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La frialdad del universo

Por: Andrés Gomberoff

  • Fecha: 05 11 2010
  • Sección: Ciencia
  • Comentarios: 0
Ocho de las 66 antenas -avaluadas en US$ 7 millones- ya han sido instaladas en el valle de Chajnantor. El próximo año se podrán realizar las primeras observaciones. En 2012, el telescopio funcionará a todo pulmón.

Ocho de las 66 antenas -avaluadas en US$ 7 millones- ya han sido instaladas en el valle de Chajnantor. El próximo año se podrán realizar las primeras observaciones. En 2012, el telescopio funcionará a todo pulmón.

Fotografía: Carlos Padilla

Lejos. Muy lejos.  En el borde del universo visible, a miles de millones de años luz de distancia, todo parece frío. Pero la frialdad del universo profundo es sólo aparente. Una indicación de que cuando miramos a lo largo de distancias enormes, estamos mirando el pasado, pues esa luz que recibimos viajó miles de millones de años para llegar a nuestros ojos y telescopios.  Y nadie es inmune a viajes tan largos. Ni siquiera la luz.

Esta "luz fría" es la que observará el "Atacama Large Millimeter/Submillimeter Array" (ALMA), el  mayor proyecto astronómico que se esté construyendo sobre suelo terrestre.

Casi todo lo que sabemos del universo lo hemos aprendido mirando la luz que emana de los objetos que lo pueblan, principalmente estrellas y galaxias.

La luz, como las olas del mar, es una onda. Su color depende de la distancia entre las crestas, la longitud de onda. La luz roja, por ejemplo, la más grande, tiene una longitud de 0,7 micrones (un micrón es la milésima parte de un milímetro). La violeta, la más pequeña, de unos 0,4 micrones.  Entremedio están todos los colores del arco iris. Pero ésta es sólo la luz visible. Si aumentamos la longitud de onda, más allá del rojo encontramos la radiación infrarroja,  microondas y ondas de radio,  invisibles a nuestros ojos. Los astrónomos miran el universo en todo el espectro electromagnético. No sólo en el visible. Podemos aprender muchas cosas mirando más allá de lo que nuestros ojos pueden ver.

aparato alma

Con este pequeño aparato computacional se mueve el transportador que traslada las antenas desde el campamento base, a 2.900 m hasta los 5.000 m de altura.

ALMA está diseñado para fotografiar el universo en longitudes de onda de entre una fracción hasta varios milímetros.

El origen de toda la radiación que observamos proviene, generalmente, de la temperatura. Todo aquello que está caliente emite luz. Estamos familiarizados con objetos que están "al rojo vivo". Si los calentamos más, como es el caso del filamento de una ampolleta, el rojo se torna amarillo. Más temperatura y las cosas parecen blancas (como el sol o muchas estrellas), hasta tomar incluso un tono violáceo (la soldadura es un ejemplo). Es que mientras más caliente un objeto, emitirá luz en que dominan las longitudes de onda cada vez más pequeñas. Al revés, mientras más fríos los objetos, la luz que emiten contiene longitudes de onda cada vez más grandes. Cuando dominan aquellas de mayor tamaño que las correspondientes al color rojo, ya no la podemos ver.  Es luz principalmente infrarroja, que nuestras retinas no pueden detectar.  Si seguimos enfriando, llegaremos a longitudes de onda del orden de los milímetros, esa que ALMA puede ver espectacularmente bien. Por eso hablamos de "luz fría".

RAD

Un selecto grupo de empresarios, ejecutivos y políticos visitó el enclave científico. Entre ellos, Juan Hurtado, Juan Andrés Camus y los hermanos Richard y Antonio Büchi.

Existen muchos objetos interesantes cercanos que están a estas temperaturas, y que ALMA observará con una resolución sin precedentes. Entre éstos se destacan las nubes de gas y polvo interestelares, entregando valiosa información sobre la formación de estrellas y planetas.  Pero decíamos que ALMA también mirará el pasado. Esa luz que proviene de objetos que quizás estuvieron muy calientes, pero cuya luz se fue estirando en su largo camino a causa de la expansión del universo.  Miles de millones de años después llega a las antenas de ALMA. Llega fría, invisible.  Pero regalándonos una valiosa y reveladora  imagen de cómo era el universo en su infancia más temprana.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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