Mediacenter « »

Ingresa | Inscríbete

| Cerrar sesión

  1. Agrandar
  2. Agrandar
  3. Imprimir Imprimir

La manzana y el fetichista silencioso

Por: Andrew Chernin

Apple puede ser la empresa más innovadora del mundo, pero funciona con mecánicas primitivas: seduce por la vista y enamora por el tacto. Todo esto fue algo que el mundo recordó cuando presentaron el iPad. Pero detrás del nuevo gadget y la sonrisa de Steve Jobs, está la historia del tipo que lo diseñó. Se llama Jonathan Ive y no le gusta el beige.

Queremos pedazos de Jonathan Ive. Queremos ser dueños de lo que crea, aunque ni siquiera sepamos quién es. Pedimos iPods, iPhones y iMacs, porque sentimos que, de alguna forma, van a mejorar nuestra existencia. Porque van a hacernos más elegantes. Más sofisticados. Queremos algo de Jonathan Ive por razones que pudorosamente podríamos llamar culto al fetichismo.

Y aún así, no sabemos nada de él.

Ni su nombre ni su rostro. A veces, ni siquiera sabemos de su existencia. Jonathan Ive, el vicepresidente de diseño industrial de Apple, podría caminar junto a su jefe, Steve Jobs, y pocos sabrían si pedirle un autógrafo. El mito dice que es por su timidez. Que por eso da muy pocas entrevistas y le molesta tanto que hablen de su vida privada, de sus 70 horas de trabajo semanales y de su sueldo millonario que, se dice, supera el millón y medio de dólares anuales.

Jonathan Ive habla poco y, cuando lo hace, casi siempre es para repetir un libreto que funciona. Cuando tiene que hablar sobre las genialidades del diseño de Apple, nunca desliza un "yo", sino que mantiene la lealtad al "nosotros", a ese equipo de una docena de diseñadores que han venido desde varias partes del mundo a trabajar con él y a encerrarse en las oficinas de Cupertino, California.

iMac G3

iMac G3 (1998)

Ive es considerado el heredero natural de Jobs y trabaja en Apple hace 18 años. Pero nunca, nunca, un periodista ha podido entrar a su laboratorio, donde  -reza el mito- imagina sus diseños para los productos comiendo pizza.

Sabemos de Jonathan Ive lo que él mismo nos permite. Que tiene 42 años, que es inglés y que uno de los pocos lujos que se permite, es manejar un Aston Martin.

Pero hay cosas, quizás detalles, que ni siquiera Jonathan puede esconder. Como las piezas que diseña. Después de todo, nadie puede pensar un producto -como el iPod, que ha vendido más de 150 millones de unidades- sin poner parte de sí en juego. Jonathan Ive, incluso si lo quisiera, no es un ser invisible.

iBoy

Hagamos un poco de memoria e imaginemos esto: un computador no siempre fue un objeto de deseo. Hace un tiempo, no tanto, estos aparatos no se veía tan distintos a un cálefont. Eran cajas grises y aparatosas, con muchos botones y un cableado trasero que resultaba, a lo menos, poco sexy.

Imaginemos a Jonathan Ive, aún en la universidad, sentado frente a uno. Pensemos que el tipo que está ahí viene de un suburbio de clase media al este de Londres, llamado Chigford. Que ese tipo, que ahora está sentado frente a un computador en la Universidad de Northumbria, en Newcastle, era el atípico niño que se acercó al diseño porque le gustaba desarmar cosas. Jonathan Ive, antes de ser el diseñador tímido que le pedía a Steve Jobs que recibiera sus premios, era un niñito inglés, hijo de un platero que terminó como profesor, al que retaban porque desarmaba cosas que después no podía volver a armar.

iMac G4

iMac G4 (2002)

Pero en ese ejercicio, si se quiere, Ive fue puliendo una mirada que cruzaría toda su obra: todos los objetos podían desarmarse hasta llegar a una estructura mínima y funcional. Por eso es que Jonathan odiaba los computadores. Porque eran cajas complejas que no lo ayudaban en su diseño. Y eso lo deprimía un poco. Porque junto a ese fetichismo por los objetos fabricados, John también dibujaba. Pero esa habilidad la fue perdiendo. Sin otra posibilidad que un computador para diagramar algo, Ive se sentó frente a un monitor, una CPU y teclados que se veían distintos. En el laboratorio de la universidad le dijeron que era un Mac. Él dice que lo conmovió el diseño y la navegación amigable. Que se sintió, de alguna forma, conectado con ese objeto.

Desde entonces, la historia y la narrativa de esa compañía le quedaron dando vueltas. Pero para que los computadores dejaran de ser cajas grises aún faltaba un poco.

En la universidad, Jonathan tuvo que pasar por clases de escultura, donde conoció la limpieza del blanco y que la forma y color de un objeto cambiaban la percepción que uno tenía de ellos. Tuvo que graduarse con ganas de diseñar autos, fundar su propia consultoría de diseño -Tangerine- y encontrar fascinación en el diseño de un lavamanos o un W.C. Y claro, no le gustaba eso.

1 | 2 | Siguiente »

Comenta

Quedan 500 caracteres

¿Quieres debatir?
Ingresa aquí. Sí no tiene cuenta aún, registrate.

Las opiniones vertidas aquí representan el pensamiento de quienes las emiten y no necesariamente representan la opinión de Qué Pasa.

¿Quieres comentar? Inscríbete, es gratis. Si ya eres miembro, Ingresa.

No hay comentarios en este momento

Edición impresa

N° 2073, 31 de diciembre de 2010

Los datos entregados son de exclusiva responsabilidad de quien los emite. Los comentarios enviados están sujetos a los criterios editoriales de Qué Pasa.

Se prohíbe expresamente la reproducción o copia de los contenidos de este sitio sin el expreso consentimiento de Consorcio Periodístico de Chile S.A.