Por Juan Pablo Sallaberry Enero 17, 2013

“Señoras y señores, quiero empezar con algunas disculpas”. Mark Lynas observó de un lado a otro al auditorio repleto de la Universidad de Oxford y continuó. “Para que conste aquí, y por adelantado, me disculpo por haber pasado varios años destrozando cultivos transgénicos.  También lamento haber ayudado a que comenzara el movimiento antitransgénicos a mediados de los años 90 y que con ello se demonizara una importante opción tecnológica que puede utilizarse en beneficio del medioambiente”. Era el jueves 3 de enero y el escritor, ambientalista británico y columnista de The Guardian y The Observer, tomó aire para seguir leyendo su discurso “Un Cambio de Perspectiva”,  ante los sorprendidos asistentes de la Conferencia Agrícola 2013. “Como ecologista, y alguien que cree que todos en este mundo tenemos derecho a una alimentación sana y nutritiva de su elección, no podría haber tomado un camino más contraproducente. Ahora me arrepiento”.

Así, quien fuera durante los últimos 20 años un influyente activista internacional en favor de los cultivos orgánicos, expuso durante casi una hora su inédito mea culpa, en donde no sólo defendió los beneficios de la investigación genética para la salud, la agricultura y el combate del hambre en el mundo, sino que arremetió contra sus antiguos socios de Greenpeace y desestimó una a una las “leyendas urbanas verdes” y prejuicios  que le han dado mala fama a los Organismos Genéticamente Modificados (OGM).  “Cuando escuché por primera vez acerca de la soja transgénica de Monsanto, sabía qué pensar: aquí había una gran corporación americana con un historial desagradable, poniendo algo nuevo y experimental en nuestros alimentos sin decirlo. Mezclar genes entre especies parecía tan antinatural como ustedes se pueden imaginar. Estos genes se extenderían como una especie de contaminación viva. Era material de pesadillas.  Nuestros temores se expandieron como un reguero de pólvora, y en pocos años se prohibieron los transgénicos, esencialmente en Europa, y nuestras preocupaciones fueron exportadas por ONGs como Greenpeace y Amigos de la Tierra a África, India y el resto de Asia, donde los transgénicos todavía están prohibidos en la actualidad”, dijo. “De lo que no me di cuenta  en ese momento era que el verdadero monstruo de Frankenstein no era la tecnología transgénica, sino nuestra reacción contra ella”.

Lynas relató que su movimiento pronto se convirtió en un ambientalismo anticiencia.  Sin estudios concluyentes, dice, el principal argumento rector de los grupos antitransgénicos era la “falacia naturalista”: la creencia de que lo natural es bueno y lo artificial es malo.  Sin embargo, califica aquello de irracional con un ejemplo:  luego de tres trillones de comidas transgénicas consumidas, no se registra un solo caso confirmado de daño a la salud humana, mientras que las naturales verduras orgánicas provocaron el 2011 en Alemania una crisis de salud pública por la propagación de la bacteria Escherichia coli con un saldo de 53 muertos y 3.500 personas con insuficiencia renal. “Al igual que los amish en Pensilvania, que congelaron su tecnología con el caballo y el carro en el año 1850, el movimiento orgánico esencialmente congela su tecnología en algún lugar alrededor de 1950, y sin ninguna buena razón”.

A punto de cumplir 40 años, Lynas no se parece en nada al joven activista que el 2001, en esa misma universidad, lanzó un pastelazo de crema en la cara al danés Bjorn Lombord en protesta por su bestseller  El ecologista escéptico, donde con datos científicos puso en entredicho varias de las amenazas sobre una inminente catástrofe ambiental. Ahora en su intervención él empleaba esa misma fórmula para intentar derribar los mitos sobre los alimentos transgénicos:

“Yo había asumido que los transgénicos eran peligrosos. Resultó que eran más seguros y más precisos que el mejoramiento genético tradicional.  La ingeniería genética sólo mueve un par de genes, mientras que la cría convencional se mete con todo el genoma en un modo de ensayo y error”.

