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jueves 10 de mayo de 2012

El reforestador

La campaña partió la semana pasada. La meta: conseguir que individuos y empresas financien la plantación de un millón de árboles nativos en la Patagonia. Como una Teletón, pero verde. Matías Rivera, cerebro de Reforestemos Patagonia, tuvo que enfrentar la burocracia para sacar adelante el proyecto. Hoy, Conaf lo considera el futuro de la reforestación en el país.
© José Miguel Méndez

La escena ocurre en el aeropuerto de Santiago, el 15 de febrero. El subsecretario y ministro subrogante de Agricultura, Álvaro Cruzat, y el director nacional de Conaf, Eduardo Vial, esperan, al borde de la cinta, sus maletas.

De pronto, un joven se les abalanza y se presenta como “el tipo que quiere plantar árboles en la Patagonia”. Con asombro, lo escuchan hablar sobre la urgencia de hacer algo grande, que movilice al país, para reforestar las 1.700 hectáreas quemadas en Torres del Paine. Les dice que tiene un millón de árboles listos para ser plantados. Que sólo necesita el permiso, y que tiene que ser ahora. El joven es Matías Rivera (26), ingeniero civil industrial y gerente general de Patagonia Sur, una empresa ecologista con fines de lucro, propiedad del norteamericano Warren Adams, dedicada a la venta de bonos de carbono.

-Ustedes tienen tierra quemada. Nosotros tenemos árboles y mucha gente que lo único que quiere es plantarlos. ¿Dónde está el problema?

El problema, hasta ese momento, era que nadie tomaba la decisión. “La idea es muy potente”, dice Matías Rivera. “Pero estaba la barrera de la burocracia y el Estado no está estructurado para tomar una decisión como ésta. Nadie sabía quién tenía que dar la autorización”. Desde el 30 de diciembre, tres días después de que comenzara el incendio, había mandado centenares de mails y se había reunido con varias autoridades de gobierno sin recibir una respuesta. Pero los árboles no podían esperar: debían ser plantados en el periodo de abril-mayo, o iban a tener que darles otro destino. 

Por eso, después de muchos intentos para conseguir una reunión con el subsecretario, Rivera supo, al topárselo por casualidad, que era el momento. En 5 minutos logró convencerlo de que comprometiera su apoyo al proyecto. 

En el taxi del aeropuerto a su casa recibió un mail en su iPhone. Era del jefe de gabinete del Ministerio de Agricultura, comunicándole que lamentablemente el subsecretario no lo iba a poder recibir. Él contestó, divertido, que la reunión acababa de suceder. 

La reforestación ya estaba en marcha.

La lucha de los árboles

El negocio de Patagonia Sur tiene tres ramas: generar proyectos inmobiliarios de pocas casas, dejando grandes extensiones de tierra para conservación; realizar ecoturismo; y plantar árboles nativos para vender bonos de carbono. Matías Rivera es el gerente general de la empresa, y mientras el fuego comenzaba a arrasar Torres del Paine, él estaba en Coyhaique planificando la plantación del millón de árboles en los campos de Patagonia Sur en la zona. La conexión fue evidente: el gobierno no iba a poder reforestar la zona, porque tenían un stock de apenas 20 mil árboles en un vivero de Puerto Natales. Ellos, en cambio, tenían un millón de ejemplares nativos disponibles. Tenían que actuar. La idea surgió de inmediato: una campaña nacional sin fines de lucro con el nombre “Reforestemos Patagonia”, financiada por la gente a través de internet.

“Para que funcionara tenía que ser ahora. Yo decía: tenemos los árboles y estamos seguros de que hay gente dispuesta a financiarlos. Hagámoslo”, recuerda Rivera. “Pero no iba a ser tan sencillo”.

Bastaron algunas reuniones con Conaf y autoridades de La Moneda para que el proyecto comenzara a entramparse. Los problemas eran dos. El primero, técnico: el millón de árboles, pese a ser especies nativas, estaban en Coyhaique, y había dudas sobre cómo afectaría la variación genética al parque. El segundo, administrativo: los parques nacionales están por ley a cargo del Servicio Nacional de Biodiversidad, una institución que todavía no existe. Fueron cerca de 300 correos los que mandó tratando de encontrar una salida. Un último mail desesperado, enviado el viernes 10 de febrero a la medianoche, fue el que torció el destino de la iniciativa.

