El interés de Krugman por combatir la idea de que los mercados sean eficientes radica en que la clave para que las políticas fiscales tengan el efecto deseado es que no sean completamente anticipadas por los actores económicos, anulando su efecto. Así, por ejemplo, si más gasto público es interpretado como conducente a que los impuestos subirán en el futuro, los privados podrían querer ahorrar más ahora, para así tener un excedente con el que enfrentar los mayores tributos que estén por venir, anulando el efecto reactivador del mayor gasto fiscal. Como Krugman es un fuerte proponente del estímulo fiscal, la defensa de la existencia de expectativas racionales no le conviene a sus postulados.
La evidencia empírica es mixta, pero parece ser concordante con un menor efecto que el deseado por los proponentes de las políticas keynesianas, dentro de los que se encuentra el propio Krugman. A pesar de su visión crítica del modelo neoclásico, este último reconoce que hoy es difícil generar gasto público contracíclico de magnitud suficiente para ser relevante. Esto es debido a que las crisis no sólo toman por sorpresa al sector privado, sino que también a los gobiernos. De ahí que emprender suficiente gasto público efectivo y eficiente en breve plazo no sea materialmente posible. Cualquier obra de envergadura, como una carretera, un túnel o aeropuerto requiere de tiempo para los estudios de ingeniería, de impacto ambiental, etc. Para cuando se está listo para empezar con la obra, es posible que la necesidad de gasto reactivador haya pasado. Ello, por ejemplo ha ocurrido actualmente con el programa de estímulo del presidente Obama, de US$ 800 billones, que aún no se gasta en un porcentaje relevante, a pesar de que los primeros signos de la reactivación ya llegaron.
Reforzando la idea anterior, para otro Premio Nobel de Economía, Gary Becker, el multiplicador del gasto público es bajo y probablemente bastante menor a uno. Ello porque los programas creados para la recesión -que se suponen temporales- normalmente comienzan tarde y una vez iniciados tienden a perpetuarse debido a la presión de grupos de interés, continuando después del retorno al pleno empleo. Además, porque grandes sumas de dinero asignadas a la rápida no serán destinadas a actividades de gran valor social y finalmente porque el mayor gasto debe financiarse.
Desde otro ángulo surge ahora con cierta fuerza una nueva pregunta postulada, entre otros, por uno de los pocos agoreros de esta crisis, Nouriel Roubini -de la Universidad de Nueva York-, según la cual faltaría una clara "estrategia de salida" para las políticas de estímulo. Si ya se ha compensado globalmente la caída de la actividad con programas fiscales y monetarios expansivos por parte de muchas de las economías del mundo, ¿cómo se desconecta al enfermo de las vías de transfusión que lo estabilizan, sin que éste tenga una recaída? ¿O es que hay que dejar al paciente con "más Estado" para el largo plazo?
En qué terminará este debate no es nimio. Tendrá efectos importantes sobre el futuro desarrollo económico de nuestro país y del mundo. Más o menos crecimiento futuro será su epílogo; mayor o menor bienestar para las personas será su efecto.
Un Estado más activo no sólo gasta más, sino que pasa a ser objeto de influencia de los lobbistas, que compiten por los nuevos recursos e intentan obtener ventajas para sus sectores. Los programas de compra de activos tóxicos de la banca norteamericana, los créditos de emergencia a AIG y la ayuda al sector automotriz de Detroit son ejemplos de lo anterior. Un problema asociado a ello es lo que otro economista de Chicago, Luigi Zingales, ha llamado la migración de la economía de los EE.UU. de un sistema promercado a uno proempresa (o si se quiere del modelo capitalista anglosajón a uno continental europeo).
¿Cuál es el problema aquí? Consiste simplemente en que cuando el Estado se aleja del modelo promercado, una de las consecuencias de ello es que se desprestigia la empresa privada como generadora de riqueza en un esquema de justa competencia. Son los favores y no el desempeño y los méritos los que se asocian al éxito. Para Zingales, como el sistema de mercado se sustenta en el apoyo público, y este último requiere que dicho sistema sea percibido como justo, una erosión de esa visión amenaza al sistema mismo. De consolidarse en la opinión pública norteamericana un sentimiento de inequidad respecto de cómo se genera la riqueza, indefectiblemente en el tiempo provocará que el país que inventó la economía libre termine con más Estado y menos mercado.
Es por ello que las pasiones se han desatado en esta polémica. Las consecuencias del triunfo de una y otra tesis tendrán trascendencia.
*Gerente general de Quiñenco. MBA en la U. de Chicago. Profesor en la Facultad de Economía de la UC.
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