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jueves 17 de octubre de 2013

Glóbulos rojos

Los hinchas de la "marea roja" que el martes festejó la clasificación al Mundial en el Estadio Nacional no son los mismos hinchas de club que semana a semana sufren y celebran en el tablón. Ésta es la crónica de un fanático del fútbol que jamás había ido a ver a la selección. Hasta ahora.
© AGENCIA UNO

“Quizás éste es el público que iba antes de la irrupción de las barras bravas”, opina el periodista Danilo Díaz. “Quizás es el público que los chascones y delincuentes echaron del estadio”.

“El amor al club no de disuelve con nada; el otro es pasajero y variable”, reflexiona el escritor Jaime Collyer. “Si mi club está en baja, me pongo triste; si la que tropieza es la Roja, pienso que ya va a venir otro Mundial”.

Como el oportunista más desvergonzado, el martes fui por primera vez en mi vida al estadio a ver un partido de la selección. En palabras de Luis Santibáñez (Q.E.P.D.), me subí impúdicamente al “carro de la victoria” en estos momentos de gloria nacional. Porque de no mediar esta crónica, quizás hubiera permanecido por siempre viendo los partidos de la Roja anclado frente al televisor.

Pero no ha sido por falta de recursos ni por las distancias (vivo a seis cuadras del Nacional). Y ni pensar en la razón más obvia: que no me guste el fútbol. Por el contrario: escucho tres programas deportivos radiales al día. Cuando abro el diario en la mañana, lo primero que leo son las páginas deportivas y, por supuesto, soy hincha abonado de un equipo. Hice mi práctica en la sección de deportes de un periódico, con la inmensa dicha de cubrir el día a día de mi club, aunque por lo mismo, porque no soporté escribir cuando perdía o cuando me daba cuenta de que ciertos cracks a quienes admiraba eran unos perfectos imbéciles, apenas la terminé me regresé a la galucha.

De manera que el objetivo de este relato no es otro que mirar de cerca al denominado “hincha de la Roja”, lo que de por sí es una redundancia, a menos que hayas leído demasiado a Kropotkin o Bakunin y no creas en la representatividad de una bandera.

Es cierto: los colores de la selección son los de tu país, pero los colores de tu club son los de tu corazón. Y ahí está la diferencia entre uno y otro tipo de hincha. Algunos no la toleran. A otros, les da lo mismo. Como sea, aquí vamos, zambullido en este torrente llamado marea roja que avanza bullicioso por Campo de Deportes.


OTRA CATEGORÍA

La selección nos une. Qué duda cabe. Y el público chileno es el segundo más fiel de Sudamérica después de Colombia: en los seis partidos previos al del martes pasado, convocó a 255 mil personas, con 42 mil como promedio. La entrada más barata no bajó de los diez mil pesos y la más cara superó los 150 mil. Y en este momento, a dos horas de que comience el partido decisivo contra Ecuador, con la gente haciendo fila en los accesos de Avenida Grecia, me pregunto cuántos de los que hay aquí, con la cara pintada y con camisetas y gorros a tono, fueron los mismos que corearon ¡Olé! ¡Olé! cuando Chile perdió 3-0 con Paraguay, de local, al comienzo de las clasificatorias pasadas. Imperdonable. Nadie que ame el fútbol habría sido capaz de haber hecho eso.

“¿Qué revela ese gesto contra Paraguay?”, me pregunta en la víspera el escritor Francisco Mouat, quien acaba de publicar un libro espléndido: Soy de la U, la crónica de un fanático disciplinado, en las antípodas de todo este carnaval. Sí, lo sé. Es mi suspicacia de hincha duro versus el hincha civilizado que viene al estadio para entretenerse y pasar un buen momento, como quien va a Fantasilandia. Aunque quizás sea yo el equivocado y todo, a fin de cuentas, se trate de pura diversión, de la diversión total.

“El hincha de la selección es una categoría que habría que estudiar separadamente”, prosigue Mouat. “¿Estamos hablando de los que van al estadio o de esa masa informe que ve los partidos por la tele, que es la gran mayoría nacional, con millones de hombres y mujeres que el resto del tiempo ni se enteran de que se juega fútbol todas las semanas?”.



LOS CONTRIBUYENTES

Una vez pasados los controles de rigor (a diferencia de un partido de campeonato, ahora los únicos objetos requisados en la entrada son inocentes botellas de agua y varillas plásticas con las que se afirman banderas), la explanada de acceso al coliseo está transformada en una bulliciosa kermés: los auspiciadores de la selección ofrecen juegos con arcos y balones para chutear, escenografías para tomarse alguna foto con imágenes de los jugadores hechas de cartón o con una bailarina de samba que trata de sonreír a quien la abrace. También hay un grupo de peluqueros que ofrecen cortes estilo futbolista. La gente hace filas, desentendida de algo fundamental: apurar el paso para conseguir un buen lugar para ver el partido.

“Quizás es el público que iba antes de la irrupción de las barras bravas”, opina Danilo Díaz, Premio Nacional de Periodismo Deportivo y autor de diversos libros. “Quizás es el público que los chascones y delincuentes echaron del estadio”.

Es sensato. De pronto nos olvidamos del hincha normal. La pasión bruta lo ahuyentó de las gradas. “Además, en estos partidos la seguridad es plena. Las hordas de Atila de cada semana no están acá”.

Es verdad. Y quizás por lo mismo, como un reflejo condicionado, me apresuro para llegar hacia la puerta 21, en Andes, sector donde tengo el asiento como abonado de mi club. Subo las escaleras, estiro el cuello y veo que en mi silla, que he pagado por tres años, ahora hay una señora con una moderna tablet que usa como cámara fotográfica. A su lado, otra mujer habla por celular como si estuviera en una peluquería. Me escandalizo un poco.

