Mojave es un cruce de caminos casi a los pies de las montañas de California. Para llegar hay que pasar por lugares como el Valle del Antílope y el Cañón de la Soledad. Hay que pasar un letrero al costado del camino que dice Bienvenido a Mojave, la puerta de entrada al espacio, y kilómetros más tarde enfrentarse al pueblo de verdad. Ése que recibe al forastero con varios locales de hamburguesas, el oxidado tren de la Union Pacific y las aspas de los molinos eólicos sembrados en los cerros que, a la distancia, parecen crucifijos.
Ahí viven cerca de 3.700 personas y los niños crecen queriendo jugar fútbol americano por los Mustangs, el equipo de la única secundaria que hay. En Mojave viven gringos gruesos que manejan camionetas Dodge Ram y Ford Ranger y que, en su mayoría, trabajan en la construcción o en el aeropuerto del pueblo. Mojave puede estar a unos 113 kilómetros de Los Ángeles. Pero estos dos puntos entre sí no tienen mucho que ver. En Mojave aún hay menús de recesión. En Jack in the Box ofrecen 2 tacos a 99 centavos y una cheeseburger grande a un dólar. Amanda -una rubia gorda de pelo sucio y ojos demasiado delineados que trabaja como cajera ahí- miró por la ventana, mientras comía una hamburguesa en su rato libre, cómo a su pueblo fue llegando una estampida de autos millonarios. "Son los amigos vip de Branson", dice mientras mastica. Los clientes vinieron de todas partes del mundo a un pueblo donde la Cámara de Comercio no es más que un triste container a la orilla del pavimento. Pero donde ocurriría la presentación de la nave que los llevaría al espacio.
Mientras todo eso pasaba, Richard Branson dormía en una de las piezas del Mariah Country Inn, un bloque color beige rodeado de tierra y la nada que probablemente es el hotel más lujoso de Mojave. Branson había estado desde las 4 hasta las 11 de la mañana dando entrevistas a distintos canales del mundo. Porque Branson, esa tarde, sólo hablaría con la televisión. En alguna de las otras piezas del Mariah también estaba su madre, Eve Branson, que es responsable -en parte- de que su hijo haya llegado hasta aquí. Porque antes de llegar a los veinte, ella trató de alistarse en la Fuerza Aérea Británica durante la Segunda Guerra Mundial, cortándose el pelo y haciéndose pasar por hombre, cuando aún no se aceptaban mujeres. Porque después de la guerra, trabajó como azafata en vuelos que conectaban Inglaterra, África y Sudamérica, cuando todavía se usaban antiguos aviones de guerra que no estaban presurizados. Por todo eso, Richard ordenó que en el logo de Virgin Galactic apareciera el dibujo de una chica que se supone es Eve en su juventud.
Varias horas más tarde, cuando toda la gente ya se había trasladado hasta la carpa, cuando Schwarzenegger ya se había sentado y Branson ya había terminado su discurso, el niño mimado de Eve invitó a que todo el mundo pasara afuera a conocer al cohete de pasajeros -la SpaceShip Two- que minutos más tarde sería bautizado como VSS Enterprise. Afuera, el viento rugía.
Poco después de que Branson admitiera que casi lloró la primera vez que vio el cohete y le preguntó al cielo si no era la cosa más sexy que había visto, todos volvieron a las carpas. Branson tenía preparada una fiesta y había suficiente vodka gratis como para emborrachar a un regimiento. Nunca imaginó que después tendrían que evacuarlos a todos.
En esa noche oscura, perdida en un desierto donde sólo crecen los Joshua trees, el mundo conoció a la nave de Branson en una presentación que necesitó de música electrónica, juegos de luces y que desafió el clima más rudo de California. Porque poco después de que Branson admitiera que casi lloró la primera vez que vio el cohete y le preguntó al cielo si no era la cosa más sexy que había visto, todos volvieron a las carpas. Branson tenía preparada una fiesta y había suficiente vodka gratis como para emborrachar a un regimiento.
Nunca imaginó que después tendrían que evacuarlos a todos. Que el viento terminaría levantando la carpa desde el suelo y que justo el 7 de diciembre, Mojave tendría su noche más fría y ventosa de los últimos 20 años.
Al otro día, un equipo de Virgin fue a limpiar los escombros. Pero no quedaba nada. Branson había desafiado al cielo. Y en Mojave el cielo le respondió.
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