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Darwin superstar

  • Fecha: 12 09 2009
  • Sección: Ciencia
  • Comentarios: 6
Ian McEwan

Ian McEwan

3.

Alguien me comenta durante el coffee-break que buena parte de la gente joven que está aquí son los más fuertes. Son los más aptos, son capaces de competir y ganar. El seminario fue gratuito, algo ya curioso. Raro. Y las entradas se conseguían por internet. Había que explicar por qué se quería asistir. Los cupos colapsaron en cosa de minutos.

-Mira- me dice Franco, de Maipú, que tiene la pinta de un extra de una película de Gus Van Sant-. Yo les mandé un mail y les dije que creía en la adaptabilidad y no me adaptaba a mi entorno y estoy seriamente pensando en estudiar algo con ciencias y nada, luego me llegó el mail y me aceptaron así que vine. Y es gratis. Y todos estos viejos la llevan.

Franco nunca había estado en Vitacura, y menos en la profunda, y se levantó a las 5.30 a.m. y caminó por la lluvia. Faltó a clases. A tercero medio.

-Creo que aprenderé más acá. Me siento como si fuera parte del mundo.

Mucha gente, supe luego, quiso ir y cada uno de los invitados conocía a diez que no quedaron. De alguna manera, los presentes se sentían darwinianos en el sentido de que vencieron a los otros de sus especies.

Al final del seminario, para cerrar, subió al escenario el más mediático de los expositores: el escritor Ian McEwan. Antes de partir hablando del deseo casi animal de los artistas y científicos de querer ser originales y del placer que da crear y perseguir algo que antes no existía, se refirió a Chile.

Chile para él, con toda razón, era Álvaro Fischer. Contó que un día le llegó un mail de Fischer invitándolo a Santiago y, al tener claro lo lejos que está Chile, lo primero que pensó es "ni en un millón de años". Luego le escribió a una de las eminencias darwinianas y le preguntó si conocía a este chileno.

Darwin

La sorpresa: alta concurrencia juvenil

-He´s the real thing- le dijo-. Tienes que ir.

Y ahí estaba Fischer, sentado en primera fila. Su libro La mejor idea jamás pensada se vendía como pan caliente en el pasillo. Fischer habló poco. Algo al comienzo, casi nada al final. Por ahí dicen que es el líder del "partido darwinista". De ser así, su partido realmente podría tener una verdadera chance. Álvaro Fischer es ingeniero matemático, empresario, socio de Raúl Alcaíno en algo llamado Resiter (buen nombre para una firma que se dedica al tratamiento de residuos industriales), pero claramente es un fanático, un demente, cree en Darwin, en sí mismo e inspira confianza, liderazgo y, mirándolo desde lejos, mirando a la sala, mirando todo lo que ha logrado, debe sentirse, pienso, entre aterrado y extático.

"Yo les mandé un mail - me cuenta Franco, de Maipú- y les dije que creía en la adaptabilidad, que no me adaptaba a mi entorno y estoy pensando en estudiar algo con ciencias. Me aceptaron, así que vine. Y es gratis". Franco nunca había estado en Vitacura. Se levantó a las 5.30 a.m. y caminó por la lluvia. Faltó a clases. A tercero medio.

Sin duda: Fischer is the real thing. Es un original, un excéntrico, alguien que no tiene que estar haciendo esto, que quizás no debería estar en esto y lo está. Si Darwin ahora es, como me dijo una periodista, "un chileno más", quizás es por Fischer. Quiso hacer un cumpleaños y armó una fiesta. Quiso abrir un debate y ha creado una conversación. Fischer tuvo una idea, quizás no tan peligrosa, pero una idea loca y extraña y arbitraria, de traer a Chile el bicentenario de Darwin.

-Creo que lo logró- me comenta el profesor Daniel Dennett, rascándose su barba blanca darwiniana-. Vaya que lo logró.

Steven Pinker, en su conferencia, habló del síndrome de la ropa nueva del emperador, ese clásico cuento infantil. Explicó lo distinto que es que uno sepa algo y otro sepa lo mismo, que A sepa que B sepa que A sepa que B también sepa, porque eso implica que los dos saben que saben y es que C también y que lo que sucede es que la sabiduría termina transformándose en algo parecido al poder o al empoderamiento, porque cuando uno sabe que el otro sabe o piensa o está de acuerdo con uno sucede que los que están involucrados se sienten seguros, conectados, juntos.

Fischer logró algo así con Darwin y un grupo de chilenos que, a su vez, están esparciendo el evangelio según Charles por todas partes.

En un momento salí del salón y, al volver, al ver esa horda de gente, sobre todo joven, anotando y mirando, pensé: ¿estaremos evolucionando?, ¿será esto un hito?, ¿tendrá esto un eco en el futuro?

Quizás sí. Quizás no. Pero claramente estaba presenciando algo nuevo y me sentí bien. Por un instante, leve, hasta creí haber evolucionado y me gustó estar rodeado de toda esa gente y toda esa energía y esa inteligencia. En un país así me gustaría vivir, pensé.

Luego salí a la calle.

* Periodista, escritor y cineasta.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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