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Un cohete para Branson

En Mojave, Arnold Schwarzenegger tuvo una Navidad adelantada. Su amigo Richard Branson, le mostró el cohete en el que viajará al espacio.

En Mojave, Arnold Schwarzenegger tuvo una Navidad adelantada. Su amigo Richard Branson, le mostró el cohete en el que viajará al espacio.

Los Ángeles, 10.00 a.m.

El Hotel Intercontinental de Century City, en Los Ángeles, está detrás de las estrellas: colinda con los estudios de la Fox. El Intercontinental, que en sus comedores sirve un desayuno que cuesta US$ 30, pero que en cada una de sus piezas ofrece un coqueto kit íntimo de dos condones, toallitas y lubricantes a US$ 9 más impuestos, es donde todo este día comienza. El lunes 7 de diciembre, el día en que Los Ángeles sufrió su primera lluvia del año, Misty Ewing -una rubia nerviosa que se gana la vida como directora de RR.PP. de Virtuoso, uno de los conglomerados de agencias de turismo de lujo más importantes del mundo- tomó el micrófono en una de las salas de reuniones de ese hotel californiano. Si Misty estaba tensa, era porque tenía que presentar al dueño de la empresa. Y ése era Matthew Upchurch, un gringo barbudo y con el estómago hinchado, que se iba de safari por África cuando las vacaciones del resto de los niños de su edad no superaban los límites de la playa.

En esa conferencia de prensa, donde no había más de cinco periodistas, Matthew explicaría cómo Virgin Galactic se unió a Virtuoso para vender los pasajes al espacio en todo el mundo. Porque Virtuoso -conglomerado al que pertenece Cocha, donde Leonardo Farkas y su señora compraron sus pasajes- quiere "orquestar sueños y experiencias de vida". Y el experimento de abandonar temporalmente este mundo era un negocio del que Upchurch quería ser parte. De hecho, él mismo ya tenía su pasaje. Minutos más tarde, al final de su presentación, Matthew diría que no reconoce un perfil claro entre los 300 clientes que han dejado un depósito para subirse al cohete de Branson. Pero después de un rato, antes de escaparse al desierto en su Range Rover negra, diría que sí, que ve más interés de parte de los baby boomers. Que la mayoría de los tipos que habían sido capaces de hipotecar sus casas y pagar lo mismo que la federación brasileña les paga a sus futbolistas por ganar un mundial de fútbol, eran las mismas personas que años atrás habían visto la llegada de Neil Armstrong a la Luna desde el living de sus casas. Personas que en 1969 tenían 10 ó 15 años y que ahora, cuarenta años más tarde, la posibilidad de convertirse en astronautas los había librado de la culpa y el sentido común para gastar tanta plata el mismo año en que el mundo financiero reventaba. La explicación, según Upchurch, era bastante simple: "Los baby boomers están llegando a un punto donde se dan cuenta de que no les queda tanto por vivir. De que todo lo que han juntado aquí no les va a servir después. Lo que quieren es generar recuerdos. Tener aventuras memorables".

En Mojave viven gringos gruesos que manejan camionetas Dodge Ram y Ford Ranger y que, en su mayoría, trabajan en la construcción o en el aeropuerto del pueblo. Mojave puede estar a unos 113 kilómetros de Los Ángeles. Pero estos dos puntos entre sí no tienen mucho que ver. En Mojave aún existen menús de recesión.

En esa conferencia también hablaría Carolyn Wincer, la gerenta de ventas de Virgin Galactic. Explicaría que más que la dificultad de pasar los exámenes físicos, lo que más preocupaba a su equipo era el desafío mental de sus clientes. Tenían que estar listos para moverse de este planeta y después poder volver a su familia y trabajo, sin el shock de quien ya no le queda nada por ver. También contaría cómo fue que Virgin Galactic se asoció a Scaled Composites, la empresa de Burt Rutan que construye las naves. La historia sobre cómo Rutan ganó el Ansari X Prize en 2004 al poner dos veces en menos de quince días la misma nave a más de cien kilómetros de la superficie de la Tierra, y cómo después se asoció a Branson, ya había sido contada varias veces: Branson supo de los cohetes de Rutan y le ofreció hacer negocios. Lo que no se había visto eran las imágenes del vuelo, cómo la nave madre sube a 15 kilómetros de altitud y suelta al cohete de pasajeros y cómo éste lanza una llamarada que rompe con el cielo y los límites de este planeta. Brian Binnie, el piloto de ese cohete, vio cómo el horizonte dejó de ser celeste y pasó a negro. Vio la línea de la atmósfera, la curvatura de la Tierra y sintió el silencio absoluto del espacio exterior. Brian Binnie, que estudió en Brown y Princeton y tiene 56 años, confesaría más tarde en el desierto de Mojave que cuando sintió el silencio absoluto al dejar este planeta, sólo le agradeció a Dios por permitirle estar ahí.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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