Por Consuelo Ferrer // Ilustración: Fabián Rivas Mayo 13, 2016

Lo que hay sobre el pasto del parque Bicentenario esta tarde podría ser un pícnic cualquiera. Son dos manteles a cuadros que tienen encima platos de madera con sándwiches, brochetas de fruta, galletas de cereal. Pero todo eso que parece normal –el pícnic, las treinta mujeres sentadas sobre el pasto– es una rareza. Son mujeres que no se conocen y que están ahí para hacerlo, para formar redes y para hablar de emprendimiento, tecnología e innovación. Lo que las reúne es algo que no se asocia ni a parques ni a pícnics. Algo que pocas veces se asocia a mujeres.

Es el último jueves de enero y Maitetxu Larraechea, de 30 años, está moderando el primer encuentro anual de Girls In Tech, la organización que dirige desde su fundación en Chile en 2013. Entonces trabajaba como periodista en Start-Up Chile, el programa del gobierno que apoya a emprendedores extranjeros y nacionales para iniciar sus proyectos en el país. Pronto empezó a notar que las mujeres eran muy pocas y encontró datos reveladores: de todos los emprendimientos chilenos, sólo un 16% era liderado por mujeres. En el mundo, apenas el 10%.

“Una empresa representativa de los emprendimientos tecnológicos, de veinte personas tiene dos o tres mujeres”, dice Carolina Arce. “Yo creo que debería ser mitad y mitad, que esa es la proporción natural”.

Fue la misma impresión que seis años antes tuvo Adriana Gascoigne, una estadounidense que, a sus 29 años, era la única mujer entre los 35 empleados de Guba, un híbrido entre YouTube y Netflix emplazado en Silicon Valley. También notó que en sus empresas vecinas la realidad era parecida. Entonces surgió la idea: fundar la primera organización dedicada a incentivar y ayudar a mujeres a entrar en la industria de la tecnología. Formó un grupo, organizó charlas y creó programas de trabajo. Ocho años después, Girls in Tech es una organización con 52 sucursales. Cuando Larraechea supo que Gascoigne buscaba llegar a Chile, postuló para hacerse cargo del proyecto. Durante el proceso conoció a otras mujeres interesadas y formaron el actual directorio: Carolina Arce, ingeniera civil informática; Patricia Peña, investigadora del Instituto de la Comunicación e Imagen de la U. de Chile, y Francisca Varela, ingeniera en computación que trabaja en el Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de esa misma universidad.

De inmediato se pusieron a estudiar el fenómeno y encontraron cifras contradictorias. En 2013, el Global Entrepreneurship Monitor hizo un estudio sobre mujeres y emprendimiento en el país que arrojó que aunque el 53% pensaba que tenía habilidades para iniciar un negocio, y el 67% veía buenas oportunidades, sólo un 25% de las mujeres económicamente activas se declaraban emprendedoras, y sólo un 6,5% estaban establecidas. En Girls in Tech creen que tiene que ver con la crianza. “Cuando un niño rueda cerro abajo en su bicicleta, en su casa lo celebran. Si una niña hace lo mismo, la reacción es protectora: le dicen que esté tranquila”, dice Larraechea. “Eso nos aleja del riesgo y esta es una industria de riesgo, nos hacen menos emprendedoras”.

Lo primero que se propusieron fue identificar quiénes eran las mujeres líderes en tecnología y dónde estaban, pero en las conferencias del tema todos los expositores eran hombres. Probaron contactar a los organizadores y pedirles que incluyeran a alguna mujer. Se encontraron con que la respuesta era siempre positiva. “Nos decían que no incluían mujeres porque no conocían a ninguna que supiera de las materias que exponían. Si nosotras hacíamos el trabajo de tener mapeado quiénes eran, ellos querían hacerlas participar”, dice.

También empezaron a crear ese mapa, organizando reuniones de emprendedoras y eventos. El último fue el pasado 26 de abril, donde reunieron a 200 niñas de enseñanza media en la Fundación Telefónica. Allí, Belén Guede, a sus 17 años la primera chilena en ganar el concurso Challenge for Change de Microsoft, que premia a jóvenes con ideas que mejoren su entorno, les contó su historia y les dijo que si aprendían de programación podían vivir lo mismo que ella: viajar por el mundo, trabajar en robótica, ganar concursos. Ese martes la ONU celebraba el Día Mundial de las Jóvenes en las Tecnologías de la Información. Luego las alumnas recorrieron una feria donde interactuaron con robots y después, usando sus teléfonos, crearon aplicaciones para Android. Lo que querían mostrarles era ese mundo: convencerlas de que las carreras tecnológicas son una buena idea, que permiten crear cosas. Que ellas también podían hacerlo.

MUJERES MATEMÁTICAS

A sus 36 años, Carolina Arce, otra de las directoras de Girls in Tech, lleva cuatro años a la cabeza de U-Planner, un emprendimiento que optimiza con algoritmos matemáticos los recursos de una decena de universidades en el país, y otras 15 fuera de él. Pero hace diez años era la única mujer analista de softwares en LAN, y le incomodaba esa proporción. Antes, cuando aún estaba en el Liceo 1, no tenía conciencia de esa diferencia. Era la primera de su clase y quería estudiar Ingeniería porque era buena para las matemáticas. “Ahí éramos todas iguales. Si eras buena para la biología, querías estudiar Medicina; si eras buena para las humanidades, aspirabas a estudiar Derecho”, dice. “Ningún profesor te decía que las matemáticas no eran para mujeres”.

