Por Carlos Meléndez, cientista político peruano, Universidad Diego Portales Febrero 19, 2016

La primera figura en remecer fue la del gobernador de La Libertad César Acuña, quien desde septiembre pasado hasta fines de enero ha incrementado su intención de voto del 3 al 10%. Acuña es el presidente de Alianza para el Progreso (APP), partido fundado en el 2001 que ha crecido a partir de victorias de alcaldías y gobernaciones.

La segunda candidatura, más sorpresiva aún, es la de Julio Guzmán, un tecnócrata desconocido y sin partido propio, que desde noviembre hasta fines de enero ha pasado del 0,5 al 10% en las preferencias electorales. Según la última fotografía de la encuestadora GfK, Acuña y Guzmán, conjuntamente con el trajinado Kuczynski, comparten el segundo lugar en las intenciones de voto; cualquiera de ellos podría pasar a la segunda vuelta con Fujimori, estable desde hace un año con el 33% de apoyo. Aunque esta semana enfrentó el golpe de un fallo adverso del Jurado Nacional de Elecciones, lo que pone una dosis de incertidumbre a su campaña, Guzmán sigue en pie.

¿Cómo se explica la proliferación de “tsunamis electorales” de políticos independientes en el mar de Grau?

El plagiador en serie

César Acuña no es ningún desconocido en la política peruana. Fue parlamentario nacional dos veces, alcalde de la ciudad norteña de Trujillo y gobernador de La Libertad, otrora feudo aprista. El fenómeno APP es una amalgama funcional de universidad-empresa-partido. Es dueño de un consorcio universitario —César Vallejo, Señor de Sipán y Autónoma del Perú— que llega a cubrir alrededor de 100 mil matrículas. En un contexto de desregularización de la educación, Acuña ha logrado lucrar con las aspiraciones de acceso al título universitario, pese a la baja calidad de sus centros de estudios. A la vez, los recursos humanos y económicos de estas universidades han resultado funcionales para la articulación de la maquinaria clientelar y brazo político de su proyecto. APP se ha expandido de la política local del norte peruano a una presencia territorial nacional gracias al reparto clientelar de becas, al empleo de docentes y universitarios “practicantes” con fines proselitistas y a la inclusión de políticos leales —y/o sus familiares— en las planillas del personal contratado. Por si fuera poco, es promotora de un equipo de fútbol de primera división —César Vallejo— y ha mostrado interés en auspiciar el tradicional club del Callao, Sport Boys.

Acuña es un nuevo rico que ha acumulado los recursos económicos y políticos (cuadros, organización, maquinaria) para emprender el sueño de llegar a “al único cargo que me falta ganar”, según señala:la Presidencia. Para consagrar su ambición ha contratado al publicista argentino-brasileño Luis Favre, quien lleva a cuestas dos campañas exitosas en Perú (Ollanta Humala en el 2011 y revocatoria municipal de Lima en el 2013). Pero Favre se ha encontrado con un reto mayor: lanzar una estrategia de marketing para un candidato envuelto en escándalos de plagio –los mismos que hieren el corazón de su historia de vida–. El “éxito” educativo de un hombre hecho desde abajo

—Acuña proviene de las zonas rurales pobres de Cajamarca— es, a todas luces, una farsa.

La Universidad Complutense de Madrid ha iniciado una investigación sobre el plagio de párrafos enteros encontrados en la tesis doctoral de César Acuña. La Universidad los Andes, de Colombia y la Universidad de Lima, de Perú, han hecho lo propio con las tesis de maestría respectivas del candidato presidencial. Por si fuera poco, el diario El Comercio reveló la apropiación íntegra de un libro sobre política educativa, originalmente publicado por el docente Otoniel Alvarado y posteriormente reimpreso por la Universidad César Vallejo con la “autoría” de su rector. Acuña ha desmentido cada una de las acusaciones con justificaciones ridículas (aduciendo “coautoría” con Alvarado, por ejemplo). Por su parte, Favre ha iniciado una campaña mediática en la que compara a Acuña con Martin Luther King, aludiendo al conocido plagio en la tesis doctoral de este último.

El impacto electoral de los plagios descubiertos ha detenido la tendencia a su favor, según las últimas encuestas. Por si fuera poco, su candidatura acaba de ser acusada de compra de votos, caso que también es investigado. Los escándalos han afectado la dinámica interna de la campaña de APP, la cual luce hoy muy a la defensiva y con resquebrajamientos. Por ahora, Acuña luce distraído en absolver las solicitudes de las autoridades electorales antes que en conquistar más votos.

