Por: Antonio Díaz Oliva
Hace tiempo que James Ellroy se ha posicionado como algo más que un simple escritor de novelas policiales. Todo gracias a una obra respaldada en tres elementos: el deterioro de Los Ángeles, el asesinato -hasta hoy sin resolver- de su madre y su solitaria vida. Mientras a librerías locales llega la compilación de crónicas y relatos "Ola de crímenes", Ellroy se pone al teléfono para hablar con Qué Pasa. Éstas son las respuestas de un duro de la literatura estadounidense.
Parece un cliché. Uno de ésos que -sorpresivamente- se cumplen. Ocurre luego de escuchar dos veces aquello de "Ésta es la residencia de James Ellroy. No estoy en estos momentos, si quieres deja tu mensaje y yo te contactaré de vuelta". Ocurre al tercer intento, cuando el famoso escritor de policiales por fin responde y entra de lleno disculpándose: "Hola, James Ellroy acá. Eres el periodista de Chile ¿no?, ¿te hice esperar mucho?". Y el cliché que se cumple no es que Lee Earle "James" Ellroy (1948) hable con una voz rasposa y profunda, tal como uno lo imagina luego de leer sus libros y ver alguna de las intimidantes fotos que acompañan sus biografías. O que sea cortante a la hora de responder y reiteradas veces diga shit o fuck haciendo un hincapié especial en esas palabras. No. El cliché es el ruido de fondo de esta entrevista. El ruido de Los Ángeles -donde Ellroy ha vivido durante casi toda su vida-, ciudad que tal vez se escucha demasiado similar a la imagen que él ha delineado en sus historias, infectadas de corrupción, asesinatos y violencia. Así, a lo largo de esta conversación se escucharán sirenas de ambulancias, patrullas policiales y mucho ruido de automóviles pasando por las autopistas de alta velocidad cercanas a la casa de este autor de 16 libros, entre los que destaca el ya clásico La Dalia Negra (1987).
Y todos esos elementos sonoros, claro, no son ajenos para Ellroy. Él tiene una relación de amor/odio con Los Ángeles. Ahí nació y vivió intermitentemente, hasta que en 1995 se mudó a Kansas con su primera esposa. Volvería el 2006 luego de divorciarse. "Hay muchas culturas extranjeras. Todas con diferentes lenguajes que no entiendo. Me parece que hay demasiada gente en los países de donde vienen estos inmigrantes", dice. "Es excesivo para una ciudad de este tamaño. Por ejemplo, sabía que tenía que estar en mi casa para hablar contigo a tal hora, pero me quedé atrapado en un taco gigante y me tomó el doble de lo que tenía pensado. Es una mierda".
Y el odio, por supuesto, no es sólo por el caótico estado actual de la ciudad. Ellroy sabe que volver a Los Ángeles es, en parte, volver a su infancia. A escenas sobre las que no teme escribir, pero que prefiere comentar superficialmente en las entrevistas. Escenas como cuando abandonó el colegio y se sumergió en los peores barrios hasta terminar en la cárcel con una neumonía severa, debido al consumo de grandes dosis de alcohol y su adicción a una sustancia derivada de la metanfetamina. O como cuando, en un intento de equilibrar su vida, empezó a trabajar como caddie de golf, lo que apenas le servía para alquilar una pieza ínfima. O el capítulo de su juventud en que mató a un dóberman con sus propias manos. "Ésa es una historia muy vieja -dice Ellroy algo enojado cuando uno se la recuerda-. ¿Cómo la averiguaste?".
"Hay muchas culturas extranjeras en Los Ángeles. Todas con diferentes lenguajes que no entiendo. Me parece que hay demasiada gente en los países de donde vienen estos inmigrantes. Es excesivo para una ciudad de este tamaño".
- Sale en uno de sus libros (Mis rincones oscuros) y en las biografías de usted que hay en internet...
- El perro saltó y le pegué con un tubo reiteradas veces. Pero fue el perro el que me atacó primero. Ya no hablo mucho de esa historia. Fue hace tiempo. Mucho tiempo. Y no estoy orgulloso de eso. Amo a los perros.
Fue en junio de 1958 cuando el cuerpo de Jean Ellroy apareció en un vertedero cercano a una carretera. Había pasado tiempo desde que los padres del escritor se habían separado. Ellroy, entonces de 10 años, vivía con su padre y veía a su madre los fines de semana. Cierto día unos policías aparecieron por su casa para comunicar la muerte de Jean. Unos niños pertenecientes a una liga de béisbol encontraron el cuerpo de ella. La única información que se manejaba era que la madre de Ellroy comió con un hombre y una mujer en un café y luego se fue con ellos en un auto. De ahí en adelante todas las pistas se volvieron difusas. Tanto, que el caso nunca se cerró. Pero no para todos. Como un péndulo que le pesa todos los días, Ellroy nunca ha podido cerrar ese capítulo. En los 90 volvió a obsesionarse. Desempolvó viejos documentos del Departamento de Policía de Los Ángeles, contrató a detectives y a ex policías para que lo ayudaran. Pero nada. En Ola de crímenes -libro publicado originalmente en 1999, disponible ahora en castellano- se puede hallar la primera crónica al respecto. Una donde -sin pudor- Ellroy ventila todo: "Pedí que me sacaran del funeral. Tenía diez años y me daba cuenta de que podía manipular a los adultos y aprovecharme de ellos. No le conté a nadie que mis lágrimas eran cosméticas, como mucho, y en el peor de los casos una expresión de alivio histérico. No le conté a nadie que en la época del asesinato, yo odiaba a mi madre".
Esa crónica, del año 1994, sería el puntapié de algo más grande. En Mis rincones oscuros (1996), Ellroy cuenta que cuando escribió su primera gran obra, La Dalia Negra, lo único que estaba haciendo era intentar responder con la ficción algunas de las hilachas sueltas respecto al caso de Jean. "Pensé en mi madre cuando lo escribía. Fue un proceso detallado y largo. Extrapolé personajes reales a la ficción. Y resolví el caso de la Dalia. El libro, además, fue el final de un periodo de bloqueo que tuve. Sé que mi madre aparecerá en cualquier libro que escriba (sean memorias o novelas), aunque no sea el núcleo de la historia".
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