Por Andrés Azócar Septiembre 16, 2016

libroUna carpa blanca y cincuenta sillas lucían perfectamente dispuestas en el patio de la Casa Kuschel en Puerto Varas. La residencia, unas de las primeras adquisiciones de Douglas Tompkins en Chile, que desde 1994 ha sido sede de la Fundación Pumalín, esperaba la llegada de los invitados para despedirlo. Dos días antes, un accidente en el lago General Carrera, en Aysén, le había quitado la vida a los 72 años. No había flores y sólo unos pocos lucían luto formal. El ambiente no era de recogimiento, pero sí de solemnidad. Pocas lágrimas evidentes, sí mucha paz. Sin quererlo, todos seguían una suerte de protocolo que al fundador del majestuoso Parque Pumalín probablemente le hubiese gustado para su funeral: amigos, recuerdos y una conversación en torno a algo que él consideraba importante: su legado.
“Visionario” fue la palabra que más se escuchó esa mañana. Tompkins comenzaba a tomar otra forma tras su muerte. El legado por primera vez lograba fusionarse con su creador. Parecía que su obra adquiría fuerza en un país que durante mucho tiempo lo vio sólo como un extranjero caprichoso y sospechoso. Esa sensación de grandeza era la que dominaba esa mañana en Puerto Varas. Del accidente pocos hablaban; parecía casi una anécdota referida a un hombre que había decidido desde muy joven desafiar a la muerte.

El ataúd de alerce descansaba junto a uno de los ventanales de la hermosa mansión de estilo ecléctico, declarada Monumento Nacional en 1992. Algunas de las más de cien personas que llegaron a la ceremonia se acercaban al féretro a mirarlo, a despedirse. La mujer de Tompkins, su compañera por más de veinte años, Kristine Mc Divitt, Birdy como él la llamaba, se paseaba por el lugar saludando y respondiendo a las muestras de afecto de los invitados. Intentaba mantenerse firme, pero en ese momento todo le era una tarea difícil, en especial la perspectiva de la soledad, a la que ella reconocía temer.

La diversidad de orígenes y ocupaciones de los invitados era el reflejo de lo que el hombre había construido en Chile, Estados Unidos y Argentina. Estaban Cecilia Morel, la mujer del expresidente Sebastián Piñera, y una hermana de este, Magdalena, además de Bernardo Matte, hermano de Eliodoro, de Empresas CMPC. Asistieron también los senadores de izquierda Juan Pablo Letelier, Alejandro Navarro y Alfonso de Urresti, los tres parlamentarios más cercanos al empresario, ambientalista y filántropo avecindado en el país. Por supuesto, allí estaban también, para recordar y para despedirse, los cinco sobrevivientes del accidente en el lago General Carrera. El mejor amigo de Tompkins, Yvon Chouinard, ambientalista y empresario, fundador de la compañía Patagonia, uno de los mejores montañistas en la historia de Estados Unidos, era quien menos disimulaba su tristeza. Se conocían desde hacía más de cincuenta años. Se habían hecho amigos escalando montañas cuando eran muy jóvenes y muy irresponsables a la hora de desafiar a la naturaleza.

En diez minutos el lago se convirtió en un infierno de olas gigantescas y corrientes poderosas, y sólo a duras penas Chouinard, Boyles, Ellison y Álvarez consiguieron acercarse a la orilla y protegerse un poco del vendaval. Pero el timón del kayak de Tompkins y Ridgeway falló por completo.

