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Los desvelos de la ciencia chilena

Por: Miguel Kiwi

Se dice que, una vez más, el presupuesto nacional para la ciencia no crecerá lo suficiente. Eso a los investigadores nos preocupa y por eso decido dar aquí la voz de alarma. Es urgente aumentar el porcentaje del PIB destinado a investigación y desarrollo (I&D), es necesario apoyar más y mejor a nuestros científicos jóvenes, es pertinente regular la asignación de sobresueldos en el área. Esto no se trata de una queja  gremial. Es un asunto que amenaza el desarrollo del país.

  • Fecha: 22 08 2009
  • Sección: Ciencia
  • Comentarios: 2

Fotografía: José Miguel Méndez

Es incuestionable que la ciencia contribuye tanto a satisfacer la curiosidad intelectual del ser humano como a su bienestar material. Así, hay dos maneras extremas de concebirla. Para algunos es una actividad cuasi sagrada, que se enfrenta con el mismo respeto y devoción que una experiencia religiosa. Para otros, no es más que una fuente de recursos materiales y bienestar... una especie de vaca lechera. Afortunadamente, la gran mayoría de los científicos está lejos de ambos extremos. Lo que sí es cierto es que, de cualquier manera que uno la conciba, la ciencia requiere de recursos para florecer. Llevado a términos gráficos, y dependiendo de la visión extrema que se adopte, ello implica construir y mantener ya sea catedrales o establos.

Ahora, que una vez más nos acercamos a la época del año donde se discute el presupuesto de la nación, el tema cobra fuerza. Y nuevamente nos vemos en el dilema entre abandonar nuestras labores habituales y hacer pública nuestra voz de alarma frente a una situación que amenaza el desarrollo del país o simplemente continuar recluidos en nuestros laboratorios. Para el pequeño grupo de investigadores científicos y tecnológicos con que cuenta el país, estas discusiones presupuestarias son siempre causa de gran preocupación. Incluso, hecho inédito, hace un par de años se llegó a una manifestación callejera, protagonizada por gente que es más bien reticente a la exposición pública. Hoy, una vez más, los rumores que circulan no generan expectativas alentadoras para las asignaciones presupuestarias del ítem ciencia, lo que me obliga a saltar a la palestra.

¿Arriba del tren o en la estación?

El presupuesto de Fondecyt, la columna vertebral del sistema científico tecnológico, se vislumbra que no será incrementado significativamente, tal como ha ocurrido durante los últimos 15 años. Considerando que éste es el instrumento de fomento de la ciencia y tecnología más exitoso que se ha implementado en el país, que constituye el soporte masivo al que acceden todos los investigadores por igual y que su transparencia y eficacia ha sido ejemplar, la mengua de su presupuesto nos causa honda preocupación.

Ello tampoco se condice con la intención de ser un país desarrollado dentro de dos décadas. Nuestra única fuente de esperanza es que, a última hora, se acoja la proposición del Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad (CNIC) que sugiere "asegurar que el presupuesto de Ciencia de Base se incremente en términos reales en los próximos años para aumentar el número de proyectos del concurso de Fondecyt de Iniciación y Regular". Incluso empresarios visionarios, como Bruno Philippi, han sido enfáticos en abogar por triplicar los recursos de Fondecyt en un plazo perentorio.

Presentado así, éste pareciera ser un problema particular, promovido por un grupo de presión. Sin embargo, se trata justamente de lo contrario: el dilema entre decidir si queremos pan para hoy y hambre para mañana, o sacrificarnos ahora por un futuro mejor. En un mundo que, para bien o para mal, se desarrolla con velocidad vertiginosa tenemos que decidir si queremos subirnos al tren del progreso o mirarlo pasar desde la estación.

Los descubrimientos científicos se producen por la curiosidad y afán de comprensión de la naturaleza de unos pocos, pero tienen consecuencias tan importantes como impredecibles para muchos. A fines del siglo XIX, un joven generaba por primera vez ondas electromagnéticas en un laboratorio. Cuando le preguntaron a Heinrich Hertz por la utilidad de su descubrimiento, aseguró que "absolutamente ninguna". Sin embargo, estas ondas permitieron pasar de la comunicación a distancia por medio de palomas mensajeras al telégrafo, teléfono, radio, TV, internet y, en definitiva, al mundo como lo vivimos hoy. A principios del siglo XX, un joven empleado de una oficina de patentes desarrollaba la Teoría de la Relatividad en sus "ratos libres": no sólo cambió nuestra concepción del espacio y del tiempo, sino que sentó las bases de algo tan tangible como la energía nuclear. Unos 50 años más tarde, dos jóvenes en un laboratorio de física desentrañaron la estructura atómica del ADN. La publicación del descubrimiento de F. Crick y J. Watson, de menos de una página, fue el avance más importante de la biología desde Darwin y concluye simplemente con la frase "las implicaciones genéticas no se nos han pasado desapercibidas". El impacto del ADN en nuestras vidas se extiende desde la medicina y la farmacología hasta las técnicas para determinar paternidad... e incluso es habitual que forme parte de los argumentos de películas policiales. En suma, si hay algo característico del descubrimiento científico y sus aplicaciones prácticas, es su carácter impredecible.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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