La conversión de Lynas generó impacto en las ONG ambientalistas, desde las cuales salieron a contestar cada una de las aseveraciones de su discurso, mientras en los foros de internet no tardaron en acusarlo de haberse vendido a la empresa Monsanto. Pero la explicación del académico es otra: el 2004 para publicar su primer libro sobre el calentamiento global debió interiorizarse por primera vez con el trabajo científico. Viajó por Alaska utilizando datos satelitales, tomó fotografías del retroceso de los glaciares en los Andes y comenzó a leer artículos científicos y aprender sobre estadística y oceanografía. Con su segundo libro sobre el clima ganó un premio de la  Royal Society de Ciencias. Era el 2008 y vivía en una contradicción insostenible, explica. Mientras se molestaba en mostrar evidencias a quienes negaban el calentamiento global, seguía escribiendo contra los transgénicos en The Guardian, pese a no haber hecho ninguna investigación sobre el tema. “Así que hice algunas lecturas y descubrí que, una por una, mis queridas creencias sobre los transgénicos resultaron ser poco más que leyendas”.  Agrega que sobre la seguridad de los transgénicos hay un consenso científico, respaldado por la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la Royal Society, los institutos de salud y las academias de ciencia de todo el mundo. “Mi conclusión aquí hoy es muy clara: el debate sobre los transgénicos ha terminado”.

VIEJO DEBATE, NUEVAS IDEAS

El discurso de Lynas fue recogido con interés por la comunidad científica, donde esperan que el debate sobre los transgénicos pueda comenzar al fin a despejarse. En Chile, el Premio Nacional de Ciencias Aplicadas 2002, Pablo Valenzuela, director de la Fundación Ciencia para la Vida, es optimista: “Siempre he pensado que tarde o temprano la gente inteligente se va a dar cuenta de que hay muchas creencias que no son racionales. El conocimiento científico se está moviendo muy rápido, pero falta que eso se traspase a la sociedad, donde todavía no lo entienden y eso les genera temor. No me cabe duda de que todo el mundo se va a dar cuenta de que están equivocados respecto a los transgénicos, excepto unos pocos irracionales que lo único que quieren es mantener la concepción idealista de que no se pueden tocar los genes”.

Valenzuela confía en un cambio de mentalidad, tal como ocurrió con otras tecnologías como los vehículos motorizados o la energía nuclear. Pero el proceso con los transgénicos ha sido especialmente lento.  En 30 años de investigación y consumo de OGM en Estados Unidos, sostiene, no se han demostrado daños al ecosistema. La noticia de que las mariposas monarca de México estaban desapareciendo, fue retractada. “En Chile llevamos 10 años consumiendo productos derivados del maíz y soja de Argentina y de Brasil, todos transgénicos”.

El biólogo y doctor en Ciencias Patricio Arce, tiene su laboratorio de investigación y manipulación genética de vegetales en el séptimo piso de la Universidad Católica, y conoce bien las campañas ambientalistas contra su trabajo. Cuando da charlas para exponer sus avances científicos ha debido enfrentar “funas” y ser increpado por activistas que lo acusan de trabajar para multinacionales.  “Yo trabajo para la universidad”, debe explicar él una y otra vez. “No tienen ningún argumento. Yo soy un convencido de que éste es un avance enorme para la humanidad.  Acá en Chile hemos creado cítricos que toleran las sales en el norte del país, que se pueden regar con agua de mar, ¿cómo eso va a ser malo? Estamos trabajando en crear frutas que no tengan glucosa, pero que sean dulces. Le ponemos genes de dulzor, para que los diabéticos puedan comerse no un grano de uva sino un racimo entero, ¿cómo eso va a ser malo?”, pregunta.

