Por: Yenny Cáceres
Dittborn está en todas y con todos. Estuvo en la Escuela Militar. Se hizo rico en Argentina con He-Man. Fue portada de LUN junto a la geisha. Es uno de los dueños del Clinic. Almuerza con Don Francisco. Y ahora, como director de Random House Mondadori, es el editor tras el lobby que busca conseguir el Premio Nacional de Literatura para Isabel Allende.
Fotografía: José Miguel Méndez
Si hay alguien en Chile capaz de leer memorias de Carlos Altamirano en un Sony Reader, es Pablo Dittborn (63). Tome nota: ex cadete de la Escuela Militar, ex dirigente de Quimantú, ex editor de Los Pitufos, ex editor de Ediciones B. Ex todo. Y tome nota de nuevo: ahora es director de la editorial Random House, uno de los dueños del Clinic, miembro del directorio del Consejo Nacional de la Cultura y el principal lobbista tras la candidatura de Isabel Allende al Premio Nacional de Literatura.
El mito dice que Dittborn es un conversador empedernido. Que de sus años en Buenos Aires heredó la pachorra argentina. Que es un encantador de serpientes. Que las editoriales chicas le temen.
Algo de todo eso es cierto cuando uno lo ve instalado en el sexto piso de su oficina con vista al Parque Forestal. Ahí, delgado y perfectamente vestido de negro, se queja de que robaron el auto hace unas semanas, pero lo que más lamenta es haber perdido su sombrero italiano Borsalino. Y en esas paredes, como trofeos de guerra, están colgadas una foto suya junto al presidente Lagos y una portada de LUN que dice: "El editor que armó el éxito de la geisha", donde lo vemos sonriente junto a Anita Alvarado.
Como su padre, Carlos Dittborn, el hombre que consiguió que Chile organizara un Mundial de Fútbol, Pablo ahora es un gran lobbista. Un tipo con redes en todas partes y que no para de hablar con un dejo de acento porteño y sus clásicos "yastá", una de las muletillas que le quedaron de los 20 años que vivió en Argentina, después del golpe del 73.
-¿Es cierto que uno de los grandes negocios que hiciste en Argentina fue comprar los derechos de la revista de Los Pitufos?
-Es cierto. A mí me contrató la Editorial Tucumán, pero los dueños eran chilenos, Sergio Mujica, que había sido dueño de Zig-Zag. Me acuerdo que en Quimantú una de las consignas que gritábamos era "Los Mujica no volverán", y yo terminé trabajando con Mujica. Ahí lo primero que hice fue publicar la revista Condorito, que de editar 18 mil ejemplares mensuales, la llevé a más de 50 mil quincenales, a inicios de los 80. Después de eso me independicé y empecé a viajar a Frankfurt y Bolonia a comprar derechos de revistas. Ahí compré He-Man, Mazinger, Thundercats y Transformers.
-¿Cómo funcionaba este negocio?
-Mi socio argentino, Pedro Leda, era distribuidor de series de TV. Él partía a Cannes y yo a Frankfurt. Él me pasaba el dato: voy a mirar estas series de TV. Con esa información yo iba a Frankfurt y Bolonia y veía cuáles de esas series tenían cómics. Volvíamos a Buenos Aires, y ahí venía la negociación con un canal. Se le vendía la serie, más una cantidad de tiempo para emitir publicidad, que dedicábamos a la revista.
Lo más espectacular fue Los Pitufos, que lo hice para Mujica, que vendía 75 mil ejemplares semanales. Y de He-Man y Mazinger, que vendían 50 mil semanales. Teníamos una estructura, que era yo y mi secretaria. Era una rentabilidad brutal. Los sobrantes de esas revistas los mandaba a Chile, Perú, Uruguay y Paraguay. Todo lo que sobraba, volvía a hacerlo plata.
-¿Y cuánto tiempo te duró esta vida de rico?
-Tres años. Hoy día pienso, no debería haber gastado tanta plata. Me iba en Lufthansa, en primera, a Alemania. Debería haber sido un poquito más sobrio. Pero ¡yastá!
-¿Y por qué decidiste volver a Chile? Ya llevabas 20 años en Argentina...
-Hasta Alfonsín me interesaba lo que pasaba en Argentina. Me encanta, pero en Chile ya había ganado el No. Mis amigos estaban en el gobierno. Me entusiasmé y convencí a los españoles del Grupo Z (Ediciones B) que podía manejar desde Santiago las dos oficinas, cosa que hice durante unos tres años. Me vine el 94.
-¿No fue un shock volver a Chile después de haber estado en un mercado grande como el argentino?
-En Argentina jugaba en la Champions League y acá llegué a jugar a tercera división. Eso lo tenía claro. Pero la calidad de vida fue mejorando. Con todo lo fascinante que es Buenos Aires, cuando viene el fin de semana los amigos hacen vida familiar y te quedas solo. Acá te vas a la playa o a la nieve. Cuando volví lo primero que hice fue arrendar una casa en Cachagua por todo el año. Yo sabía que venía a jugar en tercera división, pero la idea era ser el campeón.
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