Por Ana María Sanhueza Agosto 21, 2014

Muriel Poirier debe tener la nacionalidad chilena para jurar ante la Corte Suprema. “La única explicación que le encuentro es que lo hacen para limitar el acceso de abogados extranjeros a la profesión. Yo he revalidad mi título, he hecho mi práctica y no puedo jurar”, reclama.

La primera vez que el ingeniero civil mecánico alemán Klaus Grodeke (49) quiso convalidar su título en Chile, prefirió desistir. Eso ocurrió en 2001, cuando llevaba dos años en el país y, al percatarse de lo lento que resultaba el trámite -después de haber esperado 365 días una respuesta sólo para saber si podía o no ser candidato a la homologación-, optó por no hacerlo en ese momento. Eso, hasta que volvió a necesitar su diploma de la Universidad de Münich -rankeada como una de las 100 mejores del mundo- y con urgencia.

El caso de Grodeke es un ejemplo de los cientos de extranjeros  -no hay cifras oficiales- con carreras universitarias que llegan al país y que se encuentran con una de las principales vallas que pone Chile: la lentitud en el proceso de convalidación. De hecho, aunque hay convenios bilaterales y multilaterales que permiten que con ciertos países  el trámite sea más expedito (en especial con Latinoamérica), en los casos en que estos tratados no corren, un extranjero puede llegar a demorarse entre dos y a veces hasta cinco o seis años en la homologación. Es más, por ley sólo la Universidad de Chile puede hacerse cargo del proceso, lo que hace aún más demoroso el trámite al haber sólo una institución autorizada.

Y fue exactamente eso lo que vivió por un buen tiempo, Klaus Grodeke. Mientras en Alemania ejercía como diseñador mecánico, en Chile entró a trabajar a una empresa de ascensores. “Acá no hay industrias, por lo que no podía seguir en el área de diseño. A mí me contrataron porque los alemanes tienen buena reputación acá”, dice.

Pese a que trabajó varios años sin necesitar la homologación, en 2008 la Ley 20.296 del Ministerio de Vivienda exigió que quienes trabajaran en el rubro de los ascensores, debían tener título profesional. Fue allí cuando comenzó su segundo y largo intento. En paralelo, también necesitó sus papeles porque se convirtió en el presidente del directorio del Colegio Alemán, donde estudian sus hijos, y como representante legal debía tener al día sus diplomas.

Alemania no tiene convenio, por lo que Grodeke volvió a acudir a la Universidad de Chile. “Necesitas tu título, el currículum y la malla con el contenido de tus ramos. Tienes que conseguirlos en tu universidad, y yo egresé en 1993, por lo que no era tan sencillo. Si no tuviera familia en Alemania que me ayudó, habría tenido que viajar. Luego tienes que ir a un juzgado de policía local para que te certifiquen la firma de la universidad. Después, hacer el mismo trámite en el consulado, luego regresar al juzgado para volver a certificar la firma. Y después al Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrel) para que te confirmen la firma del consultado y así sucesivamente”.

Además, cada uno de los ramos que cursó en Münich debió ser traducido por un traductor autorizado por el Minrel para luego presentarlos a la Universidad de Chile. “Entonces vas con tus documentos originales más las traducciones y muchos otros papeles, y recién ahí ellos revisan y te dicen si es suficiente o no con lo que tienes. Nadie te dice antes si vas a poder o no convalidar”, añade.

Después de ocho meses a Grodeke le informaron que le faltaban dos ramos. Fue un balde de agua fría. “Recuerdo que les dije que a esas alturas me daba lo mismo ser ingeniero civil o de ejecución. Pero me respondieron que en la Universidad de Chile no había ingeniería en ejecución. En el fondo, sólo validan lo que ellos te ofrecen”.

Finalmente, Klaus Grodeke se convirtió en uno de los 134 extranjeros que en 2012 lograron validar su título en la Universidad de Chile. Y aunque por un momento estuvo obligado a ir a clases, algo que no podía hacer porque estaba trabajando, logró homologar los ramos que le faltaban con un diplomado de Microsoft Project que había realizado en 2001 sobre calificación de proyectos en la misma casa de estudios chilena. Fue su salvación.

