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¿De qué meritocracia me hablan? (tres meses después)

En diciembre Qué Pasa siguió a 40 de los mejores alumnos de liceos municipalizados de comunas populares en Santiago: estudiantes con promedios sobresalientes que pretendían ser los primeros de su familia en ir a la universidad. Pero sus resultados en la PSU cambiaron los planes. Muy pocos entraron a lo que querían y el grueso optó por institutos profesionales y centros técnicos. Algunos, incluso, desistieron de estudiar. Tres meses después, retomamos esas historias. Una buena parte, trabajó todo el verano. Ya no miran puntajes, sino que pelean becas y créditos para pagar una educación que no era exactamente la que soñaron. Pero que aun así, podría sacarlos de las poblaciones donde superaron la adversidad y donde se convirtieron en el rostro de cuánto pesa la meritocracia en Chile.

  • Fecha: 27 02 2010
  • Sección: Educación
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Paolo Ríos

Paolo Ríos

Paolo Ríos lo intuía: Su puntaje no sería suficiente. Por eso, nunca tuvo la ilusión de entrar a la universidad, Pese a que era un alumno que había egresado con un 6,7 del Centro Educacional Mariano Latorre, en La Pintana. Dice que tenía poco tiempo. Que, por eso, nunca estudió más de lo que le pasaban en clases. cuando supo que había ponderado 512 en la PSU, no se sorprendió ni se deprimió. Él había dado la prueba sólo por los beneficios que podría traerle. "En algunos trabajos e institutos piden tener la PSU rendida", dice.

Para Paolo no se trataba de ser pesimista. Su actitud, explica, tiene que ver con un asunto de realidad. Porque en su colegio la PSU no era lo más importante. Es un establecimiento técnico y eso significa que se enfatizan otras cosas. Por eso él estaba seguro de que su puntaje no alcanzaría. El tiempo sólo le dio la razón: al dar la prueba, se topó con cosas que jamás había visto. O al menos, no con la profundidad necesaria.

Paolo Ríos

A pesar de eso, su teléfono sonó igual. Lo llamaron de las universidades donde él hubiese querido entrar, como la Chile, pero no le interesó. Ahí le ofrecían matricularse en otras carreras, donde sus 512 puntos sí daban. El problema es que esas carreras no eran Ingeniería en Informática. Porque eso, que era tan distinto a la mención técnica en alimentos que había obtenido en La Pintana, era lo que Paolo quería estudiar. Uno de los llamados fue del AIEP: sólo por tener la PSU rendida, le ofrecían estudiar Ingeniería en Ejecución e Informática en horario vespertino. Paolo además tenía la Beca de Excelencia Académica que cubría $500 mil anuales. La posibilidad de estudiar de noche lo sedujo. De partida, porque no tendría que dejar su trabajo preparando completos en un Doggis. Con eso, le alcanzaba para pagar las cuotas de $72 mil de su carrera. Eso claro, sin contar que la Beca de Alimentación de la Junaeb y la de Mantención, que entregan $15 mil mensuales, también lo ayudarían a cubrir los gastos asociados a sus estudios.

Mientras las clases parten, Paolo sólo piensa en adaptarse al ritmo del instituto. Porque quiere titularse y porque después pretende enfrentarse de nuevo a la PSU. Sólo que esta vez planea que sea distinto. Paolo, frente a la PSU, no quiere sentirse como un tipo que nunca tuvo una oportunidad.

Daniela González

Daniela González

Sentada frente a la pantalla del computador, Daniela González sintió alivio. Desde que conoció sus puntajes en la PSU, entendió que parte de su sueño se había cumplido: toda la enseñanza media se enfocó en estudiar extra para rendir un buen examen. Lo logró.

Ponderó 710 puntos en Lenguaje y Comunicación y 627 en Matemática, cifras que sumadas a su 6,7 de promedio en NEM la convirtieron en uno de los mejores puntajes del Liceo Benjamín Vicuña Mackenna de La Florida.

Pero sus ganas iban más allá. Porque para entrar a la universidad, Daniela iba a necesitar plata. y eso era algo que siempre había escaseado en su casa. De niña, daniela vio a sus padres trabajar duro para que a ella y a sus hermanos no les faltara nada. Incluso si eso implicaba que su mamá limpiara casas ajenas y su papá manejara un radiotaxi todo el día.

Por eso, postuló a la beca estatal Bicentenario. Si se la daban, serviría para pagar la segunda parte de su sueño: estudiar Nutrición y Dietética en la Universidad de Chile.

