Por: Alberto Fuguet*
Un gran número de cerebros de primer nivel se juntaron esta semana a discutir el legado de Charles Darwin. Esto sucedió en Santiago, no en Cambridge, ni Oxford, ni Harvard. Un grupo de chilenos quiso que Darwin regresara a Chile, donde "todo empezó". Lo que muchos pensaron sería una maratón académica para especialistas y excéntricos se transformó en una celebración multitudinaria que reunió al viejo y al nuevo país. El científico ateo que pensaba peligroso es ahora una deidad-pop.
Fotografía: María José Puyol
Llovía. La noche anterior había habido un alud camino a Farellones. Aun así, el tema en la radio del taxi en que iba rumbo a CasaPiedra era la Selección. La Selección nacional había empatado con Venezuela, pero merecía ganar. Debió ganar. Pudo ganar porque ahora podemos ganar, sentenció un comentarista. El taxista agregó: hemos evolucionado.
Selección, selección natural, la evolución de la especies.
-Bielsa les cambió el chip a estos cabros. Es otra raza ahora. Estos cabros la tienen clara.
La Selección nacional, la Roja, ya no era la misma, me comentó el taxista sin que le preguntara.
-La camiseta es del mismo color, pero ahora es de otro material.
Es un símbolo, le dije. Sí, me dijo. Es roja, pero ahora el rojo es otro rojo. Ya no es sangre de víctima, es esa sangre que fluye por las venas del que no tiene miedo, que se tiene fe, que compite para ganar.

Darwinistas chilenos: Harald Beyer, Eugenio Guzmán, Mario Conca, Álvaro Fischer, Juan Antonio Guzmán y Alejandro Jadresic.
-Ah.
La sangre nunca miente, le digo, que es una frase del asesino en serie televisivo Dexter que es, o era, al menos, darwiniano en su sicopatía: Dexter Morgan mata a los que merecen morir y, de paso, al asesinar a esos asesinos, mejora o limpia la especie de desechos tóxicos (para mí, darwinismo estaba asociado a monos, nazis, iguanas, la sobrevivencia de los más aptos y neoliberales a ultranza).
Seguía lloviendo.
Iba rumbo a CasaPiedra, preparado para quedarme dormido durante una mañana rodeado de jubilados, académicos de anteojos bifocales y señoras de cierta edad que se habían quedado sin funerales a los que asistir por la molesta lluvia. Me habían advertido que no sería tan así, que todo era organizado por gente mucho más twittera, con iPhone, que leen The Economist. Son de "derecha" pero "progre-cool-de izquierda-buena onda", me mailearon. Los Independientes en Red son "extremadamente darwinianos, huevón". Me hablaron de una secta de empresarios que, por selección natural, habían llegado tan arriba que ahora estaban obsesionados -locos, casi- con esto de las especies y la evolución y los instintos y los genes y que ahora se juntaban en casas con chimeneas o viajaban a las mismas Galápagos a estudiar in situ "la peligrosa idea" del inglés del Beagle.
-Son los nuevos Legionarios, pero sin Maciel.
No, no, no estaba entendiendo nada.
Darwin era el nuevo golf, me aseguraron. Una manera de socializar y hacer contactos y negocios. Es mejor hablar de Darwin que de la Primera Guerra Mundial, me explicaron. O resolver sudokus.
-La mayoría son bien católicos, hay Opus, pero aun así han tenido que esconder a Adán y Eva y mirar para el otro lado, porque es gente preparada, culta, capa. Mucho doctorado. Si no fueran de la elite chilena, claramente serían ateos, pero no lo son. It´s the chilean contradiction. No estamos hablando de la gallada que vota por Bush en Alabama. Es gente beata, pero abierta. ¿Entiendes? Nada de esta tontera Creacionistas de Walmart.
-Ah.
-Son darwinistas. Quieren no creer, pero creen. Entonces ahora creen en Darwin, en la evolución, quieren saber de todo, saben de todo, gente culta culta, se han comprado todos los libros de Darwin que existen.
-Ah.
Darwin, me insisten, es el nuevo Milton Friedman.
No un invento chileno, pero apropiado para hacerlo más famoso acá que en otras partes. Mira, me dicen, ¿por qué este congreso se hace acá? Ok: Darwin vino para acá, pero también estuvo en Bahía. ¿Por qué no lo adoptaron allá? Darwin es como esos rockeros que donde más triunfan es en Japón. Chile es el nuevo Japón. Acá ocurren cosas, se producen conexiones que no pasan en otras partes. Afuera, Darwin es respetado o, con suerte, provoca polémica. Acá es ídolo.
Me habían advertido que todo era organizado por gente twittera, con iPhone, que leen The Economist. Son de "derecha" pero "progre-cool-de izquierda-buena onda", me mailearon. Me hablaron de una secta de empresarios que, por selección natural, habían llegado tan arriba que ahora estaban obsesionados -locos, casi- con esto de las especies y la evolución y los instintos y los genes.
Pienso: puede ser. A los chilenos les gusta ser, bueno, chilenos y obsesionarse cada tanto con alguien. Idolatrarlo. Seguirlo. Estudiarlo. Poner en práctica sus teorías. Es el gurú. Es el neoprén cultural que los une y les da un norte. El factor Chile. El efecto Tunick, Pequeña Gigante, Faith No More.
-Acá todos se suben al carro porque tienen pánico de quedarse abajo.
-Ah.
Igual Darwin, pienso, tiene una conexión real con Chile. Fue en el fin del mundo donde empezó a cambiar el mundo.
La noche antes, además, había visto una muy envejecida película de Stanley Kramer llamada Heredarás el viento, acerca del famoso juicio en un pueblito sureño de los Estados Unidos, cuando en 1925 intentaron prohibirle a un profesor enseñar la teoría de la evolución. Spencer Tracy defiende la ciencia. En la vida real, ganaron los creacionistas y, hasta 1967, en ciertas partes de Tennessee no se podía enseñar nada que no "estuviera en la Biblia". También llevaba un día viendo documentales de la BBC y nombres como Dawkins y Andrew Marr y Robert Wright y Daniel Dennett (La idea peligrosa de Darwin) ya me eran un tanto familiares. Había leído, algo. La prensa de los días anteriores había publicado algunos refritos. Darwin estaba de vuelta, 200 años del nacimiento; 150 de la publicación de El origen de las especies ("…esta preservación de variaciones favorables y rechazo de variaciones dañinas es lo que llamo Selección Natural"); 175 años exactos desde que abandonó Santiago de Chile para nunca volver.
Llegué al seminario "Revolución Darwin" dispuesto a latearme y, como premio de consuelo, enfrentarme a unas buenas discusiones teológico-religiosas. Esperar que corriera sangre.
Me encontré, claro, con otra cosa.
Quedé sorprendido.
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