Por: Alberto Fuguet*
Fui a la cena con el presidente Obama en La Moneda. Huí muy pronto y despavorido. Mal. Fue un experimento social en que se mezclaba lo inmezclable. Es fuerte ver gente poderosa local transformarse en calcetineras ante el poder real.
Yo quería atún, pero ésa no fue la razón por la que me escapé, que huí sin pensarlo dos veces cuando vi que salía del baño Checho Hirane, y Kike Morandé revisaba -mirando a través de sus anteojos de marco naranja de aviso de óptica- las fotos que se tomó con Obama. Mucho.
¿Qué había salido mal?
Estaba desencajado de estar cenando solo, rodeado de cientos de desconocidos, de gente que no tenía nada que decir o que no deseaba decirlo contigo. Eso sumado a los celos por no tener un iPhone o una BlackBerry y marearme de mirar cómo todos -todos- no hacían otra cosa que twittear, googlear, chatear y revisar las fotos que lograron tomarse con Obama o que quizás usaban estos aparatos como su cable de salvación para defenderse del aburrimiento/lata total. No we can´t parecía el lema por el que optaron en el Segundo Piso. Too much, too long, too hot. Aquel que asignó las mesas quizás quiso vengarse o hacer un experimento social al juntar lo inmezclable.
Quizás la cosa empezó a zozobrar cuando me percaté que era más difícil subirse a un avión para abandonar Colombia que ingresar a la fiesta. O la seguridad era demasiado perfecta o quizás la confianza en que "todos fuimos al mismo colegio" y "nos conocemos de toda la vida", que no hacía falta mostrar carné o menos pasar por un escáner, algo que, por cierto, hubiera incomodado a la intendenta de la Octava Región, quien, en una jugada maestra, desvió la atención de su futura acusación constitucional a sus sorprendentes piernas y minivestido a lo Tina Turner. Al parecer la mezcla pop de Obama, eso de ser cool y negro y brillante y tener carisma + poder, hizo llegar gente que uno pensaría estaría a un par de cuadras reclamando por la intromisión en Libia y que parecían groupies en un recital de Justin Bieber. Es fuerte ver gente poderosa local transformarse en calcetineras ante el poder real.
Mi mayor consuelo es que Obama no entendía todo lo que estaba pasando y no conocía a nadie, y que desde la plataforma donde estaba parado escuchando el eterno discurso de Piñera, simplemente pensaba que los ricos no son tan distintos y que todos se parecen y que al menos los rallies en Fort Lauderdale o Cleveland tienen más color y diversidad. No es culpa del presidente Piñera verse tan bajo, pero sí lo es que aún no entienda que un chiste es un chiste cuando es sorpresivo y es corto y es auténtico. La talla del asesor que captó que ambos son zurdos (de mano) y que fueron a Harvard (please, basta, ya es presidente, cortemos con la inseguridad) funcionó la primera vez por televisión, pero dos veces da vergüenza ajena. Una cosa es ser hospitalario; otra es la moral Zalaquett de insistir e insistir hasta ganar por cansancio.
Escapar de La Moneda tiene algo adrenalínico. Fue como ese famoso plano-secuencia de Buenos muchachos de Scorsese en que Henry Hill ingresa al Copacabana por la puerta trasera y cruza la cocina hasta llegar a una mesa que le arman en la primera fila. Esto fue al revés. La meta era llegar a respirar aire fresco y ojalá acceder a un completo del Dominó antes que cerrara. Tuve que pasar por la cocina-carpa del banquete-fusión que llevó el término food porn a un nuevo grado ("ostiones de Tongoy en crema de citrón confit e hinojo"), entremedio de todo el servicio secreto y la guardia de Palacio que me escoltaron luego de explicarles que no sabía si me iba a desmayar por calor, por aburrimiento o por hambre. Sonrieron. Fugarse de La Moneda me produjo más placer que ingresar a esa suerte de red carpet bajo un sol implacable en algo que parecía una ceremonia del Oscar donde nadie estaba nominado y el único candidato ya había ganado el premio qué rato (volar en Air Force One).
*Escritor y cineasta.
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