A Chile volvieron muchas veces. Para ellos planificar alguna travesía era mantenerse vivos. Así, a mediados de 2015 empezaron a afinar la idea de una semana de kayaking y trekking por el lago General Carrera. El itinerario, tomando en cuenta los 77 años de Chouinard y los 72 de Tompkins, comprendía cinco días de navegación cerca de las riberas del lago, con sus correspondientes noches de acampada en la orilla. Nada que les quitara el sueño a deportistas de su categoría. A los dos amigos se sumaron el guía de rafting Jib Ellison(54), dueño de BluSkye, una consultora organizacional de San Francisco; Weston Boyles (29), fundador y director general de la ONG Ríos to Rivers, hijo de un gran amigo de Tompkins; Rick Ridgeway (66), conocido montañista y jefe de iniciativas ambientales de Patagonia, y el mexicano nacionalizado estadounidense Lorenzo Álvarez (49), dueño de una empresa de expediciones y antiguo miembro del equipo de kayaking de Estados Unidos. Un grupo muy preparado que no debía esperar ningún sobresalto. De hecho, días antes del accidente, Boyles, un kayakista excepcional, había estudiado el recorrido y lo había conversado con lujo de detalles con el creador del Parque Pumalín.

El sábado 5 de diciembre de 2015, los expedicionarios dejaron el Terra Luna Lodge, en Chile Chico, para comenzar la travesía. Esta sumaba 90 kilómetros circundando la ribera oeste del lago, el segundo más grande de Sudamérica. Los cinco días de expedición, con su punto de partida en Puerto Sánchez y de llegada en Puerto Ibáñez, incluían largas caminatas por las faldas de los Andes. Los primeros dos días avanzaron según el cronograma, con buen tiempo. Uno de los kayaks tenía el timón averiado, pero en aguas tranquilas eso no representaba un problema mayor. Al tercer día nuevamente los despertó un día soleado y con las aguas apenas en movimiento. Rick Ridgeway compartió un kayak doble con Tompkins, y Chouinard lo hizo con Boyles. Ellison y Álvarez iban en embarcaciones individuales. Habían decidido usar kayaks de mar, que tienen timones a pedales, más largos y amplios y por lo tanto más estables que los que suelen usarse en lagos.

La mañana de ese martes 8 de diciembre apenas corría viento en el lago, y la navegación comezó sin sobresaltos. Sin embargo, a las 10.30, mientras remaban por una pequeña península, rápidamente el viento comenzó a levantarse. Los amigos no alcanzaron a buscar refugio. En diez minutos el lago se convirtió en un infierno de olas gigantescas y corrientes poderosas, y sólo a duras penas Chouinard, Boyles, Ellison y Álvarez consiguieron acercarse a la orilla y protegerse un poco del vendaval. Pero el timón del kayak de Tompkins y Ridgeway falló por completo. El viento los fue empujando hacia el centro del lago. Las olas eran más grandes y, a diferencia de lo que ocurre en el mar, continuas. No daban respiro. Los seis se vieron dispersos y así poco podían hacer para ayudarse. Por unos minutos, que se les hicieron eternos, la embarcación de Tompkins luchó por no volcarse. Él lideraba las maniobras, pero ni siquiera su vasta experiencia deportiva fue suficiente. Una ola enorme los dio vuelta. “Nos dimos cuenta de que teníamos treinta minutos, tal vez un poco más, para sobrevivir”, escribió Ridgeway a National Geographic.

Tompkins3El resto del grupo no alcanzaba a ver qué sucedía con sus compañeros. Sabían que algo había pasado; de lo contrario, tipos con la experiencia de Ridgeway y Tompkins ya habrían alcanzado la orilla. Boyles, el más joven del conjunto, tomó un kayak y se lanzó al lago. Ellison llamó a la Fundación Pumalín, pero como era día festivo — el 8 de diciembre es el día de la Inmaculada Concepción de la Virgen — nadie atendió. Luego contactó al piloto privado de Tompkins, Rodrigo Noriega, para alertarlo de la gravedad del incidente, y enseguida, junto a Álvarez, volvió al lago. Mientras tanto, Tompkins y Ridgeway habían decidido nadar hacia la orilla y soltar el kayak, que seguía adentrándose hacia el centro del lago. Tompkins iba vestido con pantalones de algodón, camisa, un suéter ligero y una chaqueta de lluvia, nada que lo protegiera de las frías aguas de un lago de tipo glacial.