Guzmán, el outsider del verano

La caída del sistema de partidos peruano en los noventa, generó un establishment político precario de partidos tradicionales (APRA, PPC) que no terminan de irse y de partidos que emergen por fuera del sistema y no se institucionalizan del todo (fujimorismo). Por ello es, hasta cierto punto, normal que cada década surja un proyecto político que rete al “elenco estable”.

El tsunami electoral que en su momento fue Alberto Fujimori (1990) es el único antecedente de outsider que ganó en su primer intento. Alejandro Toledo (2001) y Ollanta Humala (2006) alcanzaron el cargo en sus tercero y segundo intentos, respectivamente. El economista limeño Julio Guzmán se planteó, hace dos años, replicar esta racha y llenar el vacío del electorado clamante de renovación política, aunque venga de un desconocido. La “ola morada”
—como suele llamar a su aluvión de apoyo— busca repetir el tsunami noventero.

Luego de sufrir las dificultades de construir un partido propio, Guzmán se acercó a Todos por el Perú (TPP) —un partido formado por tecnócratas asociados a think-tanks limeños, que mantenía su inscripción formal gracias a alianzas electorales con Lourdes Flores (2001), Valentín Paniagua (2006) y Luis Castañeda (2011)—. Con el activo de la inscripción vigente entre manos y sin planes concretos, los apoderados de TPP decidieron disponer del partido a los planes del colega amigo. “Julio, te entregamos un cheque en blanco, pero recuerda que no tiene fondos”, fueron las palabras de acuerdo entre el comité nacional de TPP y Guzmán. Desde entonces, el aspirante a outsider se encargó de construir un proyecto personalista, apelando a su sintonía con un electorado joven, educado, emergente y activo tanto en redes sociales virtuales como en las calles.

Acuña y Guzmán emergen como necesidad de representación de los desafectos de la política peruana. El elector de Acuña es un “upgrade” de quien votó por Humala en el 2011. El  de Guzmán, por su parte, es una versión más popular de votante de Pedro Pablo Kuczynski.

La biografía de Guzmán puede resultar un espejo en el que se ve reflejado un sector importante de jóvenes peruanos. Su perfil sociológico —origen popular urbano, doctorado en Estados Unidos, ex viceministro y socio de una de las consultoras más influyentes en Perú— resulta aspiracional para el joven limeño que aún confía en la educación de calidad como canal de emergencia social. De hecho, la “ola morada” elevó marea cuando Guzmán, en diciembre, endosara las protestas universitarias a favor de la reforma de la educación superior. A diferencia del fenómeno juvenil de la campaña anterior —los “pepecausas”, seguidores de Kuczynski—, el núcleo del apoyo de Guzmán es emergente y no sólo elitista. Sin embargo, su candidatura ya aparece víctima de sus propias improvisaciones.

Errores procedimentales relacionados con la democracia interna de TPP podrían impedir la continuidad de esta candidatura.

El Jurado Nacional de Elecciones ha declarado improcedente la modificación estatutaria de TPP, pero no tacha la plancha presidencial que encabeza Guzmán. El fallo sólo prolonga la incertidumbre porque todavía quedan alternativas para los “morados”: recursos de revisión, acciones de amparo, acudir al Tribunal Constitucional y hasta a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Hoy Guzmán lucha en dos arenas: con sus abogados apelando las decisiones de las autoridades electorales, y con sus neófitos operadores políticos, buscando hacerse conocido en el interior del país, donde aún carece de apoyo. El reto es mayor para un novato político: no cuenta con cuadros experimentados en vocería y debate (“escuderos”, en el argot peruano), improvisa propuestas de gobierno (cayendo en contradicciones) y carece de capacidad de movilización propia. Lo más probable es que —como todas las olas— llegue manso a la orilla del 10 de abril, si acaso logra pasar los escollos legalistas.

El mundo del anti-establishment

Acuña y Guzmán emergen como necesidad de representación de los desafectos de la política peruana. El elector de Acuña es un upgrade de quien votó por Humala en el 2011, sólo que no cuestiona el modelo económico (fue “incluido” en el sistema vía la informalidad), aunque sí la política tradicional. El elector de Guzmán, por su parte, es una versión más popular del “pepecausa” (seguidor de PPK el 2011) que dice enfrentar a los “dinosaurios” de la política peruana. Como se ve, el mundo anti-establishment peruano es tan amplio que lo pueden ocupar no solo radicales izquierdistas (como Humala el 2011), sino también representantes de la “lumpen-burguesía” (término acuñado por Hugo Neira) y de la “tecnocracia chola”, respectivamente.

 

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