A UN PASO DE JURAR
Angustia fue lo que sintió  la abogada francesa Muriel Poirier cuando se dio cuenta de lo difícil que sería el proceso para revalidar su título. “Todos los documentos que pedían, era una locura, realmente una locura. Fue un choque”, admite Poirier. Hoy, después de cinco años de trámites, está en la última etapa del proceso.

Muriel está casada con un comunicador audiovisual chileno y ambos optaron por empezar su vida acá. Llegaron en febrero del 2009 y en abril ella empezó el trámite en la Universidad de Chile, para lo que  entregó todos los documentos que certificaban sus estudios en Francia: Derecho en la Université de Paris II-Assas y Máster en Derecho de Comercio Internacional en la Université Paris I-Sorbonne.

La respuesta debían dársela a los tres meses, pero pasaron nueve para que le contestaran. Entonces comenzó a preparar el examen de grado que, a diferencia del que dan los chilenos sobre Derecho Procesal, Derecho Civil y un ramo a elección, para los extranjeros entran las materias de los cinco años de carrera.

Muriel aprobó el examen después de estudiar 18 meses. Lo preparaba en las tardes, mientras en la mañana trabajaba en Cuevas Abogados, donde sigue hasta hoy. Luego hizo la práctica durante un año y medio en la Corporación de Asistencia Judicial.

Pero cuando la finalizó, en la Corte Suprema le dijeron que para titularse, debía obtener la nacionalización chilena. “Este requisito no se justifica en cuanto a conocimientos legales. La única explicación que le encuentro es que lo hacen para limitar el acceso de abogados extranjeros a la profesión. Yo he revalidad mi título, he hecho mi práctica y no puedo jurar”, reclama Poirier.

Para obtener la nacionalidad, se exigen cinco años de residencia. En ese entonces, Muriel llevaba cuatro, por lo que tuvo que esperar hasta cumplir los cinco para comenzar el proceso. En febrero de este año presentó los documentos en el Departamento de Extranjería y Migración  y ahora espera que en noviembre o diciembre pueda abrir carpeta en la Corte Suprema para jurar y, así, obtener al fin el título de abogada chilena.

MÉDICOS CON FRONTERAS
Entre 2003 y 2014, 2.883 médicos extranjeros han revalidado sus títulos vía Ministerio de Relaciones Exteriores a través de tratados bilaterales con Brasil, Colombia, Ecuador, España, Perú y Uruguay; y multilaterales con países como Bolivia, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Perú.

Pero Venezuela no es el caso, una situación que afecta particularmente a la neuróloga Lucía Graterón (46), doctorada en Neurociencias en la Universidad de Navarra.

Cuando Lucía llegó a Chile estaba consciente de que para ejercer como médico, cuando no hay convenios, debía dar un examen. Y si es para trabajar en el servicio público, como lo hacen la mayoría de los profesionales extranjeros, además tendría que dar el Examen Único Nacional de Conocimientos de Medicina (Eunacom). Pero no era su situación. En Venezuela Lucía trabajaba como académica en dos universidades dando clases de neuropsicología: en la Central y en la Monteávila. Lo hizo durante 10 años.

Al llegar a Santiago se encontró con una barrera: para dar clases en Medicina debe dar el mismo examen que un médico que quiere ejercer. Hoy da clases de neuropsicología en la Escuela de Psicología en la Universidad de Los Andes mientras prepara su examen. “Considero válido que exista una evaluación de los médicos extranjeros que quieran ejercer acá porque nuestro trabajo es muy delicado, pero me he dado cuenta que las preguntas que hacen son exageradas. No es sólo evaluar si tienes capacidades médicas, sino que va mucho más allá. Es extraño”, dice. Y agrega: “Entiendo que haya control, pero mi especialidad tiene escasez en Chile, entonces no entiendo cuál es el objetivo de hacer tan difícil la revalidación del título. Yo terminé mi carrera en el 2001, y ahora estoy estudiando pediatría, hígado y riñón”.

“UNA PESADILLA”
La arquitecta argentina Ana Antico Arciuch (32) está a punto de entregar su primera obra: la habilitación de una oficina para una multinacional que se instalará en Ciudad Empresarial.  Trabajó en conjunto con Elena Nador, de Uno Arquitectura. Fue Ana quien firmó los planos,  pidió el permiso municipal y realizó la dirección de obras para poder llevar a cabo la construcción, tareas que jamás podría haber hecho sin haber revalidado el título.