Lo dice por lo que leyó hace poco en un estudio del CIAE acerca de mujeres y matemáticas. La investigación, que se hizo en una muestra de 208 estudiantes de Pedagogía, de los que 176 eran mujeres, mostró que las expectativas difieren según el género: los futuros profesores consideraban que los alumnos hombres tendrían un mejor desempeño en matemáticas. El estudio se repitió cambiando la asignatura por lenguaje, y no hubo efectos significativos según el género. En cierta forma, ella siente los coletazos de esa diferencia: dice que aunque intenta priorizarlas, no encuentra mujeres para contratar. En U-Planner, de 25 personas sólo 6 son mujeres. “Una empresa representativa de los emprendimientos tecnológicos, de veinte personas tiene dos o tres mujeres”, dice. “Yo creo que debería ser mitad y mitad, que esa es la proporción natural”.

Luego de una década como emprendedora, Arce fue la primera ganadora de la beca Her Global Impact, que premia a una mujer que tenga un proyecto de innovación tecnológica con el potencial de impactar a más de un millón de personas. El premio es un programa de diez semanas en Singularity University, la casa de estudios del futuro que montaron la NASA y Google en Silicon Valley. Su proyecto fue SmartKidi, una plataforma que enseña a los padres a estimular a sus hijos mediante videos cortos. De la veintena de chilenos que habían llegado a esa universidad, fue la tercera mujer.

LA DEUDA

Girls in TechLa primera chilena en llegar a Singularity University fue la psicóloga Bárbara Silva. En 2012, cuando quedó seleccionada, trabajaba en Greenopedia, una start-up norteamericana con sede en Chile. El programa costaba 35 mil dólares y ella no los tenía. Lo que hizo fue reunirse con los directivos de la universidad y decirles que, en ese minuto, no podía pagarles. “Les expliqué que lo que iba a provocar a nivel de impacto en Chile era mucho más valioso que cualquier pago. Les pedí que hicieran una inversión. Y me creyeron”, dice Silva, hoy directora de la institución en el país. Fue la primera becada completamente e hizo cosas que ni imaginaba: realizar una cirugía sin haber estudiado Medicina, manejar un simulador de vuelo de la NASA, sintetizar su ADN en un laboratorio de biotecnología.

Lo que tenía en mente era crear Her Global Impact, la primera beca con enfoque de género de Singularity University. La retribución era llevar, anualmente, a una mujer chilena que tuviera un proyecto de alto impacto a desarrollar sus ideas. “Con los emprendimientos está la posibilidad de crear nuestras propias reglas del juego, de incorporar equipos mixtos, armar directorios heterogéneos, pagar sueldos equitativos”, dice. Este año postularon 50 mujeres a la beca y lo que quieren en Girls in Tech es que los índices se eleven. Por eso crearon un taller el año pasado para acompañar el proceso, donde ayudaron a casi cuarenta mujeres a encauzar sus proyectos y a postular. De las 11 finalistas de la beca, diez habían pasado por ese taller.

Además de Her Global Impact, existen otras dos instancias directas de financiamiento para emprendedoras en el país. Una de ellas es The S Factory, un programa de Start-Up Chile que entrega desde hace tres años 10 millones de pesos a proyectos que están todavía en concepto, con el requisito de que, al menos, tengan una mujer fundadora. En la primera versión fueron beneficiadas 16 start-ups, y en la segunda, 27. Para el llamado más reciente llegaron 683 postulaciones y los resultados aún no se conocen. Otra instancia de financiamiento es Link, desde 2013 la primera aceleradora de negocios para mujeres, que ya ha asesorado a 85 emprendimientos y entregado 1.500 millones de pesos en financiamiento público.

En Girls in Tech tienen en marcha su proyecto más ambicioso: la academia Ada –por Ada Lovelace, la primera mujer programadora–, un programa gratuito de tres meses donde entregarán a 40 mujeres conocimientos técnicos, vinculación con el ecosistema de innovación y entrenamiento en habilidades para emprender. Para la primera postulación, que cerró esta semana, recibieron más de 200 candidatos. También van a comenzar a hacer una base de datos con los perfiles de dos mil emprendedoras, con las características de sus proyectos y de los obstáculos que las detienen. La idea, dicen, es generar cifras que sustenten la creación de programas más grandes, que en el futuro incentiven y enseñen a las mujeres a emprender.

Maitetxu Larraechea, la fundadora de Girls in Tech, dice que ella misma, de haber sabido que la innovación era una opción, no hubiera estudiado Periodismo. En la organización están de acuerdo en una cosa: lo que quieren hacer por sus mujeres es lo que sienten que nadie, cuando era el momento, hizo con ellas. Hay una deuda histórica, dicen, y la quieren saldar.

Relacionados