Daniela González

Daniela dice que pasó el verano inquieta. Esperando. Incluso intentó convencer a su padre para que, si no conseguía la beca, la dejara trabajar. "Ellos estaban planeando trabajar extra para pagarme la carrera en caso de no ser becada. Y yo les dije que no. Éste es mi sueño. No podía dejar que ellos se desgastaran por mí", cuenta. A escondidas, comenzó a vender ropa en la feria y a buscar algo más estable Que le dejara más dinero.

Hasta que, la noche del 28 de enero, se relajó. El sitio web del gobierno le decía que la beca era suya. "mi mamá gritaba y lloraba de emoción. y yo por fin pude empezar a disfrutar mi verano", cuenta. Desde marzo, daniela recibirá $2 millones anuales. Como la carrera bordea los $2 millones y medio, el resto lo pondrán sus padres. "no me gusta mucho la idea -dice ella-, pero puedo aceptarla por el momento".

Ya tomó ramos, sacó pase escolar y ha recorrido varias veces el Campus Norte de medicina de la Universidad de Chile. Dice que está ansiosa por empezar sus clases. Y aunque la plata ya no urge como antes, no va a dejar de vender ropa o buscar trabajos esporádicos para costearse sus gastos. Daniela dice que Es "por si acaso".

Diana Ortiz

Diana Ortiz

Diana Ortiz entró a Kinesiología en la Universidad Católica Raúl Silva Henríquez. pero eso no la emociona. "Para mí haber entrado a la universidad es algo normal, porque creo que todos tienen el mismo propósito", asegura. Pero sabe que tuvo suerte. porque sin becas no hubiese podido pagarla. la carrera es demasiado costosa; y Martín, su hijo de un año, era su primera prioridad.

En diciembre, Diana se fue a trabajar a la "La Ponderosa",  una residencial que tiene su familia en Cartagena. antes de dar la PSU, estaba segura que tenía dos becas para financiar los $2.045.200 anuales que cuestan sus estudios. Con el 5,9 con que egresó del liceo Municipal Alcalde Jorge Indo, en Quilicura, se ganó la Beca de Excelencia Académica que le da $1 millón 500 mil por cada año de estudio. La diferencia que la beca no cubre, la pondrá la misma universidad. Diana aseguró su cupo ahí tras aprobar el propedéutico, un curso especial que ofrece esa institución a los alumnos de mejor rendimiento para cursar cualquier carrera, si es que lo aprueban. si no fuera por ese cupo asegurado de antemano, no lo habría logrado: en la PSU promedió 386 puntos.

Diana Ortiz

"Si no hubiese tenido la beca, no sé qué hubiera hecho", explica. Ahora, lo único que la preocupa es adquirir hábitos de estudio. Sabe que si reprueba algún ramo u obtiene un promedio menor a 5, pierde las becas. Por eso, Diana tomará apuntes en clases, mientras deja a su hijo en una sala cuna durante el día. Ella comprende que no tendrá tiempo y que lidiará con muchas cosas de una vez. Pero sabe que, esta vez, tiene que probar si se la puede.

 

 

Iván Vargas

Iván Vargas

Iván Vargas podría decir que en su vida ha tenido que esperar mucho. Como cuando faltaba comida en su casa y tenía que aguantar y saber que pronto habría algo que comer. O como le ocurrió el año pasado, cuando estudiaba en el Liceo Alberto Galleguillos de Pudahuel y el profesor de lenguaje se enfermó: el joven se cansó de esperar al reemplazante que nunca llegó. A pesar de que él siempre lo pedía.

Cuando supo su puntaje en la PSU, Iván también intuyó que las cosas no se resolverían pronto. Que tendría que seguir esperando. Porque a pesar de que egresó con un 6,2 de enseñanza media, sólo promedió 376,5 en la prueba. Y eso no le bastaba para estudiar Ingeniería Informática. Iván, una vez más, tendría que poner todo en pausa. Ver si tenía suerte y podía conseguir las becas y créditos que necesitaba para lograr el escenario que parecía el mejor posible: entrar a Informática Biomédica en el Duoc. Su destino se fue definiendo de a poco. a goteras. Primero supo que contaba con el Crédito con Aval del Estado.

Iván Vargas
Y eso significaba que tendría que seguir esperando para saber si conseguía la Beca Nuevo Milenio, que recién se definiría el 15 de marzo. Mientras tanto, pasaba los días trabajando en la misma carnicería donde trabaja su padre y, además, haciendo panfletos para discotecas. Fue una tarde después del trabajo, cuando Iván supo del último sacrificio que haría su madre por él: no importaba cómo, ella ahorraría de su sueldo de secretaria para pagarle lo que le faltara. Y ahí, cuando su madre se lo dijo, Iván lo entendió todo: que sus días de espera terminen, ahora sólo depende de él.

 

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