iPod (2001)
Tampoco le gustaba tener que vender y marketear sus cosas. Eso, pensaba, sólo distraía su mente del diseño. Y éste, recordemos, es un tipo que buscaba un grado de pureza, unidad y redondez en las terminaciones de todo lo que unía su vida. Esa búsqueda, incluso, llegó hasta su rostro. Ive usa el pelo milimétricamente corto y se deja crecer una barba que agrega textura y contorno a esa cara que tan poco vemos. Por eso, le dolía tener que subirse a un auto y manejar por Inglaterra para intentar venderle algo a algún gerente que no entendía su visión y sólo buscaba abaratar costos.
En esos tiempos, para que lo imaginemos, John sacaba aplausos de sus colegas con ideas como un teléfono en forma de signo de interrogación o un juego de audífonos y micrófono para mejorar la interacción entre profesores y alumnos con problemas de audición.
Pero en Tangerine Jonathan tenía que vender.
Aunque en esta historia, al menos, un diseñador pudo salvar a otro diseñador.
Robert Brunner tiene un video en YouTube que resume lo que él piensa que ha sido su legado. Él fue el jefe de diseño de Apple hasta 1997. Pero en ese video, donde habla en una conferencia de hace tres años, dice que está seguro de que en su lápida sólo debería leerse una cosa: "Este fue el tipo que contrató a Jonathan Ive".
iPhone (2007)
Brunner había escuchado sobre el talento de Ive y quería trabajar con él. Pero Jonathan siempre le decía que no. Hasta que le dijo que si se iba a trabajar a California, no tendría que salir a venderle nada a nadie. Eso y un cheque con suficientes ceros hicieron que el inglés cruzara el Atlántico. Jonathan llegó a Apple en 1992.
En esa época, la manzana agonizaba. Perdía dólares y lloraba el retiro de Steve Jobs. A mediados de los noventa, antes de la masificación de internet, IBM era la marca cool en el poco glamoroso mundo de los computadores.
Entonces volvió Steve Jobs y de los 60 productos que Apple tenía entonces, sólo sobrevivieron cuatro.
Ive trabajaba mientras todo eso pasaba y escuchaba cómo se sucedía una larga lista de nombres de candidatos que venían a quitarle el puesto. Trabajar con Jobs, además, no era simple. Se han escrito muchas páginas con anécdotas sobre su tiránico estilo de liderazgo. Historias, como las que escuchaba Ive, que decían que el tipo alguna vez le había pedido a un diseñador un computador donde no se vieran los tornillos. Y peor aún, que lo había echado cuando encontró uno, escondido en la base de la CPU.
Pero Jobs olfateó talento. Vio que compartía líneas con Ive. Que ambos perseguían obsesivamente la limpieza y la sencillez de los objetos. Los dos eran tipos a los que no les gustaba exponerse y que entendían que el diseño no se trataba de la manifestación física del ego de un diseñador, sino que de una forma de encontrar soluciones, facilitando el diálogo con el usuario y reduciendo todo a su mínima expresión.
La leyenda dice que todo sucedió en el huerto de la esposa de Jobs. Que ahí, Steve le dijo a Jonathan que repensara el iMac. Que dejara de ser una caja gris y se convirtiera en lo que él quisiese.
iPad (2010)
Ive le contestó un año más tarde, en 1998, con un computador colorido y frutal, bautizado como iMac G3, que vendió dos millones de unidades en su primer año. El resto, todo lo que Ive creó después, quedó en nuestros bolsillos y en nuestros escritorios. Ive se inspiró en girasoles para sacar la segunda generación de iMacs y en una caja de cigarros para pensar el iPod. La música, después de todo, también era una adicción. El iPhone, que lanzó en 2007, había sido su último gran diseño.
Hasta ahora.
Porque todos hablaban del iPad. Todos querían saber cómo se vería y si Ive podría hacerlo de nuevo. Porque de eso se trataba. Jonathan Ive, casado, con dos hijos y a punto de cumplir 43 años, tenía que hacerse cargo de las expectativas y el fetichismo geek que había instalado.
Así es que cuando Steve Jobs lo mostró, dijo que el iPad era como sujetar internet con las manos y la gente gritó, Jonathan Ive, escondido en alguna parte, tiene que haber entendido que esto no iba a detenerse. Que toda esa gente que gritaba no iba a vivir tranquila, hasta que tuvieran otro pedazo de él.
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