Lee Unkrich, de 42 años, ha debutado en la dirección en solitario con "Toy Story 3". Vestido con jeans y zapatillas, accede a conversar junto a la productora del filme, Darla K. Anderson, cerca de la inmensa casa de muñecas que preside el vestíbulo del estudio como recreación exacta del hogar de Ken (¿se acuerdan del novio de Barbie?), otro de los personajes de esta historia. "¿Por qué hacer 'Toy Story 3'?", responde Unkrich con la misma pregunta. Tras una pausa, arranca: "Cuando terminamos la segunda parte ya supimos que haríamos una tercera. Estábamos enamorados de los personajes, así que decidimos volver a visitarles. Pero habían pasado 11 años y nos dimos cuenta de que el protagonista debía ser mayorcito. Quisimos abarcar el final de la relación de Andy con esos juguetes".
El proceso de invención de este nuevo filme ha sido similar al resto de producciones de Pixar. El comienzo siempre es el mismo: historia, historia e historia. La seña de identidad de la casa. Hasta no parir algo que pueda ser considerado digno de contar por el brain-trust (cúpula de control creativo del estudio formada, entre otros, por los directores de las películas de la compañía: John Lasseter, Lee Unkrich, Peter Docter, Andrew Stanton, Brad Bird...) no se ejecuta un solo trazo ni se manipula un solo pixel. Tras dos años trabajando el guión, arrancaron las tareas de los 49.516 dibujos ejecutados para "Toy Story 3". En definitiva: cuatro años y un mes de producción con alrededor de 400 personas sometidas a la crítica constructiva permanente de ese brain-trust. Departamentos de historia, storyboard, diseño de personajes, fondos, guía de color, animación, renderización (empleo de algoritmos informáticos para generar un frame -una película tiene 24 frames por segundo-, proceso que puede prolongarse durante más de siete horas) o composición guían sus pasos bajo la supervisión última de John Lasseter.
Las fuentes de inspiración para las escenas se husmean sobre el terreno y se ajustan a las necesidades de cada relato. Si para "Buscando a Nemo" se organizaron viajes submarinos, en "Cars" subieron a los animadores en coches de carreras para que experimentaran la sensación de ir en un bólido a más de 200 kilómetros por hora antes de plasmarla en imágenes. Si los creadores de "Ratatouille" buscaron ambientación durante un periplo por restaurantes de París, en la nueva criatura de Pixar, como recuerda Bob Pauley, "el París de 'Toy Story 3' fue un vertedero".
¿Y el presupuesto? "Lo siento, nunca hablamos de presupuestos", zanja en un alarde de transparencia la productora Darla K. Anderson. Ni de presupuestos ni de nada que tenga que ver con el dinero. Imposible saber el sueldo de cualquiera de estos creativos. Ni en el reticente gabinete de comunicación hay respuestas ni en boca de los implicados. "Lo siento, de estos asuntos financieros no nos permiten hablar", explica Carlos Baena, de 35 años, uno de los animadores españoles de Pixar.
El secretismo también afecta, claro está, a la más comprensible parte artística. Pixar es un estudio cerrado. No ofrece tours abiertos al público. Las claves de su magia aspiran a mantenerse inaccesibles. Antes de pasear con Carlos por algunos departamentos es necesario firmar un acuerdo de confidencialidad -espionaje industrial obliga-, además de tener que cerrar prácticamente los ojos en algunas zonas. "Compréndelo, ahora vamos a entrar en un sitio donde se fraguan las películas que veremos en los próximos años; además, hay gente que va desnuda y tampoco es plan de molestarles", bromea este canario-madrileño tocado con gorro de skater que llegó a San Francisco en 1994, sin tener muy claro a lo que quería dedicarse.
Tras dos años trabajando el guión, arrancaron las tareas de los 49.516 dibujos ejecutados para "Toy Story 3". En definitiva: cuatro años y un mes de producción con alrededor de 400 personas sometidas a la crítica constructiva permanente.
