Por Marcelo Mena Abril 4, 2012

Son las 12 del día y mi medidor gira furiosamente al revés, a la misma velocidad que gira normalmente cuando prendo un hervidor de agua y una plancha.  Día a día veo que mi medidor marca menos que el día anterior. Es como viajar en el tiempo. Veo que la energía solar es una realidad acá mismo, en pleno Santiago. Esto pasa en mi casa. Pero podría ocurrir en todo el norte de Chile, si aprovechamos la oportunidad.

El revés judicial del proyecto de Termoeléctrica Castilla en la Corte de Apelaciones de Antofagasta es visto por algunos como una amenaza al desarrollo energético y minero del país. Los alarmistas dicen que la construcción de 2.150MW de energía base (capaz de aumentar la huella de carbono per capita de los chilenos en casi 20%) podría afectar el desarrollo de importantes proyectos mineros en el Norte Grande. Los problemas legales de la aprobación claramente tienen asidero. Si bien se cumplen las normas de emisión y de calidad de aire, el emplazamiento de la central en un área verde hace que sea incompatible con el uso de suelo designado.  No es descabellado creer que la Corte Suprema ratifique el fallo. La industria ha activado un Plan B ante este escenario. Los medios han destacado las costosas centrales de respaldo diésel que se podrían instalar para cubrir la demanda insatisfecha, las que encarecerían la energía del Norte Grande. 

Sin embargo desde el año 2011 han ingresado a evaluación ambiental proyectos que contemplan la generación de casi 2.6 GW de energía solar fotovoltáica o térmica, con un monto de inversión que supera los US$ 9 mil millones. Sólo en las últimas dos semanas han entrado a evaluación 1.2 GW. Los más grandes son los colosales proyectos Termosolar Pedro de Valdivia (360 MW), de Ibereólica, y Andes, de AES Gener (220MW) ambos en la Región de Antofagasta.  Dentro de la declaración ambiental se informa de valores de inversión entre 2.2 a 7 USD/W, aunque se sabe -a partir de ofertas privadas de suministro energético a la industria- que los valores están llegando cerca de 1.3-1.6 USD/W. Considerando que en el norte  la potencia solar es un 50% más que en la zona central, es posible generar a valores en torno a los 110 USD/MWh, completamente dentro de los costos marginales del SIC y el SING (que varían entre 72 y 201 USD/MWh). 

Chile puede convertirse en una mina de oro solar. Los precios seguirán bajando, y al año 2017 la energía solar costará lo mismo que el carbón.

Como referencia: Punta Arenas tiene 30% más irradiación solar que la localidad donde está emplazado el proyecto solar fotovoltaico de Alemania; es decir, casi todo Chile tiene sol como para poder generar energía. Y a diferencia de proyectos como HidroAysén, que requieren grandes líneas de transmisión hacia los centros de consumo, en Chile la zona con mayor capacidad de generación solar coincide con la de los requerimientos mineros.

Casos como el de la termoeléctrica Castilla nos dejan la lección de   que las opciones que enfrenta Chile son dos: el camino fácil de grandes proyectos sin preocupación por aspectos de sustentabilidad (biodiversidad, cambio climático, inclusión social), o el camino difícil de proyectos más complejos en energías renovables.

Cerrado -o al menos en entredicho- el camino fácil, tenemos que optar por el camino difícil, que al final es el que trae mayores recompensas, ya que baja las emisiones, sube el empleo local, y el recurso explotado es nuestro. Lo que lo hace difícil es que debemos superar barreras de financiamiento que enfrentan los sistemas solares eléctricos, ya que no reciben trato diferenciado alguno por sus atributos ambientales. ¿Es lo mismo sacar un kWh  extrayendo carbón de los confines de la tierra para quemarlos causando enfermedades respiratorias locales y cambio climático, que capturar energía del sol?  La otra vez leí una columna de un ingeniero pro HidroAysén diciendo que la cantidad de paneles requeridos para suministrar energía de este proyecto requeriría que tuviéramos fábricas de paneles en Chile. ¡Como si eso fuera algo malo!

Sin duda, un futuro enfocado en las energías renovables sería generador de actividad económica tan grande como una termoeléctrica o hidroeléctrica. La diferencia es que los empleos generados por las energías renovables no convencionales (ERNC) serían  verdes, y los trabajadores serían más saludables.

El gobierno ha diseñado varios instrumentos para ayudar a competir a las ERNC. El primero es la meta de 20% al 2020. Otro es el impuesto al carbono, que podría internalizar los costos ambientales y transferirlos para subsidiar energías más limpias. Quizás el más importante es establecer licitaciones de suministro de bloques de generación renovable, como lo han hecho Brasil, Perú o Paraguay, donde los precios ofertados por energía eólica bordean los 60 USD/MWh, competitivos con las energías convencionales. Pero quizás simplemente podría apoyar mediante créditos blandos para el financiamiento.

