por horas a filmar el plano fijo de un edificio.

Este virus de la repetición y la falta de originalidad también infecta la nueva guerra de las teleseries, otro fenómeno resucitado ahora en el horario vespertino como un déjà vu más de un pasado esplendoroso. Mientras en Chilevisión  Las 2 Carolinas se presenta como un esfuerzo más de Vicente Sabatini para retratar un tema social (en este caso la discriminación), Mamá Mechona en Canal 13 abusa del formato que le resultó exitoso a Soltera otra vez  hace un par de años.

Los resultados son complejos. Como teleserie, Las 2 Carolinas es interesante, pero la cita constante a El diablo viste a la moda (con Claudia Di Girolamo como una hermana perdida de Meryl Streep/Anna Wintour) es tan fuerte que empaña justamente el abismo de clase que pretende ser el motor de la trama, haciéndole perder todo espesor y debilitando cualquier tensión dramática posible. En cambio, Mamá mechona es bastante más básica en  términos conceptuales pero, en lo que compete a la narración, funciona de modo más eficaz justamente porque posee la velocidad de una sitcom, una especie de levedad cómica e irreal que descansa en la cara de perdida de Sigrid Alegría y en la ficción tipo Walt Disney o Instituto Aplaplac que la trama hace de la universidad.

En cualquier caso, ambos culebrones resultan anacrónicos y no están en sintonía alguna con el presente.  Después de lo que hizo  una serie como El reemplazante con temas como la vida de la clase popular y el mundo estudiantil, habría que preguntarse si la comicidad y la levedad de los culebrones de Chilevisión y Canal 13 son verosímiles o admisibles en términos morales, pero también estéticos.

Por lo mismo y de modo involuntario, Generaciones cruzadas, el nuevo reality de Canal 13, resume todo lo anterior: la ficción como un relato de realidad, el cuerpo como símbolo de identidad, las tensiones sociales y la necesidad de rating a como dé lugar. Acá, Sergio Nakasone recupera su lugar como el mejor showrunner local del género, a costa de explotar el formato en una última vuelta posible: un casting de padres más o menos impresentables (poetas alucinados, divas en baja, señoras medio locas, dueños de sex shop) e hijos llenos de hambre de pantalla (muchachas que lloran por todo, modelos que responden con violencia ante cualquier conflicto).

El programa de Nakasone es trash de alto vuelo, al punto que el casting y la narración han sido despojados de cualquier distracción. Lo que importa es el conflicto y el sentido del espectáculo, y para lograrlo, en apenas dos semanas el programa ha exhibido desde ataques de xenofobia a todo tipo de violencia verbal, sin evitar la explotación sexual y los obligados momentos soft porn. De nuevo, no hay nada original acá y el tema del show (las distancias y traumas de las relaciones entre padres e hijos encerrados) sólo es un argumento débil para poner estas escenas (y el morbo que generan) en pantalla, evitando la excusa de presentar al reality como un experimento social.

Que un show así sea lo mejor ejecutado de la pantalla local no deja de ser paradójico en el contexto de este marzo. Ya sabemos que la televisión chilena nunca ha ido a la vanguardia de nada, ni es eso lo que uno espera de ella, pero este marzo parece que ha tocado fondo, como si no hubiesen pasado los años, como si estuviésemos en 1993 ó 1995, en otro tiempo, en otro mundo, en otro Chile.

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