El espectáculo que recién comienza para los estadounidenses es tan clásico e inevitables como las soap operas de la tarde. Para el desenlace del capítulo final -a emitirse en noviembre de 2012- aún hay espacio para el misterio, eso sí. Ésta es la lucha del protagonista, Barack Obama, por renovar su papel para la próxima temporada.
Por José Manuel Simián, desde Nueva York 25/08/2011
Las elecciones presidenciales son la gran telenovela estadounidense, el gran espectáculo que estamos obligados a mirar cada cuatro años aunque no queramos. La última edición, Barack Obama: Esperanza y cambio, se produjo a un costo récord de 1.681 millones de dólares, y todo parece indicar que la versión 2011-2012 (tentativamente titulada Obama: Desesperanza y desilusión) intentará superarla en todo sentido -más drama, más dinero, más giros inesperados y golpes bajos-, aunque todavía no esté muy claro cómo.
Lo que sí sabemos quienes la hemos vivido varias veces -porque los electores somos, a la vez, telespectadores y guionistas- es que, como en cualquier teleserie, aunque cambien los rostros, la forma de presentar y resolver los conflictos suele ser sospechosamente parecida de una versión a la siguiente. Por eso, cuando vemos los destellos del primer capítulo asomándose en el horizonte, cuando sabemos que tomará nuestras vidas por asalto y nos convertirá en seres obsesionados con ridículos detalles y giros de la trama, comenzamos a pedir secretamente que, por favor, la nueva versión nos entretenga.
De Desesperanza y desilusión ya sabemos algunas cosas. Que su título tentativo viene, por supuesto, de la baja de popularidad de Obama (una reciente encuesta Gallup puso su nivel de aprobación en 40%, bastante por debajo del 54% promedio que sus pares tenían a estas alturas de sus mandatos y del 50% que alcanzó varias veces este año), y de la incapacidad de cumplir las altísimas expectativas generadas durante Esperanza y cambio.
La opacidad del título se debe, también y como repiten incesantemente por estos días periodistas y comentaristas políticos -guionistas poderosos-, a la altísima tasa de desempleo de 9,1%. Su cantinela es que en ninguna de las versiones más o menos recientes de estas telenovelas el protagonista ha conseguido la reelección con una tasa de desempleo que supere el 7,2% (ver Reagan: Balas y gomina, 1984).
Pero el gris panorama laboral, más la incapacidad de Obama de imponerse sobre un Congreso secuestrado por el Tea Party (cuyos integrantes en esta teleserie vendrían a representar algo así como las inexplicables y reiteradas adversidades con que suele tener que lidiar el protagonista para alcanzar la felicidad), especialmente en la precuela sobre el aumento de la deuda federal, han hecho que los guionistas se miren confundidos, preguntándose qué le pasa al héroe. ¿Por qué perdió su magia? ¿Qué le pasa a su sonrisa, que ya no encanta como antes? ¿Por qué no se pone los pantalones y toma el control de la situación? Y por ahí se cuelan, también, unos tintes shakesperianos (no todos los guionistas son brutos): ¿Se ha vuelto loco el rey, que no ve lo que ha hecho? ¿Este príncipe es o se hace?
Al frente, en su misión por conquistar la presidencia por segunda vez y salvar el país de una crisis demasiado anunciada, el (ya no tan) jovencito Obama tendrá a una caterva de "malos" (término que usamos -claro está- en un sentido puramente dramático): varios candidatos republicanos que intentarán causar la vergonzosa tragedia de perder la reelección. A medida que se sucedan los episodios, estos malos se desangrarán por ser el más malo de todos, el que enfrente a Obama en la batalla final, propinándose sangrientas acusaciones que después intentarán que olvidemos, a medida que se acerque el capítulo final, a emitirse el 6 de noviembre de 2012.
Es esperable que en torno a ellos y a Obama se roten una infinidad de personajes secundarios que se turnarán para ser gravitantes por uno o dos capítulos: algún predicador de Florida (escenario clave de la producción) que dirá alguna barbaridad contra Obama, generando una reacción igualmente explosiva; un niño de Milwaukee que habrá enviado vía YouTube una pregunta de debate que deje en ridículo al candidato presidencial, y que por las dos semanas siguientes se convertirá en sensación nacional; el periodista televisivo al que todos han tenido por tonto durante el año que, en un momento de lucidez, formulará una pregunta que por 48 horas parecerá definir el rumbo del país, del mundo, del universo.