A escala comercial e industrial el tema flota solo. Empresas como Falabella tienen instalados 9kW en Calama, y proyectan recuperar la inversión en menos de 5 años. Ha sido tal el éxito que consideran ampliar la iniciativa a las otras regiones. Por otro lado, hay proyectos de bombeo solar en localidades aisladas en donde pequeños capitales agrícolas se han unido para formar proyectos de escala considerable, en torno a 1MW. Paradójicamente este tipo de proyectos no ha tenido tantos problemas de financiamiento, y se espera que a mediados de año funcione el proyecto de la empresa chilena Kaltemp con los alemanes de Juwi, que será el sistema solar fotovoltaico más grande de Chile (hasta que se construyan todos los proyectos más grandes en carpeta). El Centro de Energías  Renovables con Corfo abrirán proyectos de innovación competitiva para subsidiar proyectos de ERNC a escala comercial, para así superar esas barreras que quedan. Sin embargo, como dice el experto Amory Lovins, los altos precios energéticos junto con el gran potencial hacen que Chile sea una "mina de oro  solar". El informe de Bloomberg New Energy Finance indica que los precios seguirán bajando, y que al año 2017 la energía solar costará lo mismo que el carbón.  

Eso sí, no hay que engañarse, hay que tener respaldos energéticos cuando no hay sol, pero éstos se pueden lograr con manejo de demanda energética, eficiencia, geotermia, e incluso con generación a gas natural, todas opciones notablemente más limpias que el carbón.

Un camino con retorno

Toda esta discusión me llevó a investigar qué tan alejados estamos de que esto sea realidad también en la generación residencial de energía con la finalidad del autoconsumo. La reciente ley de net metering abre más aún estas posibilidades, evitando que sean necesarias las baterías. Éstas, aparte de hacer más caro el sistema, le restan atributos ambientales, ya que generalmente son de plomo. Con el net metering se puede inyectar la energía de vuelta a la red, haciendo girar al revés el medidor, o bien con dos medidores, uno de generación y otro de consumo. Es decir, si genero más energía de la que consumo, puedo devolverla al sistema, que eventualmente debería pagarme por ella. Cuánto se paga, y en qué modalidad, es un asunto que se discute hoy entre el gobierno y las empresas distribuidoras.

En países como Alemania existen feed in tariffs, es decir, se paga más por lo que se inyecta. Algunas distribuidoras del norte quieren pagar el mismo precio que compran a generadoras, más barato. Personalmente,  me conformo con que me paguen el mismo precio que pago, porque pareciera ser lo más justo. Luego de un mes de funcionamiento en mi casa, en el medio de Vitacura, fui capaz de generar 210 kWh, consumiendo 170, dejando como saldo 40 kWh para el invierno -cuando mi generación será inferior-, pues lo que no consuma ahora quedará como saldo a favor en el sistema.

Mi costo de generación es de 5 USD/W, y podré recuperar mi inversión en cerca de 12 años. El sistema puede rebajar los costos, pero está accesible. Los equipos durarán 25 años, lo que significa que me quedan 13 años de energía gratis (y quien sabe a qué precio).  A escala comercial, el período de retorno está en torno a los 7 años y se espera que siga bajando. En Alemania los precios hoy están entre 2 a  3USD/W instalado. Si llegamos a esos precios, la inversión se recupera en torno a los 4 años. Para una familia de 4 personas con consumos moderados, esto equivale a una inversión de 1 millón de pesos (hoy cuesta 3).

Y no es necesario tapar todos los techos de Santiago con paneles. A mí me alcanza con 8m2 de mis 120m2.

Está claro que está a nuestro alcance podemos tener una nueva revolución, a la "Chilean way", sin subsidios. Los subsidios ayudaron a que en España tuviera sus primeros pasos en energía solar, y por cierto les dio experiencia y liderazgo, pero con el tiempo mantuvieron los precios inflados.  Ante el cese de las subvenciones, éstos disminuyeron a la mitad. Estados Unidos les aplicará impuestos a los paneles fabricados en China, por lo que ellos se volcarán a otros mercados, dentro de ellos Chile.

Sin embargo, ante este panorama -9 mil millones en inversión, 2.6 GW- no veo al establishment energético celebrando estos acontecimientos tan notables y necesarios para nuestro desarrollo energético. Aun si sólo  se concretara el 50%, igual seremos una potencia solar mundial. Y si no lo creen los grandes, los pequeños generadores domésticos podemos hacerlo igual. El sol está ahí, al alcance de quien quiera tomarlo. Si no lo toman los grandes, podemos soñar con una generación distribuida de millones de hogares chilenos. Comunitariamente estaremos resolviendo problemas energéticos que no creamos.

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