Por Francisco Aravena y Andrea Slachevsky Diciembre 12, 2013

© Maglio Pérez

“La libertad es relativa. No podemos volar porque no tenemos alas: hay límites para nuestra libertad, que dependen puramente del hecho de que el cerebro es una sustancia física. Y el cuerpo humano también”, dice Fuster. “Al mismo tiempo, hay una patología de la libertad: ciertas condiciones del  cerebro donde la libertad está mermada y la responsabilidad es cuestionable”.

“Ciertos principios de conducta tienen un origen evolutivo y son beneficiosos para la sociedad y hay que protegerlos. Entre ellos la filiación y la confianza. Que se hayan violado estos dos principios, a mi modo de ver, ha sido la causa de muchas catástrofes, como la guerra y el desastre económico”.

Cuando la mente de Joaquín Fuster se remonta al origen de su propio interés en el cerebro, la memoria tiene mucho de emotiva. Tiene que ver con su padre, un psiquiatra y profesor de psiquiatría, quien naturalmente fue determinante para que él mismo se convirtiera en psiquiatra. Había, sin embargo, algo que al recibir su diploma lo inquietaba, y se lo comentó a su padre. “Quería entender los mecanismos cerebrales que se alteran en la enfermedad mental”, recuerda hoy. “En aquel entonces sabíamos poco sobre el cerebro. Era la época de Franco, y no había mucha investigación en España. Mi padre me dijo: vete, aquí no hay nada que hacer”.

El hijo, entonces, descubrió América. Llegó a la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) en 1956, y desde ahí -salvo su paso por el Instituto Max Planck en Múnich, donde ayudó a montar el laboratorio de neurofisiología- ha desarrollado una carrera marcada por investigaciones pioneras.

Fuster fue el primero en demostrar las bases neuronales de la memoria de trabajo, al registrar la descarga de neuronas en cerebros de primates en el intervalo entre la presentación de un estímulo y una respuesta a éste. Esas neuronas, las células de la memoria, están localizadas en la zona del cerebro sobre la cual Fuster es autoridad mundial. “La corteza prefrontal me ha apasionado, y me he dedicado a estudiar en el primate y en el hombre el funcionamiento de esta corteza, cuya función fundamental es la organización temporal de la conducta y el lenguaje”, comenta.

Fuster estuvo en Santiago hace un par de semanas, invitado por la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez, y visitó el CEP para dictar la conferencia “Neurociencia de la libertad”, a la que asistieron más de un centenar de personas.

Las ideas de Fuster sobre el libre albedrío en el sistema nervioso central lo han convertido en una voz influyente y consultada, en tiempos en que uno de los debates más relevantes en neurociencia gira en torno a cuán determinadas están nuestras acciones en el sistema nervioso.

Para el neurocientífico, algunas enfermedades neuropsiquiátricas son “patologías de la libertad”.

“Hay muchas posiciones filosóficas con respecto al libre albedrío”, explica. “Por un lado, hablando de extremos, está el determinismo a ultranza, que dice que toda nuestra conducta es reducible a las condiciones iniciales, que todo está determinado. En el otro extremo, están quienes dicen que existe la libertad a ultranza. Ambos extremos son falsos. La verdad está naturalmente en un punto medio. Y varía muchísimo entre individuos, entre naciones, entre culturas”, comenta.

“Somos libres, pero relativamente libres. La libertad no es otra cosa que la capacidad de elegir entre alternativas de acción, incluyendo la inacción. Pero fíjate que no es sólo la libertad de elegir lo que vamos a hacer; es también la libertad de elegir qué información influirá nuestras acciones. Por eso digo que la libertad es inseparable del ciclo percepción-acción. De la unidad irreductible entre nosotros y el medioambiente. Y como somos animales sociales, el medioambiente incluye a los demás, y aquí naturalmente se interacciona con la sociología”.

El ciclo percepción-acción, planteado por Fuster es, de hecho, uno de los modelos más influyentes sobre las bases cerebrales del comportamiento adaptado.

-¿En qué medida las lesiones o trastornos mentales merman nuestra libertad? ¿Cómo determinar cuándo una persona es responsable?

-Como he dicho, la libertad es relativa. No podemos volar porque no tenemos alas: hay límites que dependen puramente del hecho de que el cerebro es una sustancia física. Y el cuerpo humano también. Podemos aumentar nuestra libertad con más conocimiento, practicando gimnasia, haciendo lo que sea necesario para mejorar nuestra agilidad física y mental. Pero, al mismo tiempo,  hay una patología de la libertad: hay ciertas condiciones del cerebro donde la libertad está mermada y la responsabilidad del individuo, que es connatural con la libertad, es cuestionable. Eso plantea naturalmente un problema para jueces y jurados. Sabemos, por otra parte, que ciertas enfermedades o traumas en el cerebro producen trastornos de la sociabilidad, del temperamento y de la agresividad del individuo, por el hecho de que se altera la conducta ética y moral. El individuo que ha sufrido una lesión importante en la corteza prefrontal está más inclinado a desafiar la ley y las normas sociales. Por lo tanto, la responsabilidad moral, ética y social está en estos casos claramente limitada en ciertas patologías.

