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La soledad de un número primo

  • Fecha: 05 09 2009
  • Sección: Ciencia
  • Comentarios: 6
Así es como se ve un ejercicio rutinario en la vida de Ricardo Baeza.

Así es como se ve un ejercicio rutinario en la vida de Ricardo Baeza.

Fotografía: José Miguel Méndez. Postproducción: Nicolás Abalo.

Ricardo dice que era "un niño apollerado". Que nunca había salido del país. Que llegó a la Universidad de Hamburgo gracias a la beca que le había conseguido ese profesor, usando el abrigo del colegio. Recuerda que llegó tarde al semestre. Que ya era octubre, que ya estaba oscuro y que ya se sentía el invierno. En la mesa de un casino que se llama "El establo" en la Universidad de Talca, Ricardo Baeza explica lo que es llegar solo a un país donde uno ni siquiera comprende bien el idioma. Donde sólo maneja un par de conceptos de una lengua que se demoraría dos años en aprender. Un lugar donde tiempo más tarde aprendería karate y vería a los Beatles antes de que fueran la banda más famosa de la Tierra.

Cuenta que cuando llegó no tenía dónde quedarse. Que ahí, en su primer día germano,  se hizo de un amigo que fue capaz de frenar una fiesta en un sótano para preguntar si alguien tenía un lugar donde pudiera alojar este tipo que venía de Chile. Y que finalmente se lo consiguió.

Durante esos 18 años que viviría en Alemania, primero en Hamburgo sacando su pregrado y luego en la Universidad de Saarbrücken, en Saarland, sacando su doctorado y su habilitación para ser profesor, Ricardo conviviría con tipos que vivían de la adrenalina de resolver ecuaciones imposibles. Tipos como un amigo suyo, que estuvo dos años intentando solucionar un solo problema. Aquí es donde Ricardo fue refinando su método de trabajo. Un esquema que tiene dos fases. "La primera es la artesanal. Tú eres un trabajador común y corriente. Tienes que ser profesional. Leer, informarte y saber de los trabajos de otros". Tienes que saber, como lo hizo Ricardo, estar todas las noches hasta las 4 de la mañana mirando ecuaciones y puliendo una solución elegante para ellas. Tienes que mantener cuadernos. Incluso por años. Y saber tratar con la frustración. Porque esto, como dice Ricardo, "tiene noches que sólo un científico puede entender lo dolorosas que son. Pero sólo un científico puede entender la alegría que uno siente cuando todo se resuelve". La segunda fase es la personal. La instancia donde uno "va cultivando sus problemas. Donde tú mismo, a medida que vas pensando, se te van ocurriendo otras preguntas. Ahí comienzan las asociaciones".

Para Ricardo, ese trabajo se dio en la teoría de números, en un área conocida como formas cuadráticas. Un mundo donde los dominios son abstractos y se llaman anillos. Un mundo casi imposible de entender para quien no es parte de este club de expertos. Pero que Ricardo Baeza, con una soltura de quien maneja lo que habla, define como "el estudio de las propiedades generales, geométricas, de ciertos polinomios cuadráticos". Es un área de la matemática que no se detiene en encontrar aplicaciones, sino en encontrar problemas en un mundo abstracto y solitario. Y también en hallar las soluciones, claro, aunque éstas tarden largos años.

A ese mundo llegó por una sucesión. Porque el profesor de quien era asistente en Saarland trabajaba en eso. Pero también porque Ricardo siente que "el ser humano vive de asociaciones. De pensar que esto que está aquí y esto que está allá, eventualmente pueden tener algo en común. Y que al juntarlos uno puede sacar de ahí un nuevo resultado".

Punto B

Ricardo está haciendo clases. Tiene dos pizarras negras al frente y seis alumnos del magíster en Ciencias de la Matemática de la Universidad de Talca detrás. Está ahí porque se aburrió de hacer clases en otras carreras. Ricardo quiere enseñar matemáticas. Lleva años haciéndolo. Primero en Saarland, luego en la Universidad de Chile y ahora en Talca hace diez años. Ricardo llegó ahí siguiendo a su mujer, María Inés Icaza, que es directora del Instituto de Matemática y a quien conoció cuando le hacía clases en Santiago. En tiempos cuando agentes de la DINA llegaban a su oficina en Beaucheff y le preguntaban, muy en serio, si quería almorzar con Pinochet. Cuando Ricardo, que a esas alturas ya era reconocido como una eminencia, les decía que se fueran a la cresta y que él decidía con quién carajo comía. Cuando tuvo que saber del allanamiento en la casa de su madre y lo que era hacer escuela y sacar la ciencia adelante en tiempos de dictadura.

Pero ésa es sólo una parte de Baeza. La otra tiene que ver con el tipo que toma pisco solo, que camina por la facultad con sandalias el primer día de septiembre y que dice que uno de sus primeros recuerdos fue haber llorado y armar un escándalo cuando a los tres años vio cómo un tipo intentaba matar a un perro para deshacerse de él. Ése Ricardo Baeza, el que está lejos de la sala de clases, fue inspector de caza y se enfrentaba en pleno campo a tipos con escopeta para decirles que ahí, mientras él estuviera, no iban a poder matar. Ese es el Ricardo Baeza que pide por favor que se mencione lo importantes que son la Conicyt y el Fondecyt en el desarrollo de las ciencias en Chile. Que dice que cuando quiere escapar de la matemática planta espinos y que ahora, en esta clase de magíster, va a hablar sobre cómo descomponer un número primo en extensión.

Y para él, como diría durante el almuerzo, los números primos -ésos que sólo son divisibles por 1 y por sí mismos- son "la esencia de toda la matemática, de toda la aritmética. Son de las cosas más misteriosas que hay. Por un lado, son lo más errático que existe. Puedes encontrar intervalos de números arbitrariamente grandes, sin ningún número primo entremedio. Y, por otro lado, son súper ordenados y de las cosas más ingeniosas del universo".   

Después de eso, Ricardo admitiría la soledad de un mundo donde encontrar compañeros es algo difícil. La soledad de ser parte de un grupo tan errático como los números primos. Luego, cuando ya había terminado el almuerzo y estaba de regreso en su oficina, llegaría una serie de personas para felicitarlo por el premio que vino a dilatar su jubilación anticipada y del que Ricardo supo mientras almorzaba con una hija. Cuando su mujer le había dicho que no se hiciera ilusiones y él ni siquiera se había lavado los dientes. Y mientras lo abrazan, Ricardo siente la incomodidad del saludo protocolar. Pero eso la gente no lo sabe. Como tampoco sabe que hay algo que le aprieta en el pecho.

Y que nadie lo quiere atender.

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