Pronto el frío comenzó a hacer efecto y la lucha por mantenerse conscientes se hizo más difícil. Tompkins estaba más entero que su amigo, pero la temperatura del agua, de sólo 4 grados Celsius, hacía imposible resistir mucho más. Surcando el lago, Álvarez y Ellison ubicaron a los náufragos y a los pocos minutos tenían a Ridgeway agarrado de la cuerda de la popa del kayak.

Mientras, Boyles alcanzó a Tompkins, pero desde el comienzo el segundo rescate fue más complejo. A pesar de su habilidad con el kayak y su fuerza, al joven le fue imposible subir a la embarcación. Después de muchos intentos infructuosos, además perdió un remo, lo que hacía la tarea de volver aun más compleja, poniendo en riesgo su propia supervivencia. Además de soportar vientos de 80 kilómetros y olas de cuatro metros desestabilizándolo, estaba solo en el rescate. Tompkins, con las pocas energías que le quedaban, intentaba darle consejos desde el agua. Pero después de unos minutos el frío lo derrotó y perdió el conocimiento. Boyles debió tomarlo de un brazo para que no se ahogara;las olas no dejaban de golpearlo hasta casi volcar el kayak.

A las once de la mañana, el piloto de Tompkins llamó al Terra Luna Lodge alertando del accidente. Inmediatamente el helicóptero del hotel despegó en auxilio de los seis extranjeros. Casi a la misma hora, la Capitanía de Puerto Lago General Carrera recibió un llamado desde Puerto Varas avisando de la situación. La patrullera marítima PM- 2050 de la Armada zarpó en su ayuda. El helicóptero llegó antes y ubicó al grupo en la playa. Rápidamente le informaron al piloto y al dueño del lodge, que se había sumado al rescate, que nada sabían de Boyles y de Tompkins. Todos temieron lo peor. Después de unos minutos el helicóptero los divisó. El empresario ya llevaba más de cincuenta minutos en el agua, su cuerpo había perdido mucho del calor vital.

La aeronave se dispuso a intentar el rescate pero se dieron cuenta de que no contaban con un cabrestante para subir a Tompkins a la nave. El único camino era lanzar una cuerda para que Boyles la amarrase al kayak y así arrastrarlos hasta la orilla; una operación muy arriesgada, pues la cuerda era corta y la nave casi tocaba las olas con sus patines de aterrizaje. Todos tenían claro que era una solución muy lenta dado el estado del empresario, que seguía perdiendo calor, pero no había otra opción. A los pocos minutos el kayak de Boyles se volteó y Tompkins quedó a la deriva. Desde el helicóptero lanzaron un flotador a Boyles y este nadó hasta alcanzar a su compañero, a quien puso de espaldas sobre su pecho. “Hizo un esfuerzo sobrehumano, poniendo su propia vida en peligro”, escribió Ridgeway.
Finalmente, después de casi dos horas en el agua, llegaron a la orilla. Boyles fue rescatado con ayuda de sus compañeros. Estaba débil y helado; lo envolvieron en mantas para que recuperase calor. Tompkins estaba vivo pero en estado crítico. El helicóptero lo llevó al hospital de Chile Chico, sólo lo acompañó Ellison. La barcaza de la Armada recogió al resto de los amigos y los llevó al mismo destino. Ninguno corría peligro. En el viaje, apenas hablaron; sólo respondían a las preguntas de la tripulación. Chouinard ni eso. Apenas pudo pronunciar palabra.

El director ejecutivo de la Fundación Pumalín, Hernán Mladinic, hizo de maestro de ceremonias ese día en la Casa Kuschel, dominado más por la melancolía que la tristeza. Fue él quien dio la palabra a todos quienes querían despedirse. Y con Chouinard fue de los primeros en hablar. Estaba golpeado, pero quiso reflejar en sus palabras lo que creía que él y su amigo representaban: amistad, aventura y sólidos principios. “Compartíamos una visión de mundo”, dijo.
Birdy se mantuvo siempre entera y solemne. Emocionada pero muy firme, dedicó sus palabras a homenajear a quien fuera su marido desde 1993. Juntos habían elegido no sólo ser compañeros, sino “un par”. Sin dejar de mencionar los frecuentes choques que tenían, dada la fuerte personalidad de ambos, “Kris habló en español de su amor sin límites por Doug, su amor por la naturaleza y su profundo compromiso por la protección de la vida silvestre”, escribiría más tarde Rick Ridgeway. Ella reconoció que no podía imaginarse la vida sin Douglas.