LA MANO INVISIBLE

El entorno de Fuster ha sido, en su caso, determinante para sus acciones. En su propio relato, las observaciones de su laboratorio a menudo se intercalan con consideraciones sociales, ya sea para establecer analogías como para describir su recorrido intelectual. Así, compara el cerebro con el mercado, y explica la crisis económica europea con argumentos neurobiológicos. Incluso habla de “la corteza prefrontal colectiva”.

La reflexión social y política ha cruzado su carrera. Fue determinante, por ejemplo, en su formación psicoanalítica cuando recién llegó a Estados Unidos.  “Yo tenía una formación psiquiátrica europea, y el psicoanálisis no estaba en boga allá. Cuando llegué a América con la intención de estudiar el cerebro, lo que regía era el psicoanálisis. Por otra parte, había una inquietud extraordinaria por comprender cómo era posible que el cerebro diera origen a  todos esos mecanismos de los que hablaba Freud”, recuerda. “La política era tremenda: había un antagonismo público entre la neurobiología y el psicoanálisis”, explica. “Y como el psicoanálisis era tan importante, se me convenció de que yo tendría que formarme también como psicoanalista. Me interesaba, era una manera muy útil de conocer la mente humana. Postulé al Instituto de Psicoanálisis de Los Ángeles y me dijeron, con humor: Le daremos entrenamiento con la condición de que al final venga y nos explique dónde está el superego en el cerebro. Les dije que estaba de acuerdo. Ellos cumplieron; yo no”, remata entre risas. “De todos modos, no era de allá de donde tenía que venir la explicación, sino del cerebro”.

Mirar el cerebro, en todo caso, no significaba para Fuster quedarse encerrado ahí. Él destaca que muchas contribuciones a la neurociencia han llegado desde otras disciplinas, como la economía y la filosofía. En particular, apunta, Friedrich Hayek -el Nobel de Economía, a quien llegó a conocer- fue “muy influyente” en su trabajo. “Tenía una mentalidad universal. Algunos de los principios que usó, por ejemplo, relacionados con la teoría de sistemas, que llevó a la economía y a la sociedad, son principios que actúan a nivel cerebral, donde hay un mercado interno. Y también hay, creo yo, una mano invisible, como decía Adam Smith”, comenta Fuster, quien de hecho aprovechó su visita a Chile para participar junto a otros intelectuales en un encuentro sobre el pensador escocés organizado por el Liberty Fund.

-¿Cuál es esa mano invisible?

-La mano invisible es la corteza prefrontal. Lo digo sabiendo que me paso un poco. Pero, en principio, hay que tener en cuenta que cuando Adam Smith habló de la mano invisible, se refería al resultado eficaz, eficiente y beneficioso de un sistema complejo en el que participan muchos actores con conocimiento incompleto. Él hablaba de la eficiencia, se refería a eso; no se refería a un agente. Eso ha sido lo que ha confundido a muchos. Lo mismo ocurre en la corteza cerebral. Allí tampoco hay un agente. La corteza prefrontal lo que hace es coordinar lo que otras partes del cerebro hacen.

-¿Qué cree que aporta la neurociencia a la sociedad?

-En líneas muy generales, puede afirmarse que toda adquisición de conocimiento sobre el ser humano ha de tener implicaciones sociales. Cuando menos, para hacer a la sociedad consciente de que el ser humano es muy complejo en sus relaciones consigo mismo y con los demás. Que hay ciertas normas éticas que están determinadas por la evolución del individuo y del sistema nervioso. De que ciertos principios de conducta tienen un origen evolutivo y son beneficiosos para la sociedad y hay que protegerlos. Entre ellos la filiación y la confianza. Que se hayan violado estos dos principios, consciente o inconscientemente ha sido la causa, a mi modo de ver,  de muchas catástrofes humanas, incluyendo la guerra y el desastre económico. Porque dígase lo que se diga, en el origen de la crisis económica actual lo más importante, creo yo, ha sido la desconfianza. Es la pérdida de la confianza de la gente en los políticos. Es la pérdida de confianza de los deudores en los bancos e instituciones financieras. Ha sido el engaño que la industria financiera y publicitaria ha hecho de devaluar, desvalorizar el ahorro. Y el mirar para mañana. Y una de las funciones más importantes de la corteza prefrontal colectiva, si puedo hablar de esta manera, es prever lo que puede ocurrir u ocurrirá. Esto sí tiene consecuencias, y esto sí que es importante.

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