Carlos Baena conduce hoy cada mañana su Honda Element desde Twin Peaks hasta la sede de Pixar. Consiguió entrar en 2002 tras cinco años y varias cartas de rechazo. "Con cada nueva carta encontraba una razón más para seguir intentándolo; desde que vi 'Toy Story', en 1995, supe que quería trabajar aquí", recuerda Carlos sentado en su despacho, cuyas paredes albergan carteles de películas como "El extraño mundo de Jack", de Tim Burton, y repisas con infinidad de muñecos, entre los que brillan con luz propia varios personajes de "La Guerra de las Galaxias". Aquí pasa a veces hasta diez horas seguidas durante una jornada, si bien desarrolla su actividad en un entorno inmejorable. En la nueva entrega de "Toy Story", Carlos es el responsable de que Buzz Lightyear baile flamenco. "Al principio iba a tener un aire mexicano. Pero intenté meter toda la cultura ibérica que pude. Incluse me apunté a una academia en Madrid. A Lee Unkrich le gustó esa línea".
Carlos ha arriesgado parte de sus ganancias en otro proyecto creativo al margen de su propio empleo: la escuela de animación por internet Animation Mentor, en la que 75 profesores de todas partes del globo enseñan a mil alumnos online. No parece extraño si tenemos en cuenta que otra de las obsesiones de Pixar es retroalimentar el talento. A tal fin mantiene una universidad dentro de la propia empresa, donde sus empleados siguen formándose. Por esto se tiende a considerar en la industria a Pixar como el anti-Hollywood. Mientras la gran factoría del cine estadounidense suele operar agrupando a colaboradores externos en cada proyecto de un gran estudio, aquí se mantiene en nómina a un gran número de creativos para generar contenidos desde dentro, gestando además una fiabilidad a prueba de ofertas bajo la premisa de que "la gente está antes que las ideas".
Quizá sea el ambiente que el propio John Lasseter promueve entre sus subordinados lo que otorgue esa apariencia entre freak y libertaria a cada rincón de esta casa, donde no debe extrañar encontrar un confortable sofá o una barra con tirador de cerveza junto al pupitre. Pero de existir, el frikismo naïf es moderado. Nada de todo eso impide dejarse la piel por entrar en las nuevas apuestas de la compañía. "En cada proyecto has de manifestar tus intenciones a quienes tienen la capacidad de decidir. La competencia es dura. Debes hacer tu campaña política para conseguir participar", explica Enrique Vila, uno de los creativos tras el cortometraje "Day & Night", que se exhibe antes de "Toy Story 3". Edward Robbins, catalán de 34 años, resume así esa estrategia: "Es como buscar trabajo dentro de tu propio trabajo; aquí nadie viene a decirte en qué andas o cómo gestionas tu tiempo. Tú tienes que exigirte a ti mismo".
La autoexigencia, como el valor al soldado, se presupone por tanto al pixariano. Para el recuerdo quedó grabada aquella escena en el revelador documental "The Pixar Story", de Leslie Iwerks, en la que Steve Jobs anuncia a la plantilla que la recaudación de "Monsters, Inc." ha sido satisfactoria. Entre risueño y sarcástico, John Lasseter gritaba acto seguido a Andrew Stanton, inmerso entonces en la dirección de "Buscando a Nemo": "¡Tranquilo Andrew, no hay razón para sentir más presión!".
¿Y qué piensan de los pixarianos sus detractores, que también los hay? Están los que les acusan de suavidad en los argumentos de sus obras, así como de haber subido al carro de las secuelas de sus éxitos en vez de apostar exclusivamente por nuevas ideas. "¿Políticamente correctos? No creo que lo seamos", responde Lee Unkrich. "No tenemos una lista de cosas sobre qué no contar. Tampoco descarto que algún día hagamos una película de guerra. Con respecto a las secuelas, te diré que no es precisamente un camino fácil. Hemos decidido combinarlas con las nuevas producciones. Por mi parte, no habrá 'Toy Story 4'. Para mí, la historia de esos juguetes está acabada".
Resulta difícil vislumbrar el futuro rumbo de este transatlántico. Como apuntaba recientemente The Economist, Ed Catmull ronda los 65, Lasseter ya ha superado la cincuentena y son conocidas las idas y venidas de Jobs por problemas de salud. Pero quizá no sea para tanto. En unos tiempos donde cualquiera parece digno de ser considerado gurú de algo, puede que estos tres hombres sean de los pocos merecedores de tal apelativo. Si queda algo por inventar en el mundo de la animación, hay pocas dudas de que serán ellos los primeros en descubrirlo.
*Periodista del diario El País de España.
© El País de España.
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