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Deconstruyendo a Donoso

En Correr el tupido velo, Pilar Donoso se armó de valor para reunir las cartas, anotaciones y diarios de sus padres y sumarlos a sus propios recuerdos. Así nació este libro hermoso y brutal que funciona como la mejor y más descarnada biografía del autor de Coronación. A continuación, dos miradas que surgen después de leer el texto: la de Alberto Fuguet, quien escribe sobre su experiencia en los dos talleres que tomó con José Donoso en los 80; y la de Álvaro Bisama, quien desmenuza el libro para concluir que es "esencial, definitivo y doloroso".

  • Fecha: 26 12 2009
  • Sección: Cultura
  • Comentarios: 1

Volver a Galvarino Gallardo (My Own Private Donoso)

Por Alberto Fuguet*

La otra noche pasé por la calle Galvarino Gallardo, en bicicleta, para fijarme sí era cierto lo que decía Pilar Donoso en el libro que acabo de terminar de leer: que la casa ya no existía. La casa donde estuvo el taller de su padre, ese taller envidiado, denostado, ninguneado, mitificado; la misma casa helada y llena de crujidos y perros ("¡Clarisa!, basta; ¡Cirilo, córtala!") que yo sentía era un lugar sin límites pues estaba conectada al mundo (en un momento en que parecía que nada estaba conectado con nada) y a un mundo al que yo quería desesperadamente pertenecer; la casa que era el set principal de su cuento Los habitantes de una ruina inconclusa. La misma casa a la que, algún día soleado, ya al final de sus días, yo pasé a tomar té  ("té, no onces", me corrigió doña Pilar) después de haber ido -quizás- al sicólogo (no al sicoanalista, como anota Donoso en una de las dos menciones que hace de mí) que quedaba cerca. Luego de leerlo, y subrayar esa parte de Correr el tupido velo, capto lo que quizás en ese momento estaba demasiado paranoico para sentir o articular: de todos los lugares en Santiago, y de todos los lugares literarios de la ciudad, esa casa de Galvarino Gallardo era uno de los pocos lugares donde no me sentía ni odiado ni mirado en menos, sino acogido, seguro, tomado como el igual que claramente no era; uno de los pocos lugares, durante esos años de aprendizaje y oscuridad, donde me sentía más inteligente, culto y mejor escritor que todos los que insistían que no lo era y que nunca lo sería.

Para mí, José Donoso no fue ni lejos mi mejor amigo y tildarlo de maestro sería, como él mismo lo hubiera dicho, "un poco siútico, ¿te fijas?". No lo siento como mi maestro, entre otras cosas porque no creo que él andaba por la vida recogiendo escritores vagos y perdidos. Pero fue un gran aliado, un notable profesor, una suerte de abuelo como nadie podría pensar que podría ser un abuelo porque, por un lado, parecía de noventa años (siempre tuvo noventa) y, por otro, estaba lleno de preguntas, curiosidad y vida. Nunca estábamos de acuerdo en cine. Una vez le comenté que, por culto y leído que era, no era un hombre de cine ni un cinéfilo, sino, a lo más, un espectador que se dejaba llevar "por la cintas de época". Él se rió. Yo lo envié, me acuerdo, a ver Las montañas en la luna, cinta acerca de uno de sus ídolos: Sir Richard Burton. Pienso: ahora que La nana es la cinta del año, ¿qué pensaría al respecto?, ¿le hubiera gustado?

Me echó del taller por no haber leído a Dostoievski. Yo le respondí que si él había leído a Bukowski. Me dijo que no. Entonces yo le dije que cómo se atrevía a seguir publicando. Me preguntó qué estaba estudiando. Periodismo. "Lejos vas a llegar, es la peor profesión de todas y no tiene nada que ver con crear, sino con robar".

Donoso me intrigaba porque claramente nuestros mundos y estéticas eran tan, tan opuestos, pero teníamos una conexión y ese día, el día en que él escribe de mí, tengo que haber estado muy cómodo y contento. Si mi memoria no me traiciona, estaba ahí para despedirme y darle las gracias por haberme recomendado para ir a Iowa City a pasar unos meses al célebre Writer´s Workshop. Iba a ser el primer chileno en regresar a ese sitio en el medio oeste americano que el propio Donoso había idealizado (con razón, por lo demás) en sus escritos y conversaciones. Donde topábamos era en Chile. Según él, debía aprovechar el viaje para no regresar. No le hice caso. Yo no podía aceptar, no quería aceptar, la idea de ser un exiliado o de sentir que Chile era un sitio despreciable, malvado y peligroso. Subrayo esto que seleccionó Pilar Donoso: Maldito el día en que se me ocurrió regresar de España! ¿A qué, para qué? Es bien poco, fuera del dolor, lo que obtengo de vivir aquí.

Correr el tupido velo me hizo volver a las novelas de Donoso, pero también a la experiencia extremadamente donosiana de haber ido a su taller, a su casa de la calle Galvarino Gallardo. Leyendo este insólito e inesperado libro (el libro más híbrido y siglo XXI de un autor tan siglo XX; un libro escrito a tres voces acerca de lo ficticia que puede ser la no-ficción; quizás el más aterrador tratado acerca de lo que encierra una casa y de lo enferma y tóxica que puede ser una familia, un matrimonio y una mente creativa, frágil y no tratada a tiempo) he podido regresar, de una manera casi proustiana, tal como a él le hubiera gustado, a esa calle, a esa buhardilla del tercer piso. Ahí me tocó escuchar cómo nos leyó la parte del medio de La desesperanza (tiene que haber sido durante ese primer taller, del cual me echó, porque mi ejemplar del libro dice Nov 86: año desesperanzado, ya no recuerdo por qué).

Nunca he podido olvidar esa tarde y cómo su capacidad de narrar la sensación de recorrer la Providencia profunda de noche es la misma que siento ahora al recorrerla en bicicleta más de veinte años más tarde: ¿O esta calle drogada de madreselva y jazmín era sólo una representación del follaje perteneciente a la experiencia de alguien que aún no era él? …el vigor clorofílico de estas calles… prados húmedos donde aúllan perros resguardados por las rejas; …el ilang-ilang abrazando la cuadra hasta deslindar con la extravagancia de su aroma el olor de la vereda caliente manguereada…

En esa misma buhardilla, años después, en el taller dos, como le digo, el taller del año 89, del cual no me echó, todos escuchamos su nouvelle Naturaleza muerta con cachimba, que luego sería drenada de toda vida por Caiozzi, el cual quizás inconscientemente ha ayudado, junto con legiones de profesores bien intencionados, a transformar a Donoso en un autor "de lectura obligatoria" y no en nuestro William Burroughs/David Lynch local.

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