-Hasta esta novela te habías dedicado a la realidad boliviana, a sus cruces con la modernidad global, pero aquí cambias el foco y te metes de cabeza en el infierno: un relato sobre adolescentes norteamericanos y el lenguaje de su violencia. ¿Sentiste que estabas yendo a un lugar desconocido, que estabas cambiando de piel?
-Hace veinte años que vivo en los Estados Unidos. Hacía rato que quería ambientar algo aquí, de hecho así comenzó La materia del deseo, aunque luego el material terminó desplazándose a Bolivia. El hecho de que los incidentes principales de la novela hubieran ocurrido en un pueblo tan cercano a donde yo vivo (Ithaca), me hizo sentir que ésta era una suerte de historia de mi barrio, y eso hizo que me animara a meterme a este mundo. El lugar desconocido no era tanto el territorio sino la geografía emocional del adolescente norteamericano, y del psicópata (el señor Webb). Eso fue lo que costó más. Y sí, hubo un momento en que descubrí que estaba trabajando en registros poco familiares para mí. Eso me entusiasmó. Parte del desafío era no repetirse, volar un poco a ciegas.
-¿Te diste cuenta de que en realidad estabas escribiendo una novela de horror?
-Eso es lo más raro de todo. El proyecto era originalmente un non-fiction, así que yo creía estar escribiendo una novela hiperrealista. Pero hubo un momento, en los últimos meses de la escritura, en que algo cambió, y de pronto el libro comenzó a admitir una lectura casi opuesta. Creo que puedes leer "Los vivos…" como una novela realista, pero también como un cuento de fantasmas.
-¿Ser un adulto es ser un sobreviviente? Parece que ésa es una de las moralejas del libro.
-Como me decía un amigo, a partir de cierta edad todo comienza a ser cómo controlar el daño, el duelo, la pérdida, nuestros traumas, nuestros fantasmas. Lo dijo en inglés y ahí la cosa es más compacta: After thirty five, everything is damage control.
-¿Ser un adolescente es ser un monstruo? Te lo digo porque me acordé en Los vivos y los muertos de las imágenes de anuario que encabezan y cierran cada número del Black Hole, de Charles Burns: fotos de escolares que luego aparecen como fotos de mutantes terriblemente deformadas, pero sin perder la idea de que son retratos.
-Todos tenemos algo de monstruos. Ocurre que con los años aprendemos a disimular, a ocultar nuestras zonas más oscuras. En los niños y en los adolescentes todavía no hay ese refinamiento y los monstruos nadan en la superficie.
-" 'Estamos viviendo en una novela de Stephen King'. No, las muertes en las novelas de Stephen King, incluso las más macabras, forman parte de una trama con sentido". Para mí ese fragmento representa ciertas cosas fundamentales de tu relato. ¿Podrías explayarte un poco sobre él?
-Mis lecturas más impactantes de la adolescencia temprana fueron de literatura policial. Me formé creyendo en Dupin y Holmes: la razón podía ser capaz de dar coherencia al caos, resolver los crímenes, hacer que la verdad triunfe. Ése era un posible modelo para "Los vivos…", un policial en que el detective soluciona el caso y el asesino termina en la cárcel. Pero esa versión no me funcionó porque al escribir descubrí que no creía en la infalibilidad de la razón. Se me ocurrió que parte de la desesperación de los personajes consistía en su búsqueda fracasada por entender lo que ocurría, en darle orden al desorden. Así que la forma de la novela es su mismo fondo: hay trama, pero no una explicación coherente que permita entender todo lo sucedido.
-Nabokov hizo clases en Cornell, al igual que tú. ¿Qué diablos tiene esa universidad? ¿Hay una puerta al infierno como la que había en el pueblo en que vivía Buffy? El viejo tío Vladimir armó ahí Lolita y en ese mismo lugar tú escribes algo como Los vivos y los muertos. La verdad es que no son miradas muy halagadoras sobre la realidad norteamericana.
-Ithaca tiene unos inviernos muy largos y deprimentes, inviernos de cinco meses, en los que oscurece a las cuatro de la tarde. Uno siente a veces que la nieve lo entierra a uno, que uno está siendo enterrado en vida. Digamos que la metáfora central de la novela debe entenderse de manera muy literal. Más allá de la historia, yo quería captar esa sensación que uno tiene a veces en Ithaca, eso de no saber quiénes son los que están de veras vivos y quiénes los verdaderos muertos. Quería que eso se sintiera emocionalmente, de manera visceral. Parte de la novela es una sesión de espiritismo. El diálogo continuo entre los vivos y los muertos, la forma que tenemos de lidiar con los que ya no están con nosotros y que puede que estén más vivos que muchos que parecen vivos a nuestro alrededor. Ithaca es un lugar ideal para esas sesiones de espiritismo.
* Escritor y profesor de literatura.
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