Por Qué Pasa Febrero 23, 2018

Rosario Moreno editó las historias reunidas por los estudiantes María José Contreras, Catherine Cevas, Bárbara Echeverría, Alexandra Arauz y Samuel Gutiérrez.

La periodista Rosario Moreno en conjunto con cinco alumnos suyos de la Universidad del Desarrollo buscaron y recopilaron las voces que durante una década nadie supo o quiso oír: los relatos de los niños que sufrieron todo tipo de abusos y vejaciones al interior del Sename, tanto en los centros de protección como en los de internación para menores de edad que cometieron delitos. Sus estudiantes recorrieron caletas, poblaciones, juzgados y cárceles en todo el país, en busca de historias que formaran un relato coral del horror. En total fueron 11 meses de reporteo que dieron forma a 86 relatos en primera persona, en donde desfilan jóvenes abusados, educadores con remordimiento, jueces agobiados, directores, padres, gendarmes y otros testigos de un mundo vedado. El libro que los reúne, Huellas imborrables, es un volumen de 232 páginas editado por Planeta, que estará en librerías a partir del 5 de marzo. Este es un adelanto de ese trabajo, fragmentos de nueve relatos que resumen una década de infamia en contra de los niños vulnerables de Chile.

 

Paula (31). Pasó parte de su infancia en el centro de protección de Playa Ancha, Valparaíso.

Horror. Con esa palabra describiría el tiempo que estuve en el Sename. Cuando me llevaron tenía doce años y me dijeron que “me iban a ayudar”. La primera noche que pasé en el hogar unas niñas más grandes me pegaron. Dormí con ropa, no tenía frazada; me Imagen serobaron todo lo que me habían pasado, y con el chaleco me tapé y me quedé dormida entre comillas, porque estaba atenta a si alguien me hacía algo. Me dolía el cuerpo, porque me patearon hasta que se cansaron. Al otro día me levanté, vi dónde estaba y fue triste, porque tenía la boca rota, me dolían los brazos, las piernas. Me puse a llorar y grité: “¡Por qué me está pasando esto!”. Sentí rabia, dolor; no merecía ese castigo.

Así empezó el infierno que viví ahí dentro. (...)

Había también un grupo de niñas regalonas de los tíos. Ellas tenían muchos beneficios, como dulces, plata, chocolate y cigarros. A estas cabras, que tenían entre catorce y dieciséis años, en las tardes las sacaban en un camión que iba a buscar ropa de lavandería. Salían y volvían después en el mismo camión a las dos o tres de la mañana pasadas a alcohol. Una de mis compañeras contaba que se las llevaban a una fiesta donde había gente de plata que les daba trago y después ellas tenían sexo con esas personas, las vendían. Hubo niñas que se hicieron abortos, porque estaban embarazadas. Tuvieron las pérdidas dentro del hogar, pero fue todo en silencio, nada público.

Como no hay nadie que fiscalice, las tías abusaban de su poder, nos chantajeaban y manipulaban. Eran terribles, había mucho maltrato, un infierno. Nunca acusé, porque si decías algo te pegaban, pero un día ya fue mucho. Había un tío que me acosaba, quería tocar mis partes íntimas, pero yo le decía que no. Tuve miedo de que no me creyeran, hasta que llegó una visita al hogar, la tomé de las manos y le dije: “Por favor, ayúdeme, quieren abusar de mí”. Le conté todo y fue esa persona quien hizo la denuncia. De no ser por ella, yo no habría salido de ahí.

 

Daniel, ex educador de trato directo del centro Cread de Pudahuel

El Sename, para mí, si pudiera describirlo, es un pequeño infierno.

En el centro, la víctima con el victimario viven juntos. Un niño que es abusado por un mayor y vuelve a verlo al día siguiente. Es una situación dramática. Tuve que ponerle metal a la puerta de mi casa, porque me la reventaron. Mi auto también fue destruido, me quitaron todo. Esto sucedió en el momento crítico en el que empecé a denunciar las irregularidades del Sename. No puedo decir si fueron mis propios compañeros o los jóvenes.