La destinataria era la hija del presidente, Magdalena Piñera, con copia a todo el segundo piso, y lo que pedía Rivera era una audiencia con el mismo presidente. El mes de abril estaba cerca, y si no le respondían positivamente, iba a tener que colocar los árboles en los campos de Patagonia Sur. “En el fondo decía: están haciendo el loco. Se están perdiendo una oportunidad de hacer un bien a todo el país”, dice Rivera. 

Diez días después, el ministro Pablo Longueira lo recibió para darle el visto bueno al proyecto. Era el inicio oficial de Reforestemos Patagonia. “Van a realizar una labor que debería hacer el Estado, pero no puede por su lentitud”, dice la subsecretaria de Turismo, Jacqueline Plass. “Es una iniciativa privada muy positiva, que se hace cargo de una política pública que no se habría realizado”.

El otro problema, el genético, se solucionó ampliando el proyecto: los 20 mil árboles del gobierno serán los que plantarán en Torres del Paine, y el millón que aporta Patagonia Sur se ubicará en otros cuatro parques nacionales de la Patagonia. “Si funciona, la idea es crear una fundación y reforestar la Patagonia completa”, asegura Rivera.

Pero quedaba todavía lo más difícil. Había que organizar una campaña que permitiera recolectar US$ 4 millones para financiar los árboles y su implementación. Y para lograrlo necesitaban grandes empresas.   

Una teletón verde

Matías Rivera vive, literalmente, en un bosque. Su casa en el cerro Manquehue, rodeada de una frondosa vegetación, transporta inmediatamente al Sur. Su pieza, en cambio, parece una tienda de Apple. En las paredes hay imágenes de Picasso, Lennon y Chaplin con el logo de la manzana y la frase “Think different”. Detrás de la puerta, otro cuadro idéntico muestra una foto suya. “Yo no soy un ecologista, ni tengo una especial fascinación por lo verde”, dice. “Lo que me apasiona es el emprendimiento”.

Tiene credenciales para afirmarlo. En 2008, luego de volver de un intercambio en Harvard, creó JumpUC, un concurso anual de emprendedores en la Universidad Católica en el que han participado 2 mil alumnos; ayudó a formar el primer curso de emprendimiento en Chile; y trabajó como asesor de innovación del ex ministro de Economía Juan Andrés Fontaine, en donde ayudó a crear el programa Start-Up Chile y organizó pasantías a Silicon Valley.  Aunque dice detestar a los “hijos de”, reconoce la influencia de su padre, Raúl Rivera, fundador de ForoInnovación, en su camino. Los primeros años de su vida los vivió en Silicon Valley.

Pero en el caso de Reforestemos Patagonia el desafío superaba cualquier experiencia previa. Por eso formó un equipo joven de diseñadores, informáticos y periodistas que lo ayudaron a levantar la campaña. Él se encargó de convencer a privados, que no tuvieran antecedentes medioambientales, de aportar financiamiento. Negoció con 50 grandes empresas, de las cuales Falabella, Lan, Coca Cola, Cuprum y Rockford pusieron 10 mil árboles cada una. El resto lo tiene que poner la gente desde sus casas.

Para esto lanzaron el portal ReforestemosPatagonia.cl, el cual muestra una multitud de pequeños árboles quemados, que el usuario puede comprar haciéndoles click. Cada comprador recibe un certificado con las coordenadas de dónde estará su árbol, y puede revisarlo en Google Maps. En paralelo, el equipo lanzó una fuerte campaña mediática, inspirada en la Teletón.

En una semana la iniciativa ha vendido 5 mil árboles. En Conaf son optimistas, y consideran el modelo de Rivera como el futuro de la reforestación. “Esto puede servir para reforestar la Patagonia y otras partes de Chile, como Isla de Pascua. Por eso suscribimos un convenio a largo plazo”, dice Eduardo Katz, gerente de áreas silvestres. 

Ahora, Rivera pretende potenciar la campaña en EE.UU., a donde se mudará el próximo mes para estudiar en la Singularity University, la casa de estudios de Google y la NASA. Allí quiere aprender más sobre emprendimiento social, una veta empresarial que recién está naciendo en Chile -con Patagonia Sur como uno de sus primeros exponentes-, y que consiste en diseñar proyectos que generen dinero, pero cuyo fin último no sea el lucro, sino hacer un bien a la sociedad.  Él está convencido de que Chile tiene espíritu solidario y suficientes áreas que intervenir. Sólo faltan los emprendedores. 

“Acá no se trata de si hay lucro o no. Se puede ganar dinero haciendo un bien, como plantar árboles. Qué mejor que eso”, dice Rivera. “Es mejor que vender pasta de dientes”.

 

 
 
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