En su velorio estaban Cecilia Morel, Bernardo Matte, los senadores de izquierda Juan Pablo Letelier, Alejandro Navarro y Alfonso de Urresti, los tres parlamentarios más cercanos al empresario, ambientalista y filántropo avecindado en el país.

Se encontraba en la antigua hacienda Chacabuco, futuro Parque Nacional Patagonia, cuando recibió el primer llamado a su teléfono satelital ese martes 8 de diciembre. Era Rodrigo Noriega, el piloto del matrimonio, y tenía noticias trágicas: Rick Ridgeway estaba casi agónico y Weston Boyles y Tompkins habían estado muchas horas en el agua. Después de colgar, Kris se subió a su camioneta y partió rumbo al hospital de Coyhaique. Sabía que la vida de su marido peligraba y quería al menos poder despedirse de él. La misma noticia había recibido Hernán Mladinic, quien se encontraba en el aeropuerto de Balmaceda. Aún confundido por la información, que le llegaba fragmentada, recibió el llamado del ministro del Interior. Ya no había dudas de la gravedad del accidente. Cuando llegó al hospital, el médico le dijo que Tompkins había sido ingresado “con una temperatura incompatible con la vida”.
Mladinic decidió entrar al pabellón donde se intentaba elevar la temperatura y reanimar al ecologista. Pero el escenario sería irreversible. Durante las cinco horas que debió manejar Kristine Mc Divitt para llegar al hospital, Mladinic la mantuvo informada, y cuando supo que el desenlace era inminente la llamó y puso su celular en la oreja de Tompkins para que ella pudiera despedirse. A pesar de los esfuerzos de los médicos para mantenerlo con vida, Tompkins fue declarado muerto a las seis de la tarde del martes 8 de diciembre de 2015.

Como si todos los asistentes se hubiesen puesto de acuerdo, los discursos se llenaron de anécdotas que reconstruían la vida del millonario conservacionista de Estados Unidos y de Chile. Pequeñas piezas que al juntarse construían la silueta de un hombre con matices, complejo, ensimismado, obstinado, visionario.

Cuando los discursos terminaron, el ecologista Juan Pablo Orellana, uno de los más activos miembros de Patagonia Sin Represas, y muy cercano a Tompkins desde su disputa contra la central hidroeléctrica Ralco en Alto Biobío, tomó una guitarra y cantó “We Shall Overcome” (Venceremos), la famosa canción de protesta que popularizara el cantante country Pete Seeger en los años setenta. Algunos de los trabajadores de Tompkins y de los invitados lo acompañaron en el canto.
Después de una hora y media, la ceremonia llegaba a su fin. Fueron tres días de velatorio. Los extranjeros y algunos invitados nacionales se quedaron en la Casa Kuschel. Luego, el cuerpo sería trasladado a la hacienda Chacabuco, donde recibiría sepultura. Dos aeronaves esperaban al grupo. Una avioneta comercial y un Cessna Caravan propiedad del empresario Nicolás Ibáñez. En ese avión no sólo iba Ibáñez sino también los amigos estadounidenses de Tompkins, su mujer y Hernán Mladinic. “Fue un espectacular último vuelo de Doug”, dijo Ridgeway. En la hacienda lo esperaban sus dos hijas, Quincy y Summer.

La ceremonia fue muy emotiva. Nuevamente hablaron sus amigos y cercanos. Los presentes arrojaron un puñado de tierra sobre la tumba a modo de despedida. Uno de ellos, una dirigente de Cochrane, subió a la pared de roca que rodea el cementerio, levantó el puño y gritó: “¡Patagonia sin represas!”. Todos se dieron la vuelta y respondieron a viva voz: “¡Patagonia sin represas!

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