Están en el mismo nivel.

 

Marta (46), ex jueza de familia de Rancagua

Los jueces tenemos claro que la internación es la última opción, la medida más extrema, porque sabemos que los hogares no tienen condiciones. Siempre se trata de trabajar con la familia directa, indirecta, padrinos, madrinas, pero hay casos en que no existe alternativa. Lo que se nos presenta a los jueces es una situación patética. Hay familias que realmente exponen a los niños a las drogas, a la prostitución. Hemos encontrado chicos en estado de abandono, sin cambiar los pañales, durmiendo con perros, expuestos a vulneraciones sexuales. ¿Qué es menos malo? ¿Dejar ahí, en esa familia, al niño o mandarlo a un hogar que sabemos que también correrá sus riesgos? (...)

Hay niños que, por su historia familiar y sobre todo por el ambiente en el que viven —de alta criminalidad—, desde chicos cometen delitos. Entonces estos niños, menores de catorce años, no pueden ir a cárceles de jóvenes, sino que van a hogares de protección. Ahí se mezclan con pequeños que ingresaron por ser vulnerables. Entonces, sin personal especializado, muchos de estos niños son víctimas de eventuales abusos sexuales y maltrato físico de parte de los que han delinquido.

El Sename no cumple su función. Absolutamente no. Necesita cambios profundos. Siempre le decía a mi marido: “Esto necesita que le pase un huracán, un terremoto que lo destruya”. Partir de cero, con gente capacitada, que conozca de infancia, que haya trabajado años en esto. No solo necesitan expertise legal, sino que también psicológica, social, antropológica...

 

Alejandro (17). joven internado en el Centro Cread de Pudahuel

Los tíos en el Sename tienen sus preferencias. De los veinte que somos, nos separan en diez y diez. Están a los que les tienen buena y a los que les tienen mala. Si a un tío le daba la tontera, lo que pillara en el mesón te lo tiraba: controles, la radio, teléfonos... A mí me lanzaron una manzana en la espalda. El tío creyó que estábamos peleando con un compañero, pero estábamos jugando. Me dijo: “Oye, huevón, quédate ahí” y me la tiró sin preguntar qué estábamos haciendo. (...)

Cuando llega alguien nuevo, le pegan y los tíos no hacen nada. Si el loco llega dando jugo, el mismo tío incentiva para que uno le pegue. “Oye, ya po, péguenle a este huevón para que la corte”. Los tratan supermal. Tres veces nos pasaron guantes de boxeo. Había dos pares. Una vez, un tío dijo que íbamos a hacer un torneo y nos hizo pelear a toda la casa y nos grabó. A algunos se les reventaba la nariz o la boca, pero el tío no hacía nada, seguía filmando y se reía mientras lo hacía. Puso varias colaciones como premio, entonces todos las querían. Esa vez eran dos yogures y dos jugos, un pan, galletas y unos cereales. No había para todos, solo para el que ganaba la competencia final. A mí no me gustaba participar de esos juegos, pero por comer esas cuestiones lo hacía.

Eran brígidas las peleas. A mí se me hinchó un ojo. A uno se le reventó la nariz, parece que se la quebraron, pero no lo llevaron al médico, no se podía hacer nada. Allá tenemos enfermería, pero ¿qué explicación le daban? Por eso el tío decía que “si iban a pelear, después el que se lesionaba no podía reclamar”.

Te tienen todo el día empastillado. Me dan quetiapina de 100 mg en la mañana y clonazepam; en la tarde, otra clona y otra quetiapina, y en la noche, una quetiapina de 200 mg, dos clonazepam y otra pastilla más.

La siquiatra decía que tenía que tomarlas. Nos tienen a todos drogados en pastillas. Yo me siento lento. Los medicamentos son fuertes. El otro día, un compañero estaba tomando desayuno y se quedó dormido con el pan en la boca por tanta pastilla, se ahogó y vomitó. (...)

