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El señor de los zombies

  • Fecha: 30 04 2010
  • Sección: Cultura
  • Comentarios: 0

Fotografía: José Miguel Méndez

Demoledor de suburbios

Otro detalle curioso: cuando uno entra en la oficina de Mike, en el Campus San Joaquín, hay muchos cómics y novelas gráficas. Más superhéroes que los héroes literarios esperables para un profesor de literatura de la UC. Eso, por supuesto, va de la mano con la estética y el discurso de Mike Wilson: "Para mí la cultura pop es un vehículo para comunicar algo. No es simplemente citar por citar. Es una forma de sampleo".

Así, un sampleo bastante interesante ha logrado Mike Wilson en sus libros editados hasta la fecha. En El púgil, su primera novela, las referencias van desde la obra y vida de Roberto Arlt hasta la estética de Blade Runner. O desde el clásico cómic trasandino El Eternauta hasta la voz de Orson Welles leyendo La guerra de los mundos. Si nos ponemos minuciosos, habría que decir que El Púgil es una novela argentina. No así Zombie, la cual circula por terrenos radicalmente diferentes. Por eso, una advertencia para los que quieran aventurarse: si bien los protagonistas no superan los quince años, bien poco hay de novela juvenil en estas páginas. Aquí están, conózcanlos: James, Andrea, Fischer y Frosty. Ésos son los pequeños sobrevivientes que deambulan por las calles y el bosque que circunda a la comunidad La Avellana. Los que nos muestran el devastador panorama de lo que alguna vez fueron casas perfectas con patios perfectos para familias perfectas. Algo similar a las imágenes posapocalípticas de La Carretera, de Cormac McCarthy.

De hecho, podría decirse que Zombie es una suerte de El señor de las moscas (el clásico de Golding), pero salpicada con cultura pop a destajo. Y con una amplia presencia de las imágenes de los suburbios que las películas estadounidenses nos han grabado en la memoria. Imágenes que llegan a su fin cuando varias bombas destruyen todo. Como bien sintetiza uno de los personajes: "La felicidad plástica encontró su fin en la forma de un hongo nuclear". La misma felicidad plástica con la que Mike Wilson se encontró, algo curioso por saber qué había detrás de esas colinas encaramadas en el barrio alto de Santiago, aquella tarde a comienzos del 2009.

- ¿Siempre te interesó la idea de destruir un suburbio en esta novela?

- Sí. Quería trabajar con la hipocresía de esos espacios que han proliferado en América Latina. Siempre me pareció algo atrayente y algo hasta un poquito enfermo. Alguien me preguntó en un momento por qué usé adolescentes como protagonistas. Nunca me lo había preguntado, pero fue porque quería cierta honestidad, que se manifiesta con estos chicos que están en ese momento de su vida (infancia) y que intentan volver a la normalidad. Me interesaba correr el velo de ese espacio urbano que es el suburbio y ver cómo se ha ido deteriorando.

- ¿Y cómo te sentiste esa tarde en que anduviste por La Dehesa?

- Muy raro. Estuve fuera de Chile por tanto tiempo y, de repente, estos lugares aparecieron. De hecho, cuando iba en el auto y observaba las casas, sentía que la situación era demasiado extraña. Incluso, en un momento, pensé que estaba en medio de un capítulo de La dimensión desconocida.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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