Por Alberto Fuguet* Octubre 17, 2009

En un mundo de data digital, los números hablan. La generación banda ancha criada bajo la Concertación cree y se maneja en las cifras y hasta confunden su propia memoria con sus pendrives y discos duros externos. Pero algo no calza y no todo es como uno creía. Estos jóvenes que creen que los 80 es mala música, una serie de tv, ropa tonta y Michael Jackson, están escindidos y, a pesar de que se criaron en democracia y bajo la Concertación, da la impresión que vivieron bajo un régimen autoritario y en crisis permanente. Liberales a ultranza en aquello que es políticamente correcto, son mucho más conservadores y tradicionales que lo que los medios de comunicación nos quieren hacer creer.

Si las cifras no mienten, si una encuesta como ésta dice algo o mucho acerca de un inmenso grupo extremadamente heterogéneo pero con muchísimas cosas en común (una generación es al final una generación), entonces algo fascinante está sucediendo. Una encuesta como ésta, con esta data, tiene algo de ciencia-ficción: esta gente joven, siempre con audífonos en las orejas, esy no es como creíamos.

Un gobierno, un país, una patria (una patria bicentenaria) no sólo construye puentes, museos, financia filmes políticos y malos programas de televisión con el sello Bicentenario. Forma gente, crea un sentido de Nación, una forma de ser. Claramente la Concertación no lo ha logrado. Pinochet lo dijo claro y seco: la política es mala, los señores políticos son lo peor que botó la ola. Los chicos están de acuerdo. Lo curioso es que Pinochet nunca se lo dijo. ¿Quién entonces? ¿De dónde sacaron este verdadero dogma? Los números son de esos que ni Goebbels hubiera podido soñar: 78% no inscritos, sólo 11% cree que sus acciones inciden en las decisiones que toman las autoridades y sólo el 6% les tiene confianza a los partidos políticos. Si los carabineros regresaran al poder, mal no les iría: a pesar de todo, los quieren. El 57% les tiene confianza y las FF.AA. que tanto han reclamado por sentirse desplazadas deberían analizar mejor las cifras: los nietos de los dirigentes de la Unidad Popular vieron Top Gun en la tele y G.I. Joe en el cine: el 44% los apoya. Claramente no estamos en 1984.

Internet es su país pero a pesar de eso, algo les mueve la bandera. Para ser un grupo que se crió sin fronteras, al parecer aún existen "no-lugares" geográficos. El 70% de los hombres estaría dispuesto a ir a la guerra a defender la patria (¿o habrán entendido ir al estadio a apoyar a la selección?), el 82% se niega a entregarle mar o territorio a Bolivia (algo aprendieron en clases) y, por mucho que Obama sea cool, y Benetton una tienda con afiches lindos, el 62% no está de acuerdo con que se entreguen más facilidades a los extranjeros.

Más de la mitad no tiene problemas con el matrimonio gay (Secreto en la montaña fue, al final, una cinta para toda la familia), aunque no les parece tan bien que tengan hijos; el aborto -sorprendentemente- sigue siendo tabú y algo que sólo se justifica en casos extremos. La marihuana no es una obsesión, como para Arrate, quizás porque sus drogas son otras.  Tanta violencia y Tarantino y Carlos Pinto lograron su fruto: mátenlos. Un 56% está a favor de la pena de muerte. En términos norteamericanos, estos chicos son azules por fuera, rojos por dentro.

Un gobierno, un país, una patria no sólo construye puentes, financia filmes políticos y malos programas de TV con sello Bicentenario. Forma gente. Es claro que la Concertación no lo ha logrado. Pinochet lo dijo: la política es mala, los señores políticos son lo que botó la ola. Los chicos están de acuerdo.

Los chicos quieren un Estado grande pero no quieren al Estado. Raro. Desean que el Estado siga siendo dueño de Codelco y se haga cargo de la salud y el transporte. Curioso pedirle tanto al mismo gobierno del cual desconfían como si fueran zombis: el 73% desconfía de él.

Que esta generación tenga a internet como su cable a tierra y al mundo no sorprende. Sí sorprende que, quebrando casi décadas y décadas de canciones, películas, libros y sesiones de terapia, no consideran que sus padres sean el enemigo o tipos cuadrados o nerds. Los hippies entregaron su vida en vano. Kerouac no debió salir a andar por el camino. El 94% confía en sus padres y, tal como ellos, sigue viendo TV abierta.

Twitter es una moda-obsesión, pero de la elite y de los mayores. Quizás por tanta interactividad, o porque cada uno tiene su blog o MySpace, o quizás tanto cuerpo semidesnudo (en rigor, desnudo a secas) en la tele ha logrado algo no menor: el 60% de la generación pendrive les tiene confianza a los medios de comunicación (¿saben quiénes son los dueños?).

Para ser una generación obsesionada con la amistad (el promedio de amigos en Facebook es 182, aunque los ricos, se sabe, son más sociables: 226), este lazo es, al parecer, complejo por decir lo menos. Toda la tecnología gira en torno a contactarse con ellos, potenciar el lazo, conocer nuevos amigos. Las tribus urbanas (no sabía que había tantas y que tantas son tan despreciadas) son al final una suma de amigos que no son tan amigos. El 30% desconfía de ellos y el 76% de sus vecinos. Vecinos y amigos ya no es una frase que funciona. Y entre estar con amigos o con la pareja, ir al mall claramente llena más.

Dan ganas de tildarlos de alienados, pero al parecer sólo desean conectar con otros y obtener ese reconocimiento tan antiguo que se llama pertenecer. A pesar de tanto celular y Messenger, leer sigue siendo una actividad espontánea, mientras que ir al cine es, al parecer, algo que se hace en grupo una vez al año (otra cosa es ver películas: lo que pasa es que no van al cine a verlas).

Muchas cosas cambian y otras siguen iguales. La Iglesia ha caído pero no ha desaparecido y, tal como sus abuelos, padres y hermanos, el país sigue estando dividido en tres tercios. O quizás en cuatro cuartos: la segunda ideología del país es la de aquellos que no tienen: el 29% no sabe o no quiere o simplemente no puede responder.

* Periodista, escritor y cineasta.

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