Te bajan toda la autoestima. Me dijeron que para qué iba a ir al liceo si yo iba a ser un “don Nadie”. En su momento igual me afectó, porque te lo decían enfrente de todos y se cagaban de la risa. Deberían cerrar todos los centros. Te dan comida y a veces ropa, pero psicológicamente te tratan pésimo. Es como una cárcel.

 

José (58). educador del centro de internación provisoria de San Bernardo

Los chicos se autoagreden, se cortan una vena y manejan los flujos de sangre. Mantienen alejadas a las personas para que no los auxilien. Si te acercas, te tiran un chorro de sangre.

Se nos han muerto seis jóvenes. Los tres primeros se quemaron en la enfermería, se amotinaron y se prendieron fuego. Los otros tres también murieron quemados, pero en una de las casas. Fue en la noche de Año Nuevo. Cerraron la puerta, tiraron colchones y prendieron fuego. No hubo cómo sacarlos. Es tan duro de procesar, uno no logra entender; en un momento de rabia se encierran en una pieza, la cierran y se queman.

 

Mónica Jeldres (41), jueza de familia y coordinadora de la comisión que investigó al Sename en 2013

El problema de fondo del Sename es que los recursos económicos dan abasto solo para el trabajo que implica atender a los niños que están en las residencias, pero no para hacer un trabajo con la familia extendida, en terreno. Si los padres no pueden hacerse cargo, vamos a los familiares más cercanos, pero ocurre que se les suele exigir competencias elevadas, cuando en realidad el estándar debería ser normal. Tenemos que apoyar a la familia, y eso no existe. (...)

La autocrítica debe partir por las instituciones. Los jueces de familia tenemos bastante responsabilidad en la crisis, porque si un niño vive en un hogar que no cumple el estándar, deberíamos pedir el cierre o su intervención, y eso no se hace. ¿Cómo es posible que un niño sea abusado o muera en una residencia que no tiene las condiciones, pero igual los seguimos derivando ahí? La excusa del Estado siempre ha sido que no hay recursos, pero eso ya no puede ocurrir a estas alturas. Ya no se puede decir más que no hay recursos.

 

Jorge (22). Estuvo en el centro  de protección Alborada de Temuco

El castigo en el hogar consistía en encerrarte dentro de un clóset con un candado por fuera durante dos horas, tres horas, medio día, un día. Yo pasé más de un día en el clóset por sacar pan de la cocina. No era muy grato sentarte con las rodillas dobladas, porque tampoco había espacio para estirarse; o estabas parado o con las piernas torcidas. Nadie me iba a ver, y si aparecían era para decirme: “Quédate callao, cabro de mierda”. Nadie me llevaba comida, y muchas veces había que orinar ahí mismo; ese clóset era hediondo, asqueroso. Ese clóset tenía lágrimas, rasguños y sangre. (...)

Una vez nos castigaron a todos porque rompimos una virgen jugando fútbol. Nos pusieron en fila, desnudos, para entrar a la ducha, y cuando pasábamos, el tío nos pegaba con la manguera. Me dio tanta rabia el manguerazo en la espalda, que me di vuelta para defenderme y me llegó en el ojo. Me reventaron la retina. Tenía siete años. Sangré, pero nunca me llevaron a un médico, solo al centro de enfermería del hogar donde me pusieron un parche y listo. Quedé con el 40% de la visión del ojo derecho.

Otras veces el nochero intentaba abusar sexualmente de mis compañeros. A mí personalmente no, porque siempre dormí en el camarote de arriba: era la forma más difícil de que te agarrara; la cama de abajo significaba que te podía agarrar cualquiera de los tíos. Te llevaban al baño en la noche y ahí pasaban las cosas.