 “Es difícil generalizar, pero en el caso de la selección no existen hinchas convencionales. Quizás podrían ser definidos como partidarios o adherentes. O casi como contribuyentes”, comenta Nicolás Olea, uno de los autores de Alexis. El camino de un crack. Para él la capacidad para pagar los precios más caros de todo el continente es fundamental (para este partido el público devoró en 20 horas 35 mil de las 47 mil entradas dispuestas como aforo total), pero añade otro detalle: que es fácil, puede hacerlo a través de internet y con tarjeta bancaria. Ya no tiene que hacer una fila de cinco horas que pone a prueba la paciencia. Y en vez de la clásica entrada de cartón, la mayoría lleva una hoja impresa en su casa.

“El modelo ha determinado que la selección se convierta en un producto cada vez más separado de la actividad cotidiana de un fanático. La desarticulación de las barras ha hecho que la masa pierda identidad y hoy los mismos jugadores reconocen que el ambiente de local es más frío. He visto gente preguntar cuánto falta no por la inminente victoria, sino porque quieren ir al baño o comprar un snack. Total, ya subieron la foto a Facebook”.

No hay resquemor en el tono de Olea. Sólo la fría descripción de una postal de estadio al término de las eliminatorias, un momento que siempre será positivo, sobre todo si por ir a Brasil 2014, la ANFP recibirá ocho millones de dólares (para Sudáfrica fueron cinco y medio), sin contar la enorme cantidad de nuevos contratos que podrán firmar hasta que termine su participación en el Mundial.

Mientras tanto, la señora de mi asiento lleva al menos diez minutos jugando con su tablet. Entonces busco con la mirada el lugar donde suele sentarse el escritor Jaime Collyer y su hijo, una fila más abajo que la mía y más hacia la izquierda. Pero en vez de ellos hay una pareja que pololea como si estuviera en un parque.  En la cancha, el Huaso Peregrino hace su show incentivando a la concurrencia a un ceacheí.

Me dan ganas de llamar a Collyer y contarle todo esto, pero sería someterlo a un tormento gratuito. Aunque de todos modos me interesa lo que piensa. Jaime es sicólogo y tiene un máster en Sociología, pero más importante que eso es que va al estadio domingo a domingo. “El amor al club no se disuelve con nada; el otro es pasajero y variable, es un amor genérico y un poco abstracto; una pasión un poco histérica”, reflexiona cuando le pregunto. “Si mi club está en baja, me pongo triste; si la que tropieza es la Roja, pienso que ya va a venir otro Mundial”.


NO ES SU FIESTA

Imagino lo determinante que puede ser para un niño estar hoy, a esta hora, en un estadio rojo, con Chile ganando 2-0 y a 45 minutos de clasificar para Brasil 2014. Será el nacimiento de un recuerdo imborrable, de ésos que uno atesora toda la vida. Porque justamente al ser un espectáculo familiar, lo que más hay son papás que han debido traer un saco de plata para comprarle al crío todos sus antojos con tal de que los dejen ver el partido en paz. Pero a fin de cuentas esos niños llegarán a sus casas con la sensación de haber presenciado algo importante. Ojalá que haber vivido esta fiesta multitudinaria los haga más hinchas de sus clubes, que les pidan a sus papás ir al estadio siempre, en las buenas y en las malas.

El ánimo del público levanta y decae constantemente durante el partido. Incluso muchas veces los asistentes se limitan a aplaudir alguna jugada vistosa, como si estuvieran en la ópera. Es tanto, que en un momento Arturo Vidal y Gary Medel, como ha ocurrido en otros partidos, levantan sus brazos para arengar a la multitud.

“Ojalá que nos sigan apoyando, pero que griten un poco más, eso sí”, dirá Alexis Sánchez al final del partido.

No extraña. Así como hay gente que llegó a la media hora de iniciado el partido, creyendo ilusamente que podrían encontrar su asiento desocupado, otros regresan a los diez de iniciado el complemento. En ambos casos son los primeros en corear un tímido “otro gol, otro gol, Chile, otro gol” cuando el juego se hace trabado. Pero no habrá un tercero. Sí un descuento de Ecuador y por un instante regresará la ansiedad de los primeros minutos.

“Van muchas familias enteras a dar el apoyo. No saben mucho de fútbol, pero sí tienen claro que la Roja debe ganar”, acota Juan Pablo Meneses, quien acaba de publicar Niños futbolistas, una contundente investigación sobre el mercado internacional de jugadores. “La otra razón, más geográfica, es que vienen muchos futboleros de regiones. Buses llenos de hinchas de Concepción, de La Serena, de Chillán, de Temuco. Viajan la noche entera. Y entre esa marea de mujeres y niños desfutbolizados, y futboleros de regiones, el hincha dominical queda totalmente out. No es su fiesta”.

No, no es mi fiesta. Estoy feliz de que Chile vaya al Mundial; y ojalá pase una ronda más que las veces anteriores. Pero a esta hora, ya pienso en el rival de mi equipo para este domingo y en que estamos un poco abajo en la tabla.

Por los parlantes se anuncian tres minutos de tiempo agregado. La multitud despierta y celebra el pitazo del árbitro. En la tribuna, el triunfante presidente de la ANFP Sergio Jadue disfruta de su momento de gloria -y de revancha, probablemente- entre abrazos. Luego, los festejos, la parafernalia sobre el escenario instalado en la cancha, el justo y merecido homenaje y los fuegos artificiales sobre el cielo de Santiago.

 
 
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