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La fragilidad de un pez

  • Fecha: 26 09 2009
  • Sección: Ciencia
  • Comentarios: 0
Daniel Pauly viajó a Chile para participar de la reunión de directorio de la ONG Oceana.

Daniel Pauly viajó a Chile para participar de la reunión de directorio de la ONG Oceana.

Fotografía: José Miguel Méndez

El mar

El lluvioso día en que se suponía que Santiago inauguraba la primavera, Daniel Pauly amaneció en el Hotel Intercontinental. Si estaba ahí, como miembro del directorio de la ONG Oceana, no era por su infancia tortuosa, el desgarro de su madre ni todo lo que tuvo que hacer para encontrarla. Sino que por lo que hizo después. Lo que empezó cuando dejó esa casa de barrio obrero en París y volvió a Alemania para dar ese examen que lo dejaría seguir estudiando. Cuando entró a la Universidad de Kiel y decidió que quería aprender un oficio útil. Algo que le permitiera salir de esa Europa de la que no se sentía parte. Algo como Agronomía, en un principio.

Sólo que en Kiel, la Facultad de Agronomía aún seguía llena de nazis. Y Daniel ya no quería ese tipo de problemas.

La decisión la encontró cuando, un día en la playa, conoció a un profesor de biología marina que estaba investigando seres que vivieran en el barro. Pero en vez de hacerlo con los dedos, el maestro lo hacía montando una máquina que Daniel recuerda "como una enorme máquina lavadora". Y a Daniel, esa lavadora le gustó. Al menos para meterse en una carrera donde explotó como un genio capaz de adelantar ramos y sacar el título y el posgrado en menos de cinco años. Su excusa para esa carga académica tan exageradamente pesada era tan simple como cierta: "Había partido estudiando demasiado tarde".

Una vez que completó sus estudios al norte de Alemania, viajó a África y luego hasta Indonesia, donde conoció la fauna del trópico. El problema es que había cientos de especies y no se sabía demasiado de ninguna. Y cuando no se sabe mucho, es difícil llevar una administración lógica.

La solución de ese problema fue lo que comenzó a darle a Daniel la fama que tiene ahora. Basado en una herramienta ya existente que analizaba la espuma y el oleaje del mar, Pauly creó un método que permitía evaluar cómo crecían los peces y cuál era su mortalidad, en base a la frecuencia de su tamaño y de su largo. Y no como se hacía antes, en base a su edad. Porque eso sólo podía calcularse en los peces de ciertos mares, que desarrollaban una suerte de anillos en sus escamas a medida que iban envejeciendo.

Después, adaptó, mejoró y repartió un sistema basado en el análisis de frecuencia de distancias electrónicas llamado Ecopath, que servía para el modelaje de ecosistemas. Y, por último, creó Fishbase.org. La base de datos de peces más vasta que se conozca. Todo esto, como puede imaginarse, tenía un objetivo.

El océano

Daniel Pauly, el tipo que la revista Scientific American nombró como uno de los 50 científicos más influyentes en 2003, persigue a las pesqueras y la pesca de arrastre. Es un tipo que no toma, ni fuma, ni come sushi. Que piensa que la única forma de frenar el barrido de especies en el mar sin permitir su regeneración, y la única forma de prevenir un océano lleno de medusas, es actuando ahora a través de ONGs como Oceana, donde es miembro del directorio y participa desde hace siete años. Porque los gobiernos, dice, no escuchan a los científicos.

Pero eso lo diría más tarde.

Antes recordaría el viaje que hizo a Estados Unidos, donde conoció al soldado negro de Arkansas que debió haber sido su padre. Dice que tenía 23 años y se topó con un hombre amargado que, luego supo, había querido ser un piloto en el ejército y volar durante toda su vida. Pero que no había podido porque era negro. Recordaría también que varios años más tarde volvió a visitarlo. Ahora con uno de sus hijos. Y que entonces se encontró con un viejo distinto. Que estaba jubilado y que había hecho un curso para volar aviones. Que lo invitó a él y a su nieto a volar sobre la península de California. Y en ese vuelo, que se produjo en algún punto de principios de los 80, Daniel pensó que su padre había encontrado algo de paz. Algo de equilibrio. Y ahí, como cuenta Daniel, estuvieron los tres. El abuelo, el padre y el nieto. Como si nada, como si el soldado negro nunca hubiera dejado París.

Y esto lo explicaría sin llorar. Sin nunca emocionarse.

Aunque ya al final, justo antes de irse, Pauly hablaría sobre Chile. Se acordaría que aún era septiembre y recordaría ser joven, estar de viaje en la Unión Soviética en 1973 y lo mucho que lo afectó cuando allá supo lo que aquí había ocurrido. Ahí se le quebraría la voz, se le humedecerían los ojos y pediría disculpas en esa pieza de hotel. Diría también que lo sentía. Que hace algunos años había sufrido un infarto y que, por eso, a veces se ponía sensible.

Que su corazón estaba cansado.

Que ya no le aguantaba todo.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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