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Rompiendo las olas

Por: José Edelstein*

Es tiempo de vacaciones. De días con mar y largas horas contemplando el furor del Pacífico. Frente a las olas, resulta proverbial recordar esta historia de Benjamin Franklin, una de las mentes más brillantes de EE.UU. Se trata de una batalla desigual entre un puñado de aceite y el mar. ¿El objetivo? Aquietar esa agua salada que, empujada por el viento, porfía en encabritarse.

  • Fecha: 06 02 2010
  • Sección: Ciencia
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Plinio el Viejo y la paz de las aguas

Fueron muchos los ciudadanos anónimos de Pompeya que perdieron la vida por la erupción del Vesubio, en el año 79. Quizás la víctima más conocida, aunque no esté del todo claro que su muerte pueda achacarse al estallido volcánico, fue el naturalista y filósofo Plinio el Viejo. Este formidable enciclopedista, que escribió más de 150 libros, fue nombrado prefecto de la marina romana por Vespasiano. Su curiosidad por contemplar de cerca la espectacular erupción, al tiempo que pretendía salvar a algunos amigos, lo llevó a la muerte. Atravesó la bahía de Nápoles con una ligera barcaza. Ante la súplica del marinero que llevaba el timón para alejarse, adujo equívocamente poco antes de morir: "La fortuna favorece a los valientes". Si se ha de morir y las prisas postreras no dejan al ingenio urdir un buen epitafio, ¡qué mejor que citar a Virgilio!

Pero no es la muerte de Plinio el objeto de estas líneas, sino una de las tantas agudas observaciones que pueblan sus escritos. La curiosidad de este polígrafo, amante del mar, lo llevó a apuntar un hecho que había llamado su atención. Es probable que, casi dos mil años después, éste siga teniendo el mismo efecto cautivador por su aparente inverosimilitud. Desde los tiempos en que vivió Jesús de Nazareth, los marineros y navegantes apaciguaban las olas de las inmediaciones de los puertos, o en medio de una tormenta, arrojando un poco de aceite al mar. Una cantidad irrisoria de éste era suficiente, según los escritos de Plinio, para llevar pronta quietud a una extensión considerable de las aguas.

Seguramente se siguió utilizando este método durante siglos, pero no fue hasta 1757 cuando una de las mentes más brillantes de Estados Unidos, puesto azarosamente frente al fenómeno, pudo dar la primera explicación conocida, medianamente satisfactoria. Benjamin Franklin, quien se encontraba en un barco atracado en Louisbourg, contemplaba la estela que dejaban otras embarcaciones en el mar. Sorprendido, observó que dos de estas naves dejaban una estela lisa en el agua, mientras que los demás dejaban tras de sí un oleaje desordenado por el viento, que soplaba con cierta intensidad. El capitán del barco, interrogado por Franklin, le respondió, con la fingida complacencia que se tiene ante un ignorante, que el fenómeno se debía a que seguramente aquellos barcos habrían descargado agua impregnada de grasa y aceite por el imbornal, untándose ligeramente en el proceso. El ilustre bostoniano había leído tiempo atrás la descripción de Plinio. Si bien no se le ocurrió otro argumento mejor en ese momento, desconfió de esa respuesta apresurada y se propuso retomar el tema en cuanto le fuera posible.

Benjamin Franklin, de la charca al espejo

Franklin especuló sobre la posibilidad de usar aceite para evitar naufragios. Se entusiasmó cuando leyó en una carta que un barco holandés se había salvado de una furiosa tormenta, porque el capitán arrojó aceite de oliva a barlovento. La carta había sido escrita por un marinero, a pedido del capitán, en carácter de testigo directo.

Nuevamente embarcado, en 1762, Franklin tuvo la oportunidad de revivir el asombro de contemplar el sosiego de las aguas agitadas al entrar en contacto con el aceite. Un pasajero le comentó que los habitantes de las Bermudas utilizaban esta misma técnica para aquietar las aguas y así, viendo a través de ellas, poder pescar. De hecho, los buceadores del Mediterráneo también utilizaban esta técnica para tener una mejor iluminación solar bajo el agua. Les alcanzaba con sumergirse con un poco de aceite en sus bocas. Al liberarlo lentamente, éste, menos denso que el agua, subía a la superficie. También había visto el pasajero a los pescadores de Lisboa, cuando estaban por retornar al río Tejo, vaciar una botella o dos de aceite para asegurarse el poder hacerlo en aguas calmas. Franklin consultó exhaustivamente los libros de "filosofía experimental" de la época y no encontró ninguna referencia a este fenómeno.

En una estancia que realizó en Londres, el célebre inventor del pararrayos (quien descubrió que los relámpagos no son otra cosa que corriente eléctrica) aprovechó una charca en el parque público de Clapham, para llevar a cabo su anhelado experimento. Un día de mucho viento en que la superficie de la charca ofrecía un aspecto rugoso, llevó una alcuza llena de aceite y arrojó una pequeña cantidad en el agua. "Observé que se expandió sobre la superficie con sorprendente suavidad, pero el efecto esperado de apaciguar las aguas no se produjo". Pensó en que podía deberse a que arrojó el aceite en la orilla de sotavento, donde las olas eran más grandes y el viento llevaba el aceite hacia la costa. Se dirigió a la otra orilla, en la que las olas se formaban. Allí, arrojó una cantidad de aceite "no mayor que una cucharilla de té", produciendo la calma de forma casi instantánea en una superficie equivalente a dos piscinas olímpicas, extendiéndose hasta la otra orilla. "Ese sector de la charca quedó tan liso como un espejo". ¿Cómo podría el aceite contenido en una cucharilla ser suficiente para apaciguar semejante extensión y volumen de agua?

Es interesante dejarse llevar por el ingenio de Franklin. Su aguda observación no pasó por alto la sorprendente rapidez con que el aceite se expandió sobre la superficie. "Si uno arroja una gota de aceite en una superficie pulida -observó-, ésta permanece en su sitio, esparciéndose apenas un poco". En el agua, en cambio, se esparce rápidamente, produciendo los colores prismáticos característicos que se suelen ver en los puertos. Poco después sólo persiste el efecto de apaciguamiento descrito anteriormente, haciéndose casi invisible la capa de aceite por su extrema delgadez. Benjamin Franklin conjeturó la posible existencia de una fuerza muy intensa entre las partículas de aceite, tan pronto entraban en contacto con el agua, tendiente a alejarlas entre sí. Dicha fuerza repulsiva actuaría también sobre los objetos que se posan o sumergen en el agua. "La intensidad de la fuerza, así como la distancia a la que opera, aún no he podido comprobarla, pero lo considero una pregunta curiosa que me gustaría poder comprender".

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