A su juicio, la razón de la “mala prensa” que han tenido desde sus inicios los transgénicos se debe a que, en efecto, en los años 80 al descubrir esta tecnología, las empresas norteamericanas se posicionaron de forma muy agresiva, centrándose en el beneficio de los productores, pero no del ambiente, los pequeños campesinos y los consumidores.  Así crearon plantas resistentes a herbicidas, pero la compañía era dueña de la semilla, la planta y del químico herbicida para controlarla. Un monopolio que permitió a Monsanto convertirse en un gigante que destruyó a toda la competencia.  Sin embargo, en pleno 2013, los criterios son otros y ya se han demostrado los beneficios sociales y ambientales de la intervención genética.

Ahora se crean plantas que se adapten de mejor forma a los cambios climáticos, que puedan crecer con agua limitada y que aprovechen mejor el nitrógeno. Lynas señaló en su discurso que gracias al uso más eficiente de suelo de los cultivos transgénicos, en el mundo se ha ahorrado un espacio para agricultura de 3 mil millones de hectáreas, equivalente a dos veces América del Sur. Asimismo, la investigación actual se ha enfocado en los beneficios para la salud. Hace algunos años se creó en un laboratorio suizo el arroz dorado, que tiene incrustaciones de caroteno y ha permitido enfrentar el problema de la ceguera infantil en Asia, donde tenían bajo consumo de vitamina A. Pese a todo, Greenpeace encabezó una campaña contra el arroz dorado, por ser un alimento transgénico.

Mientras EE.UU., Brasil y Argentina lideran la producción mundial de alimentos de este tipo, en Chile no existe legislación. La producción de semillas de plantas transgénicas está autorizada por el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), pero sólo para exportación -Chile es el tercer exportador de semillas del mundo- y no para consumo interno. No obstante, en el país se consumen decenas de productos transgénicos importados. En el Congreso duerme un proyecto presentado por cinco senadores que busca regular los tipos de plantas, zonas y restricciones para cultivos de este tipo.  También se pretende que se etiqueten los OGM como ocurre en Europa y Japón, una medida solicitada por los grupos ambientalistas que no es del agrado de las empresas, por el estigma que tienen los transgénicos.

La bióloga y doctora en Zoología María Isabel  Manzur,  de la ONG Chile Sustentable, es una de las voces más escuchadas en Chile desde 1999 contra los alimentos intervenidos genéticamente.  Explica que está demostrado científicamente por numerosas publicaciones la contaminación por polen de los vegetales transgénicos, que puede llegar a modificar la composición genética de los vegetales tradicionales. Así ocurrió, cuenta, el 2008 en la VI Región con plantaciones de maíz.  Los productores de todo el mundo han tomado medidas para alejar los cultivos de OGM de los tradicionales, pero según Manzur esto no es suficiente, “el viento y las abejas no pueden medirse, no puedes controlar el polen al aire libre, en EE.UU. han ocurrido innumerables casos de contaminación de maíz y arroz”.

En cuanto a la salud humana, dice que junto a los herbicidas que acompañan a los transgénicos se han detectado numerosos casos de alergias. No obstante, los profesores Valenzuela y  Arce rebaten que las alergias son propias de todo tipo de alimentos.  Exhibiendo fotografías de ratones con malformaciones, según un estudio independiente francés debido al consumo  de maíz con un gen tóxico, la doctora Manzur señala que las empresas “dicen que los alimentos transgénicos y los convencionales son exactamente iguales, pero organismos independientes deberían estudiar la toxicidad de cada producto, uno a uno, porque tienen genes extraños. Pero desde el año 95 en adelante estamos comiendo transgénicos y no ha habido estudios serios, a largo plazo e independientes”.

El nuevo discurso del ambientalista británico le causó extrañeza: “Quizás quién lo convenció. Me extraña mucho este señor. El debate esta polarizado, cuando eres pro-transgénico nadie te da la vuelta y cuando eres antitransgénico no hay nadie que te convenza de lo contrario, porque sabemos de qué se trata”.

Relacionados