 

Rodrigo (41). Ex educador del centro de internación provisoria de San Joaquín

Estoy arrepentido. Estoy arrepentido porque en el Sename se ve la maldad del ser humano; se siente y no pasa por los cabros, sino por los adultos. Yo llegaba a trabajar y los jóvenes decían “Llegó el tío nazi”. Participé en sacadas de cresta descomunales. Cinco o siete educadores contra dos cabros chicos. Me tenían miedo. No me enorgullece. No quiero justificarlo, pero al educador buena onda no lo respetan como al que agrede. Los niños vienen de un mundo superviolento y están acostumbrados. (...)

Desde la Dirección había orden de controlar a los cabros fuese como fuese, y eso involucraba los golpes. Cuando empiezas a cuestionar los métodos de los directores te castigan, y eso fue lo que hicieron conmigo. Me mandaron a una de las casas donde estaban los jóvenes más peligrosos. (...).

La primera vez que le pegué a un joven ni siquiera me lo cuestioné; fue natural, lo hice. Llevaba seis meses en el centro. Le pegué un combo en la boca a un joven porque cuando me estaba presentando me trató de maricón delante de todos los demás. Entonces mi compañero de turno me dijo: “Si no le pegas ahora, cagaste. Quédate tranquilo que te vamos a apoyar”. Desde ahí, ya fue casi todos los días. Se marcó un límite entre ellos y yo.

Les pegábamos manotazos o patadas. Presencié empujones que rompieron cabezas. Cuando pasaba eso, después de la golpiza llegaba el educador que tuviese más afinidad con el chico y le decía: “Oye, la cagaste; le faltaste el respeto a los tíos y te tuvieron que pegar”. Los cabros empezaron a dudar de si efectivamente era válido el golpe, y la mayoría creía que sí, que había sido por su culpa. A enfermería se informaba que había habido una pelea entre dos jóvenes y los educadores le pedíamos a algún chico que nos hiciera el favor de decir que él había sido. Así quedaba registrado que los golpes fueron por una pelea entre ellos.

También los castigábamos en la casa N° 9, que nunca se mostraba a los del Ministerio o a parlamentarios, porque era la casa de castigo donde todo se permitía. Se encerraba a los cabros en una celda, sin ropa; para dormir se les tiraba un bóxer y una polera (si te caían bien). Para que se calmaran —si venían de una pelea y si es que no había forma de contenerlos— se les pinchaba con tranquilizantes o se les amarraba (...).

Hay educadores con sexto básico. No quiero sonar discriminador, pero uno no le puede entregar el poder de cambiar vidas a un hombre que ni siquiera pudo terminar la propia y que está ahí por la plata.

Me sobrepasó el sistema. En 2012 empecé con crisis de pánico, pero mi límite fue cuando una vez que iba saliendo del Sename casi me lancé al metro. No sé cómo llegué a eso. Pasé de ser un tipo que entró a la educación social para proteger y terminé haciendo lo opuesto.

Sename sacó lo peor de mí. Me da miedo desdoblarme y verme, porque yo mismo me daría miedo. Fui tan maldito que no me gusta esa imagen mía, siento vergüenza de reconocer lo que hice pudiendo haber actuado distinto. Me da pena cómo los traté, me da pena haber hecho tan poco; me da rabia que me hayan convencido de hacer cosas que, por principios, yo nunca habría hecho. Siento remordimiento. Por eso, antes de irme del Sename denuncié a mi director, al jefe técnico, a los coordinadores, a los compañeros y a mí mismo.

 

Paloma, (12). Estuvo en el cread Galvarino, donde murió Lissette

A Lissette Villa no la conocí. Cuando llegué habían pasado unos meses. Las chiquillas se acordaban harto de ella. En las noches rezaban, decían su nombre; yo también lo hacía, a pesar de no conocerla, porque sabía quién era. Rezábamos en la cama en voz alta y los domingos había culto.

Cuando llegué al Galvarino era supergorda. Un día... había un chaleco que se parecía a uno que tenía ella, y yo me lo ponía porque me gustaba.

Cuando lo modelaba sacaba la guata, y me decían: “Uy, te parecí a la Lissette”.

Relacionados