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La soledad de un número primo

Por: Andrew Chernin

El jueves 27 los diarios anunciaron que Ricardo Baeza, de la Universidad de Talca, había ganado el Premio Nacional de Ciencias Exactas. Pero lo hicieron sin contar sobre su obsesión con los números primos. Ni tampoco explicando todo lo que tiene que pasar para que una historia que parte en un punto A, con un niño de 14 años, termine en un punto B con un hombre convertido en una de las mentes más brillantes de Chile.

  • Fecha: 05 09 2009
  • Sección: Ciencia
  • Comentarios: 6

Fotografía: José Miguel Méndez. Postproducción: Nicolás Abalo.

Al final de esta conversación, Ricardo Baeza va a decir que le duele el pecho. Va a contarlo después de almuerzo, en su oficina del Instituto de Matemática de la Universidad de Talca. Y va a decirlo con algo de susto. Porque ahí, debajo de su chaqueta verde, su polerón gris y su camisa con el cuello deshecho, había algo que lo apretaba. Algo que llevaba 30 días jodiéndolo. Recordándole que tenía que visitar a un doctor pronto, pese a que en Talca le habían dicho que no podrían atenderlo hasta fines de septiembre. Ricardo también va a contar que estuvo un poco deprimido. Que hasta hace algunas semanas, cuando estaba por cumplir los 67 que le insistían no aparentaba, pero que él comenzaba a sentir en el pecho, le habían sugerido que pensara en el retiro. En dejar las salas de clases y las matemáticas en el pizarrón. Pero todo eso iba a cambiar con el premio. Aunque quizás, siendo más estrictos, sería una llamada la que detendría todo aquello que a Ricardo le estaban pidiendo dejar.

Los diarios dijeron que el 26 de agosto un profesor de la Región del Maule había ganado el Premio Nacional de Ciencias Exactas. Que cuando estaba almorzando con una de sus hijas recibió el llamado de la ministra de Educación, Mónica Jiménez. Que Ricardo Baeza, el ganador, se llevaba el diploma, los 15 millones de pesos y la pensión vitalicia de 20 UTM que podía comenzar a cobrar el próximo año. Algunos diarios locales, incluso, destacaron que era primera vez que un premio así se lo llevaba alguien que trabajara fuera de Santiago y que no perteneciera a la Universidad de Chile o a la Universidad Católica. Después de todo, dentro de todos esos recortes de prensa, no podía dejar de haber algo de orgullo provinciano. Pero mientras todo eso pasaba, a Ricardo Baeza le dolía el pecho. Y esa sensación de que algo lo apretaba no tenía nada que ver con el orgullo. Tenía que ver, quizás, con que en el último tiempo había tenido que vivir demasiado rápido.

Y eso fue lo que ninguno de los diarios, ni siquiera los locales, entró a contar. Porque esa reunión con la ministra, donde ella pone rostro de foto y Ricardo aparece con cara de circunstancias, es apenas el punto B de toda su trayectoria. El origen, como suele suceder en Chile, no estaba en la casa de Ricardo. Sino que en la de su vecino.

Punto A

Ricardo tiraba piedras. Sus dominios, durante sus primeros años de vida, no estaban en su casa de Bustamante con Rancagua. Sino que en el parque que tenía al frente. Ahí repartía combos, recibía algunos, y tiraba piedrazos a los mocosos que se le cruzaran con cara de pocos amigos. En ese Santiago de 1952, donde Ricardo -el hijo de un abogado y una dueña de casa- tiene 10 años y a veces vuelve a casa sin ropa porque se metió en problemas, Chile no cuenta con grandes matemáticos. Pero eso a Ricardo todavía no le importaba. Lo que le importaba era terminar rápido sus clases en el Instituto Luis Campino para volver pronto al parque. Porque cuando no estaba en eso, Ricardo Baeza era un alumno promedio que, como recordaría en esta entrevista en Talca, "era malo para las matemáticas". La culpa, diría más tarde, puede haber sido de sus profesores. Pero el acierto, definitivamente, vino de su vecino.

Ricardo se dedica a un área de la matemática que no se detiene en encontrar aplicaciones , sino en encontrar problemas en un mundo abstracto y solitario. Y también en hallar las soluciones, claro, aunque éstas tarden largos años.

El tipo se llamaba Enrique Sánchez. Era ingeniero y muy amigo de su padre. Ricardo le tenía aprecio, y un día Sánchez le mostró un libro de cálculo. Sánchez le enseñó algunas cosas y pronto vio cómo el niño de al lado comenzó a cultivar una de esas obsesiones que pueden cambiarte la vida. Ése fue el día en que el Parque Bustamante perdió a su rey.

Ricardo tenía 14 y cursaba cuarto año de humanidades cuando aprendió cálculo. El problema fue que todo empezó a aburrirlo. Las clases y el mundo del Luis Campino. Por eso, buscando el tipo de problemas que pudieran dejarlo quieto, empezó a asistir a un curso de geometría diferencial en Beaucheff cuando aún no terminaba su educación media.

Ricardo dice que en el colegio lo dejaban tranquilo porque le empezó a ir muy bien en los últimos tres años. Dice también que durante este tiempo, compró un libro llamado A course in theory of mathematics de G.H. Hardy. Y dentro de ese libro de matemática clásica, que estaba escrito por un inglés que decía que "su gran orgullo era que todo lo que había hecho, no servía para absolutamente nada", estaba el camino que Ricardo Baeza habría de seguir.

El desplazamiento

Hay cosas que no cambian en Chile. Como que a un niño bueno para las matemáticas, a la hora de escoger una carrera, le digan que opte por la Ingeniería. Ricardo hizo eso mismo y llegó hasta la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. Pero se seguía aburriendo. Ya conocía esos ejercicios. Ya los había hecho. Así que dejó de ir a clases.

En vez, Ricardo comenzó a ir a un seminario de teoría de grupos que dictaban unos alemanes que el rector de entonces, Juan Gómez-Millas, había traído para desarrollar la investigación matemática en Chile. Baeza, que había comenzado a sentir la soledad de las mentes que funcionan a otra velocidad, se acercó. Después de un tiempo, uno de los profesores alemanes le cantó lo evidente: "Te vas a Alemania".

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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