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Las increíbles Aventuras del Doctor Cerebro

Por: Marcela Escobar Q.

Oliver Sacks está en la vereda opuesta de quienes creen que un médico es un superhéroe. Él funciona, más bien, como un boy scout, un explorador de las ciencias. El neurólogo inglés ha levantado un método basado en la empatía y en el afán de entregar orden a esas vidas que una enfermedad partió en dos. Incluso a la suya: un cáncer ocular lo dejó semi-ciego, pero le sirvió de inspiración para su nuevo libro.

  • Fecha: 19 11 2010
  • Sección: Ciencia
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Lo que le sucede ahora resulta ser una paradoja: el neurólogo capaz de sumergirse en el fondo de la mente, ése que despertó a los letárgicos, el que escribe sobre los sordos, sobre los ciegos al color, ya no ve como antes. Ya no distingue la profundidad de las cosas -la profundidad de campo-, y el mundo se le ofrece plano, como una pintura. Sin relieves.

Oliver Sacks, médico inglés, escritor y best seller, está semiciego producto de un cáncer que convirtió en tumor su ojo derecho. Así y todo, acaba de publicar un libro nuevo, The mind's eye, y su propia historia -el ojo que ya no ve- le sirve de excusa para hablar de la capacidad que tiene el cerebro, la máquina perfecta, para acomodarse a nuevos escenarios. En español, el libro lo publicará Anagrama en el otoño del próximo año, como ha sido tradición con otros títulos de Sacks ya convertidos en éxitos de ventas: La isla de los ciegos al color, El tío Tungsteno, Veo una voz, Despertares, Musicofilia, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y varios más.

Por estos días, Sacks recorre Estados Unidos en el tour literario de presentación del libro. Lo tratan como celebridad. Lo es: ha sido perfilado en Wired, en The New York Times Magazine, en The Sunday Times. Recibió una distinción particular: lo nombraron "primer artista" de la Universidad de Columbia. Y su libro "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero" fue escogido hace dos años como uno de los 25 libros de ciencia más influyentes de la historia.

La suya es una literatura emparentada con los cultores del neurorrelato (allí están Luria, el propio Freud, Alois Alzheimer y su Auguste), y también heredera de su método médico. Lo que él ha hecho es dejar un registro escrito de sus investigaciones, de los casos más emblemáticos que ha tratado y, por cierto, de sus propias reflexiones sobre el quehacer científico. Sacks está en la vereda opuesta de los que creen que el doctor es un superhéroe. Su práctica se basa en la empatía y en el incesante afán de entregar orden a aquellas vidas que una enfermedad partió en dos. Los pacientes de Sacks son gente común que enferma de males poco comunes. Sus vidas se convierten en anecdotarios extravagantes. Y, a veces, no hay cura para eso.

Un ejemplo: Natasha K. -una de las tratadas por Sacks cuya historia narra en su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y que aparece en un capítulo de la serie Dr.  House- es una mujer de 90 años que, de pronto, rejuvenece. Es víctima de una feliz fogosidad. Sólo cuando sus amigos comienzan a alertarla de lo raro que se ve en ella (tímida de joven) esta suerte de "calentura senil", ella consulta a Sacks. La mujer sufre la enfermedad de Cupido, la neurosífilis, una complicación neurológica de una sífilis que contrajo cuando, siendo una muchacha, se ganó la vida en un prostíbulo. Y ése es el mal que ahora la desinhibe.

Y Sacks se sorprende de que la neurosífilis permaneciera en latencia por setenta años. Y ella le pide lo insólito: que no la cure. Que sólo mantenga el mal así como está. Ni más, ni menos. Porque nunca  se había sentido así de bien.

Mucho antes de que enfermara de cáncer ocular, un accidente mientras escalaba una montaña lo convirtió en paciente por primera vez. Las heridas en los nervios de una pierna obligaron a operar y, por mucho tiempo, Sacks perdió toda sensación de esa extremidad.

Sacks (como si fuera el mago de Oz, pero en serio) procura un tratamiento que mantiene a raya el trastorno. De seguro, los últimos días de Natasha fueron los mejores de su vida.

El sobreviviente

Si fuera uno de esos médicos de ficción que aparecen en las series del cable, ésos que son capaces de lanzar tres diagnósticos por cada síntoma, Oliver Sacks no sería, ni meridianamente, parecido a Gregory House, el insoportable doctor que pregona que todos los pacientes mienten. House está más interesado en los vericuetos insondables que proporciona la enfermedad. Sacks, en cambio, buscará siempre la metáfora que esconde el enfermo. Un camino largo, difícil, para devolverle no la cura -muchas veces no lo conseguirá-, sino algo parecido a una nueva vida.

Sacks nació en Londres, en 1933. Sus padres y dos de sus hermanos fueron médicos y él, de niño, sintió fascinación por la química y la botánica. Especialmente en aquellos años de infancia durante la Segunda Guerra Mundial, cuando estudiaba en un colegio en Midlands y se enteraba de los bombardeos de la capital británica por las cartas que le escribía uno de sus hermanos. Finalmente, decidió dedicarse a la medicina: fue alumno en Oxford y la residencia en Neurología la hizo en California, en los sesenta. Fue en esos años, cuando se mudó a Nueva York, que conoció a una decena de pacientes cuya enfermedad narraría en su libro Despertares.

Una epidemia de encefalitis letárgica los mantenía inmóviles por más de cuatro décadas. Estaban abandonados en su sueño en el Beth Abraham Hospital, cuando Sacks decidió administrarles una droga que, hasta entonces, se usaba en los enfermos de Parkinson, la L-Dopamina. El fármaco los despertó y les devolvió el movimiento, aunque no su vida de antes. "Nunca hubiera pensado que uno podía estar durante casi cuarenta años aislado del mundo, privado de una vida, y aun así sobrevivir síquicamente", declaró hace unos años en una charla en la Universidad de Columbia. "Eran sobrevivientes y realmente la supervivencia es mi tema. La enfermedad parece serlo, pero en realidad es la supervivencia".

Las historias de estos durmientes vueltos a la vida le dio prestigio y fama en el mundo de las ciencias. Para el humanismo, en tanto, Sacks ha sido una suerte de antropólogo con una reflexión constante: qué es lo que somos cuando perdemos aquello que solíamos ser.

Y él mismo acumula sus pérdidas. Mucho antes de que enfermara de cáncer ocular, un accidente mientras escalaba una montaña lo convirtió en paciente por primera vez. Las heridas en los nervios de una pierna obligaron a operar y, por mucho tiempo, Sacks perdió toda sensación de esa extremidad. Como si no existiera. Como si se la hubiesen amputado.

Por supuesto, aquello sirvió de material literario. Y escribió su libro Con una sola pierna, publicado en 1984, diez años después de su accidente.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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