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Los desvelos de la ciencia chilena

  • Fecha: 22 08 2009
  • Sección: Ciencia
  • Comentarios: 2

Una suma reducida

La urgencia de implementar un vigoroso apoyo a la investigación es subrayada por el hecho que el número de proyectos Fondecyt aprobados pasó de 354 en 1997 a apenas 405 en 2009 (un aumento del 14%), mientras que en el mismo período la comunidad científica, con la incorporación de talentosos investigadores jóvenes graduados tanto en Chile como en las mejores instituciones académicas del mundo, se ha duplicado. Estos cuadros jóvenes, en la plenitud de su capacidad creativa, que se han generado con un gran esfuerzo nacional, son un capital muy valioso para el país. No crear las condiciones para que ese capital dé réditos es un desperdicio imperdonable de talento, e implica malgastar la inversión económica de alto costo en que se ha incurrido. Ciertamente, no basta con apoyar a unos pocos. De hecho, en los últimos años han quedado sin financiamiento proyectos calificados por los más competentes especialistas internacionales como excelentes o muy buenos. Y, en las palabras de nuestro eximio maestro Alberto Einstein, "... somos los viejos, que no tenemos mucho que perder, los que tenemos que hablar por los jóvenes..." y debemos hacer sentir con fuerza la desazón de la comunidad científica nacional frente a este drama.

Hace ya más de una década que en Chile se viene proponiendo incrementar el gasto en investigación y desarrollo (I&D) de 0.6% a 1.2% del PIB; sin embargo, ello no se ha concretado. Los países de gran desarrollo destinan alrededor del 3% del PIB a I&D. Corea, Finlandia, Suecia, Holanda, Israel y Nueva Zelanda también gastan una cifra similar. Así, mientras en Chile se destinan a este efecto unos US$50 por habitante al año, en esos países alcanza a US$ 1.000.

Nuevamente nos vemos en el dilema entre abandonar nuestras labores habituales y hacer pública nuestra voz de alarma frente a una situación que amenaza el desarrollo del país, o simplemente continuar recluidos en nuestros laboratorios.

La suma que nosotros destinamos, de por sí bastante reducida, es asignada a diversos programas e instrumentos de fomento a la investigación y desarrollo. Sin embargo, el Fondecyt regular, que es el único instrumento abierto a cualquiera que quiera postular, representa menos del 10% de lo que Chile gasta en I&D. Es decir, menos de US$ 5 por habitante al año.

Fondecyt fue creado en los 80, bajo el alero de Conicyt, como el brazo de financiamiento de la investigación básica y aplicada. Desde entonces, ha hecho realidad miles de proyectos exitosos con una eficiencia destacable. La idea original fue implementar "barcos de pequeño calado" que pudieran aventurarse ágilmente por aguas ignotas, con una estructura y gastos administrativos mínimos. Su éxito ha sido muy encomiable, independiente de los parámetros que se usen para evaluarlo. Tanto el costo por publicación generada, como la calidad y el impacto promedio que han conseguido son impresionantes a nivel internacional.

Con los años, se han ido sumando al Fondecyt instrumentos adicionales, pero con matices y características distintas. Son más focalizados y con mayor énfasis en aplicaciones prácticas de corto plazo. Están abiertos a grupos establecidos más que a individuos, lo que juega en contra de talentosos investigadores jóvenes que todavía no han logrado su plena inserción en el mundo académico, pero que muy a menudo tienen una potencialidad enorme. Los hay de mediana envergadura (barcos de calado mediano), como Núcleos Milenio, Fondef o Anillos; y también megaproyectos (transatlánticos), como Fondap, Institutos Milenio y Proyectos Basales. Generalmente, el costo por proyecto de mediana y gran envergadura es del orden de 10 y 100 veces mayor, respectivamente, que el de un proyecto Fondecyt.

Cambio perentorio

Durante la década de los 90 se tomó la decisión de incorporar sobresueldos a los proyectos de investigación, a fin de suplir las menguadas entradas de los investigadores y así evitar que se salieran del sistema, debilitando la ya limitada capacidad científico-tecnológica del país. Esta decisión alivió a los empleadores (mayoritariamente universidades) en su responsabilidad de proveer de sueldos adecuados, pero provocó una distorsión que ha llegado la oportunidad de evaluar, ya que una parte muy significativa (del orden de un tercio del total del presupuesto) es asignada a la fecha a estos sobresueldos y no al propósito central: la capacidad de creación científico-tecnológica.

Este tema se torna especialmente sensible si se considera que no existen incompatibilidades para participar en varios proyectos a la vez, lo que implica que estos sobresueldos tienden a concentrarse en algunos investigadores. Es imperativo regular esta materia, de modo que la competencia por proyectos de investigación no corra el riesgo de convertirse en competencia por mayor remuneración. Además de evitar situaciones potencialmente conflictivas -como distinta remuneración por similar trabajo-, ello potenciaría el uso eficiente de los escasos recursos con que se cuenta.

Con todo, el rol que el desarrollo científico-tecnológico tiene en el bienestar general de un país es un tema que no puede ser ignorado ni soslayado. El primer impacto es en la educación superior, que en manos de creadores se vuelve más dinámica, actual y motivante, en vez de una mera recitación de textos.

No es entonces una simple casualidad que en todas las latitudes se hayan adoptado políticas que promuevan con vigor la creación y la innovación. Es así como entre los países que destinan más del 3% de su PIB a investigación y desarrollo (I&D) están, aparte de las grandes potencias, países que tienen poblaciones similares a la nuestra y en general menos recursos naturales. Al examinar la calidad de vida en estas naciones, veremos que gozan de un notable bienestar general y menores desigualdades socioeconómicas. No porque ellos han alcanzado estas metas es que pueden ahora darse el lujo de invertir en I&D. Sucede exactamente lo contrario: ellos han llegado a un envidiable grado de bienestar general porque invirtieron, en momentos de estrechez, en educación pública y en I&D.  Ahora, varias décadas después de hacer el esfuerzo, cosechan lo que sembraron.

Ésta es una iniciativa perentoria, pero de largo aliento, cuyos frutos madurarán en 20 o más años y que muchos no llegaremos a ver en nuestras vidas. Sin embargo, por muy largo que sea el camino, lo ético y responsable es dar hoy el primer paso.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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