Así parece que será el primer capítulo, a emitirse la próxima semana: el presidente Obama, envalentonado porque los últimos sucesos en Libia le dieron la razón a su cuestionada decisión de no enviar tropas para derrocar a Gaddafi, se pone derechamente en campaña.
Pero a medida que pasen los días, la gran telenovela, los miles de millones de dólares, los años de discursos y fantasías, comenzará a cerrarse sobre los únicos espectadores-guionistas que importan: los votantes indecisos de estados indecisos. Los que pueden o no ir a determinar el final de la historia si se animan a ir a votar en el frío de noviembre; gente que puede que no lea el diario ni libros ni escuche a ninguno de los comentaristas televisivos que coparán la televisión por cable durante las más de 400 noches que quedan para la elección. Esa gente que -como demostró una célebre encuesta en 2004- vota simplemente por el candidato con el que más le gustaría tomarse una cerveza. (En Bush: Armado y peligroso, 2004, los indecisos se inclinaban por 57% a tomarse una cerveza con Bush en vez de Kerry, y así fue como se escribió el final).
Ellos son, los indecisos y no Obama ni sus loables rivales, la verdadera razón de ser del gran espectáculo. El resto -gente como yo, que ya sabemos por quién votaremos en un estado que de seguro irá para Obama- somos humo argumental. Ésa es parte de la ironía y la belleza de esta telenovela.
Así parece que será el primer capítulo, a emitirse la próxima semana: el presidente Obama, descansado gracias a sus vacaciones en la lujosa isla Martha's Vineyard y envalentonado porque los últimos sucesos en Libia le dieron la razón a su cuestionada decisión de no enviar tropas para derrocar a Gaddafi, se pone derechamente en campaña. Aprovechando que el primer lunes de septiembre es en Estados Unidos el Día del Trabajo y comienzo del año académico y laboral, lanza un ambicioso programa para combatir el desempleo, pretendiendo poner a los republicanos a la defensiva y acallar de una vez por todas a quienes dicen que no ha hecho nada al respecto. Pero en vez de apoyar la propuesta o proponer una mejor, los republicanos la calificarán de insuficiente e inútil.
Y entonces, durante semanas, el debate nacional se centrará única y exclusivamente en el desempleo, porque ésa es una de las reglas principales de esta telenovela: aunque los personajes y los escenarios sean prácticamente infinitos, sólo puede centrarse en un tema a la vez: ahora el desempleo y luego los avances en Afganistán; algún episodio vergonzoso de un candidato a los 18 años, seguido de la denuncia de que uno de los principales donantes de Obama nació, por ejemplo, en Rusia; y luego, como pasó en 2008, nos concentraremos exclusivamente en si éste o aquel no es verdaderamente estadounidense porque se le ocurre pedir una hamburguesa con mostaza en vez de ketchup.
Así seguiremos, navegando aturdidos entre las luces y giros dramáticos, hasta esa noche de noviembre, donde no habrá un matrimonio al final de la telenovela sino globos y confeti rojo, azul y blanco, cayendo mientras ruedan los créditos de más de cien millones de personas.
Epílogo: Las telenovelas estadounidenses, las soap operas que las grandes redes de televisión prolongaron durante décadas, viven sus últimos días. El formato ya no funciona en términos económicos, pero su sombra permanece, particularmente en una idea basura de lo dramático en Estados Unidos. En ellas, todas las escenas relevantes terminaban de la misma forma: el protagonista se daba cuenta de que alguien lo traicionaba, giraba la cabeza sobre su hombro y miraba a la cámara, que comenzaba a centrarse sobre su rostro serio y desencajado.
Es una expresión que combina sorpresa, asco y drama. Al hacerla, al exponer su dilema interno, el protagonista se ve como un idiota, pero al mismo tiempo se ve también como alguien que puede cambiar su destino. Para Obama, ese momento es ahora: el descubrimiento, la reacción, mirar a la cámara sobre el hombro mientras suena una acorde menor. Y entonces, si los guionistas se lo permiten, enfilar hacia una redención que nos parecerá cada vez más orquestada.