"De qué hablo cuando hablo de correr"/ Autor: Haruki Murakami/ Páginas: 265/ Editorial: Tusquets
Fue en Chiba, en la costa oeste de Japón. Murakami ya llevaba varios años corriendo cuando se inscribió para la maratón de ese lugar y, como jamás había tenido problemas para pasar la meta con los brazos en alto, se enfocó más en sus libros y no en el entrenamiento. Mala idea. El resultado fue que antes del kilómetro 25 ya no pudo más y las piernas dejaron de hacerle caso. Ahí, en medio de una maratón y agobiado por el calor, se enteró de que para correr en serio no podía dejar de entrenar.
Aunque en su relato Murakami deja en claro que en la pista lo suyo es el logro humilde pero honrado, hay un episodio heroico. Griegamente heroico. En 1983, Murakami recién había comenzado a correr cuando una revista japonesa en la que colaboraba habitualmente le preguntó si se animaba a viajar a Grecia. El viaje, por cierto, estaba pagado por el gobierno griego y pensado para promocionar algunas playas mediterráneas, pero a Murakami se le ocurrió algo mejor. Correría entre Atenas y Maratón, el viejo pueblo del que hereda el nombre de la actual disciplina olímpica. Una vez allá y acompañado por un fotógrafo que iba sobre una camioneta, Murakami se lanzó a correr. Dice que lo hizo antes del amanecer -estrictamente debió correr desde Maratón hacia Atenas, ya que el tiempo no le alcanzaba para hacer un viaje extra-, aunque ni aun así imaginó el agobiante calor que haría. Después de 3 horas y 51 minutos llegó a Maratón completamente exhausto pero feliz. Los maratonianos, por cierto, lo miraban con un poco de incredulidad y otro poco de lástima.
La ética del trote murakamiano poco tiene que ver con lo que piense el otro. Ni con cuánto corra el vecino. Él corre, dice, para ser mejor, para exigirse al máximo, para estar en forma y, a fin de cuentas, seguir escribiendo. Tal vez por eso hace un par de años contrató a un profesor de natación. Su lógica de samurái aparentemente lo llevó a concluir que si podía con una maratón, seguramente también podría con un triatlón. Y a estas alturas ya ha participado en varios -sobre todo en Hawái-, así que además de correr ya ha comenzado a nadar un kilómetro y medio y a correr en bicicleta durante otros 40 kilómetros.
La ética del trote murakamiano no tiene que ver con lo que piense el otro. Ni cuánto corra el vecino. Él corre para ser mejor, para exigirse, para estar en forma y seguir escribiendo. Su lógica de samurai concluyó que si podía con una maratón también podría con una triatlón.
Pero aunque ésta parezca una historia de nunca acabar, Murakami no sólo se entregó a los triatlones pasados los 50 años ni se conformó con el mínimo de una maratón anual sino que, cuando eso ya se había transformado en una rutina, se animó a dar un paso más: la ultramaratón. Lo que viene cansa de sólo leerlo: 100 kilómetros. Y corriendo. En castellano: 2 maratones y media sin quejas ni malas caras, pero con varias detenciones para descansar. De hecho, el escritor japonés cuenta que para este curioso haraquiri deportivo compró varios pares de zapatillas -unas New Balance especialmente diseñadas para estos desvaríos-, pero con números distintos. Un 42 para comenzar y un 42.5 para seguir, porque los pies, tal como las ganas de llegar a la meta, comienzan a crecer y a crecer. Y Murakami, que entregado a la no ficción suena cercano y afable, lo hizo: fue hasta Saroma, en la isla norte de Japón, y se demoró dos días. De paso, eso sí, se prometió no hacerlo nunca más.
Después de trotar durante un cuarto de siglo, de aplanar los senderos del Central Park junto al escritor estadounidense John Irving o de correr casi de igual a igual con Yuko Arimori, un medallista olímpico japonés, Murakami, a petición de su editor, se demoró casi una década en escribir las que para él son una de sus crónicas más esforzadas y personales. Por eso, si son fanáticos del escritor japonés o si salen todas las mañanas a aplanar calles, acá hay un libro ideal, breve y ameno. Aunque como dijo el mismo Murakami, no le cambiará la vida a nadie. Sólo a él, que al final del texto ensaya una futura lápida suya que dirá algo así como: "Haruki Murakami, escritor y corredor: Al menos nunca caminó".
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