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La mujer fuerte de Google

"Marissa Mayer" + Google

Lo que iba a pasar ahí sería contado varias veces como ejemplo de los milagros que sucedían en Silicon Valley. Marissa está ahí. Recién titulada, con otras once ofertas de trabajo en lugares donde muchos matarían por estar. Marissa está ahí casi haciendo turismo. Porque cuatro días antes, mientras comía un plato de pastas, había abierto un correo que llevaba por título "¿Trabajar en Google?". Y Google, en 1999, era apenas la empresa de dos alumnos de Stanford que trabajaban en el cuarto piso de su facultad.

La reunión a la que Marissa llegó fue en un garaje y giraba alrededor de una mesa de ping-pong, porque no había otra mesa. Ahí estaban Sergey Brin y Larry Page. Después de un par de entrevistas, Marissa se convirtió en la vigésima empleada de Google. Y la primera mujer, por supuesto.

En entrevistas, Marissa ha dicho que después de la primera reunión pensaba que esa empresa tenía un 2% de probabilidades de ser exitosa. Además, estaban esas otras once ofertas. Entonces hay que preguntarse por qué arriesgarse. Por qué ser parte de un experimento que aún no tenía modelo de negocios. Por qué no hacerles caso a sus padres y aceptar cualquiera de las otras propuestas. Por qué esa mujer que había ganado siempre, que perseguía los ritmos de la lógica, habría decidido hacer un acto de fe.

"Escogí Google porque quería trabajar con las personas más inteligentes que pudiese encontrar. Quería hacer algo para lo que no estuviese preparada", dice.

En esa serie de entrevistas, Marissa había tenido que probar su inteligencia. Había tenido que plantear soluciones para complejos problemas matemáticos, mientras un grupo de tipos que no conocía la miraban. Y si no hubiera escuchado cosas interesantes, Marissa no se habría quedado.

Ese momento, esa decisión, desnudó una capacidad que Brin y Page pronto aprendieron a distinguir en ella: la tipa sabía reconocer talento.

El ojo clínico de Mayer, capaz de darse cuenta si sobra o falta un pixel, decide la mayoría de las veces quién entra a trabajar y quién no a Google. Ella ayudó a diseñar el célebremente extenso sistema de entrevistas, que puede prolongarse fácilmente a 18 encuentros. "Busco patrones que he aprendido a ver en gente que sabe trabajar bien y que tiene un rango de habilidades que podría ayudar acá".

Marissa se levanta a las ocho de la mañana, llega a su oficina cristalina y transparente para que todos puedan mirarla a las nueve, puede tener cerca de ocho reuniones diarias, googlea para probar la eficiencia de las búsquedas entre 80 y 100 veces al día, sólo responde mails después de las 20:30, va al gimnasio a las 23:15 y no se duerme antes de las tres de la mañana.

-¿Alguno en particular?

-Es difícil reducirlo sólo a uno. Pero definitivamente busco personas con visión.

-¿Qué tipo de preguntas haces?

-Una que me gusta hacer es qué cosas de las que has visto últimamente han capturado tu imaginación y por qué. Ahí, la peor respuesta posible es decir "pucha, no he visto nada bueno últimamente".

Marissa aprendió a hacer de Google una réplica de su propio método y le heredó su instinto de apostar por talentos en bruto que muchas veces recién han salido de la universidad. Pero para llegar ahí, hay que ser de una especie distinta. Una especie que Marissa reconozca como propia.

"Marissa Mayer" + Search

La gente habla de Marissa Mayer como si fuera el testimonio de que existen máquinas vivientes. Se sabe que se levanta a las ocho de la mañana, que llega a su oficina cristalina y transparente para que todos puedan mirarla a las nueve, que puede tener cerca de ocho reuniones diarias, que googlea para probar las eficiencias de las búsquedas entre 80 y 100 veces al día, que sólo responde mails después de las 20:30, que a las 23:15 va al gimnasio y que no se va a dormir antes de las tres de la mañana.

Marissa Mayer

Cualquier persona podría reparar en ese detalle que pareciera monstruoso: Google funciona a la velocidad de un cerebro que no necesita más de cuatro o cinco horas sueño. Y eso, dice Marissa, es apenas un detalle genético. Algo que heredó de su padre, que tampoco necesitaba dormir mucho y que no le genera mayor sospecha.

El cerebro de Marissa ni siquiera se detiene para contar premios. Para reconocer que es la más joven entre las 50 mujeres más poderosas del mundo según Fortune o que la revista Glamour, en 2009, la eligió como uno de los personajes del año.

A Marissa la detienen pocas cosas. Como su reciente matrimonio con el empresario Zach Bogue o las veces en que por feriados o efemérides puede cambiar el logo de Google por alguna ilustración que los conmemore.

Pero ésas son excepciones. Igual que cuando Marissa Mayer entra a su propia máquina, se googlea un par de veces al año y, quiéralo o no, se topa con esa vida que lee diez resultados por página a la vez. Esa vida que en 10 años ha logrado lo suficiente como para sentirse contenta, pero que no va a detenerse porque Marissa siente haber visto el futuro: "Una de las cosas que van a cambiar y que les vamos a mejorar a los buscadores es la personalización. El buscador va a saber más sobre ti. Tal vez viendo qué búsquedas has hecho en el pasado, tal vez entienda en qué parte del mundo está el usuario".

Si le dan el tiempo suficiente, Marissa Mayer va a saber todo sobre nosotros. Y para encontrar cosas, vamos a tener que seguir sus reglas.

Ahora volvamos a imaginarla y detengámonos en eso. En ese pequeño detalle. Que Marissa Mayer convirtió al mundo en su pieza.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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