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Rompiendo las olas

  • Fecha: 06 02 2010
  • Sección: Ciencia
  • Comentarios: 0

El manto protector

Franklin siguió pensando durante mucho tiempo en este fenómeno, al menos durante los siguientes 15 años. Quizás hasta que fue puesto al frente del servicio de correos de Estados Unidos, en el que encontró de inmediato otras curiosidades que llamaron la atención de su mente inquieta. En una carta escrita en Londres, en 1773, describió las costumbres de los pescadores de arenque, quienes aparentemente identificaban a lo lejos los bancos de pesca por la calma de la superficie del mar, presumiblemente producida por aceites que liberaban los cuerpos de estos peces. En esta misiva deja constancia del resultado de varios años de cavilaciones. La forma en la que él entendía el fenómeno. "No parece haber una repulsión natural entre el agua y el aire, como para evitar el contacto entre ellos -escribió Franklin-. El agua y el aire se entremezclan en la superficie". Anotó que "el viento, aire en movimiento, al pasar sobre la superficie del agua puede frotarla produciendo arrugas que, con la acción repetida, constituirán las futuras olas". Esta observación notable incluye la intuición de que una fuerza de poca intensidad, repetida periódicamente, puede provocar efectos enormes.

Franklin también evaluó la posibilidad de que la capa de aceite hiciera las veces de una manta que es planchada por el viento, presionando la superficie del agua e impidiendo la formación de las olas. Conjeturó que la fuerza que, según él, llevaba al aceite a expandirse, impediría su adherencia al agua y al aire, separando ambas superficies, mediando entre ellas, haciendo que se deslicen suavemente y evitando las arrugas que causan las olas. La expansión del aceite se produciría "hasta que la repulsión mutua entre sus partículas se vea reducida a nada por la distancia". Este curioso comentario gira en torno a una pregunta clave: ¿En qué momento deja de expandirse un líquido que se derrama sobre una superficie?

En el siglo XVIII apenas se tenían en cuenta las ideas de Leucipo y Demócrito, quienes habían postulado la existencia de los átomos casi 500 años antes de que Plinio entrara en escena. Si no hubiera una unidad mínima de materia, de hecho, nada impediría que una sola gota de aceite cubriera la totalidad de los océanos. El experimento de la charca de Clapham puede considerarse como una temprana evidencia de la existencia de los átomos e incluso permite llegar a algunas conclusiones cuantitativas. No es difícil estimar el grosor aproximado de la capa de aceite del parque de Londres en unos 2.5 nm (un nanómetro -nm- es una millonésima parte de un milímetro), suponiendo que su distribución sobre la charca fuera homogénea. Si Benjamin Franklin hubiera conjeturado que existía una unidad mínima, elemental del aceite -lo que hoy llamamos molécula- y le hubiera atribuido esas dimensiones, no habría estado muy lejos de la verdad. Lo cierto es que el número de capas moleculares contenidas en la lámina del espejo de Clapham ronda apenas la decena. La interacción eléctrica conocida como tensión superficial impide, en definitiva, alcanzar el ideal de delgadez: una pátina de tan sólo una molécula de espesor.

Llegada a puerto

Nuevamente embarcado, en 1762, Franklin otra vez contempló el sosiego del mar al entrar en contacto con el aceite. Un pasajero le comentó que los habitantes de las Bermudas usaban esta misma técnica para aquietar las aguas y así, viendo a través de ellas, poder pescar.

Benjamín Franklin especuló sobre la posibilidad de utilizar el aceite para evitar naufragios. Consideró poco fiables las observaciones de Plinio, pese a su aparentemente cuantiosa experiencia naval. Pero se entusiasmó cuando leyó en una carta que un barco holandés se había salvado de una furiosa tormenta porque el capitán arrojó aceite de oliva a barlovento. La carta había sido escrita por un marinero, a pedido del capitán, en carácter de testigo directo, porque nadie daba crédito a esta historia. Benjamin Franklin no dudó en hacer la prueba.

Propuso a su amigo, el capitán Bentinck, el uso del aceite en la cercanía de las costas de Portsmouth, para evitar la virulencia del mar a la llegada de los barcos. Con todo cuidado, hizo arrojar aceite de una botella a través de un corcho, por un hueco tan fino como la canilla de una pluma de ganso, mientras otro grupo observaba desde la costa sus efectos. Él iba en el barco que pondría a prueba el confort de la llegada a puerto. El experimento falló. Si bien los que observaban desde tierra firme aseguraron haber visto la capa de aceite expandirse, el gran intelectual estadounidense llegó algo mareado. No quedó constancia de que dijera, como Neruda al llegar a puerto Picasso: "Y yo entonces desembarqué, y vi grandes mujeres de color manzana". Su vahído no fue suficiente para impedir que advirtiera que parte del movimiento del barco se debió al paso cercano de otra nave, y que esta fuente de oleaje, al no ser producto del viento, era inmune al untuoso dispositivo. En un alarde ejemplar de honestidad intelectual escribió "puede ser de utilidad relatar las circunstancias, aun cuando el experimento no haya sido exitoso, ya que puede dar pistas de cómo corregirlo. […] Quizás debamos arrojar más aceite o hacerlo más lejos de la costa".

Es difícil imaginar que un gigante bravío como el mar pueda calmarse con una homeopática dosis de aceite. Sin duda se trata de un conocimiento adquirido azarosamente por un involuntario desliz náutico o, quizás, por la audacia de un intrépido marinero. La providencialidad es crucial en el avance del conocimiento. Tanto como la existencia de mentes despiertas, como las de Plinio el Viejo y Benjamin Franklin, atentas a cualquier pista, por insignificante que ésta sea, que revele la abrumadora belleza que subyace a las leyes de la Naturaleza.

* Departamento de Física de Partículas, Universidad de Santiago de Compostela

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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