Pero cuatro años atrás, las cosas eran muy distintas. Al punto que Ana, quien se tituló de Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires (UBA), carrera que estudió durante seis años, cuando se dio cuenta de lo difícil que estaba siendo convalidar el título en Chile, estuvo a punto de regresar a su país.

Con trámites similares a los de Klaus Grodeke, salvo que se ahorró el pago de las traducciones, no así los varios timbres de validación, viajó muchas veces a Argentina en busca de todos los ramos de su carrera. Después de un año de trámites en que no tenía ninguna información de si podría o no hacerlo, le avisaron que no era posible. “La pasé muy mal. Porque mientras a mí me decían que no, en Argentina a muchos chilenos sí les homologaban el título. Lo hacían a través de los ministerios de Educación y de Relaciones Exteriores”.

Pero luego le informaron que había una posibilidad: debía cursar un año más. Además de hacer un seminario sobre estructuras para reforzar sismología, algo que duraría seis meses. Esto último lo encontró razonable debido a las características sísmicas de Chile. Pero no tenía los conocimientos necesarios como para hacer una investigación. Finalmente la hizo, viajó a Buenos Aires, consiguió los planos de un edificio de allá y los comparó con una estructura chilena. Tuvo que escribir una tesis de 150 páginas y defenderla ante un jurado. Finalmente la aprobó.

Pero las cosas no terminaron ahí: en Chile le exigieron, además, hacer su proyecto de título de nuevo y pagar 15 UTM. “Y ahí casi me da un infarto. Era muy complicado un año más, con mucha carga horaria. Volver a hacerlo era como una pesadilla. Ahí es cuando entré en depresión y dije: ‘me vuelvo a Argentina’. Pero ya estaba instalada acá”.

Finalmente se quedó en Chile: regresó a clases, volvió a hacer maquetas e hizo de nuevo su proyecto de título. El proceso se alargó por las tomas en la universidad: coincidió con el movimiento estudiantil de 2011. En total, estuvo cuatro años en el trámite y 10 estudiando Arquitectura.

Hoy su tarjeta de presentación dice: Ana Antico, arquitecta UBA, arquitecta Universidad de Chile.

La graduación más larga

LA ODISEA DE EMPRENDER
La idea era simple. En 2009, el español Santiago Querol intentó montar en Chile Laserpack, una empresa dedicada a la fabricación de cajas de madera especialmente diseñadas para exportar frutas. Querol representa el perfil del inmigrante emprendedor en Chile. Una frase que para muchos parece redundante: “En todas partes los inmigrantes se atreven más que los locales a realizar negocios nuevos”, sostiene Claudio Mancilla, académico de la Universidad de los Lagos, autor del paper “Determinantes del emprendimiento de los inmigrantes en Chile”.

El estadounidense Nathan Lustig escribió sobre las dificultades para emprender en un libro que tituló Start Up Chile 101 y en el que compara los trámites que deben realizar los extranjeros en Estados Unidos con los que deben hacer en Chile para inciar un negocio. En EE.UU., para abrir una cuenta corriente se debe llevar sólo un documento de identificación. Toma unos 10 minutos. En Chile, en cambio, pese a que la ley sólo exige tener RUT chileno, en la práctica la mayoría de los bancos ponen como requisito llevar en el país un mínimo de entre seis y doce meses, residencia definitiva, visa y contrato indefinido de alguna empresa. El proceso toma cerca de un mes: “Es casi imposible abrir cuenta una corriente como extranjero si no tienes ayuda institucional. Y ésa es la base para poder emprender”, afirma Lustig, quien destaca la única institución en el país que entrega ayuda en ese ámbito: Start Up Chile.  A la postre, sin embargo, sólo un 15% de los proyectos que llegan a ese programa se quedan en el país. Según su director ejecutivo, Sebastián Vidal, una de las principales razones está en la escasez de capital de riesgo en el país. Ese problema fue justamente el que tuvo Querol, quien -a pesar de los elogios que recibió por su innovación- debió olvidarse de Laserpack y volver a España. Aunque la permanencia no es uno de los objetivos de Start Up Chile, sí admiten que aspiran a mejorar esa cifra en un plazo de cuatro años, generando condiciones en el ecosistema y en el mercado para ello.

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