Por: Andrew Chernin, desde California
Richard Branson mostró al mundo la SpaceShip Two, la nave que llevará turistas al espacio, en una fiesta en medio del desierto de Mojave. No fue Leonardo Farkas, pero sí llegó Schwarzenegger. También asistieron 160 astronautas de Virgin Galactic, que pagaron pasajes de US$ 200 mil en un año de recesión. Y sólo para darse el último gran lujo que ofrece la industria del turismo: escapar de este planeta.
Estaban mirando el cielo. La gente, los 160 astronautas, los 150 periodistas acreditados y los 100 agentes espaciales estaban escondidos en un desierto en California, en medio de la nada. A espaldas del mundo. Mirando ese cielo gris metálico que parecía estar a punto de quebrarse. Todos ellos, las 800 personas que habían sido invitadas hasta ese rincón de Mojave con la peregrina promesa de presenciar "algo histórico", estaban mirando hacia arriba. Hacia ese cielo que, después de esa tarde, ya no sería el límite donde todo acababa.
Tuvo que llegar una estrella para que la atención volviera al desierto. Al principio costaba creerlo. Por la ráfaga de flashes, por la manada que lo rodeaba. Porque cierto tipo de gente sólo parece real en las pantallas de televisión. Pero Arnold Schwarzenegger, el último héroe de acción y gobernador de California, estaba ahí. Y Terminator, era evidente, se tiñe el pelo. Todos -la gente, los periodistas, los astronautas- comentaban su tintura café caoba y sus botas de cocodrilo con la figura de su estado bordada. Tuvieron que pasar los minutos para que el público reparara en el otro detalle. Schwarzenegger estaba de terno. Cubierto con un traje gris marengo. Sin abrigo, sin parka. Sin chaleco. Afuera de la carpa donde todo esto ocurría, que estaba forrada de plástico transparente y que parecía sacudirse con vida propia, la temperatura caía y caía por debajo de cero. Aun así, Arnold no intentó abrigarse. Y eso trajo algo de consuelo: Schwarzenegger podía tener la vanidad de un hombre maduro, pero Terminator, incluso a los 62 años, seguía sin sentir el frío.
Al principio costaba creerlo. Por la ráfaga de flashes, por la manada que lo rodeaba. Porque cierto tipo de gente sólo parece real en las pantallas de televisión. Pero Arnold Schwarzenegger, el último héroe de acción y gobernador de California, estaba ahí. Y Terminator, era evidente, se tiñe el pelo.
Branson llegaría después, escoltado de una orquesta de flashes y aplausos. Como si no tuviera 59 años. Como si todos ahí no supieran que él, ese tipo de jeans y chaqueta de cuero, que es tan rubio y tan rojo como en las fotos, era la razón de por qué estábamos ahí. Sir Richard Branson, el niñito disléxico de Blackheath que había fundado dos empresas a los 16 años y que se hizo millonario con Virgin -el grupo económico que fundó en 1970- estaba ahí, sentado al medio de un escenario improvisado para dejar en claro dos cosas: que no todos los hombres envejecen por igual y que el cielo, la conquista turística del espacio si se quiere, era posible. Que ya había 300 clientes inscritos y que ahora, dentro de las próximas horas, habría una nave para mostrar: el primer cohete no gubernamental que llevará humanos al espacio -entre el 2011 y el 2012, se espera-, que permitirá experimentar cerca de cinco minutos de ingravidez y cuyos pasajes sólo costaban US$ 200 mil.
Richard Branson, un tipo que según Forbes es dueño de la 261ª mayor fortuna del mundo, quería invitar a sus clientes a la última gran locura del turismo de lujo: ofrecerles desaparecer. Estaba diciéndoles a los que tuvieran una billetera lo suficientemente grande como para escucharlo, que se podía escapar de este planeta, en medio del desierto y a las cuatro de la tarde. Y esa promesa comenzó a resolverse de a poco cuando tomó el micrófono y, como un mesías posmo que habla desde la Tierra mirando lo imposible, dijo "bienvenidos al futuro del espacio".
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