Por: José Manuel Simián*
En los últimos años, la Alcaldía ha ganado y perdido varias batallas con los taxistas. Muchos de esos cambios han sido apoyados transversalmente por los neoyorquinos. Pero en la ciudad de la libertad, la ropa es otra cosa.
Cuando, la semana pasada, la Comisión de Taxis y Limusinas indicó que quería imponer un código de vestuario más estricto para los taxistas de Nueva York, la primera reacción fue de desconcierto. ¿Qué vendría siendo "apariencia profesional" en un taxista?, nos preguntamos todos.
Para otros la sorpresa fue descubrir que existía algún tipo de reglas para la conducta y apariencia de los choferes de los taxis amarillos, a quienes muchos consideran una suerte de animales protegidos en la selva neoyorquina, libres de hacer lo que les venga en gana siempre que no maten a nadie.
En los últimos años, la Alcaldía ha ganado y perdido varias batallas con los taxistas. A pesar de que la iniciativa de renovar la flotilla de más de 13.000 taxis amarillos con vehículos híbridos está estancada en tribunales, sí se consiguió instalar -contra la poderosa voluntad de los gremios- máquinas para pagar con tarjeta de crédito, rastreadores GPS y pantallas de televisión con entretención e información. Muchos de esos cambios han sido apoyados transversalmente por los neoyorquinos.
Pero en la ciudad de la libertad, la ropa es otra cosa.
Sin excepción alguna, todos los ciudadanos y taxistas a quienes pregunté en estos días por la posible norma respondieron igual: "¿Y qué me importa a mí como se vistan los taxistas?". Y luego algunos agregaron esa frase que en esta ciudad se usa para explicar cualquier cosa -lo que anda bien y lo que anda mal, los precios baratos y los caros, las bellas artes y el olor a basura, los travestis y las supermodelos-: "¡Esto es Nueva York!".
Y de alguna extraña forma, los taxis simbolizan esa libertad, quizás porque nos sirven para desplazarnos a cualquier lado, a toda hora y con cierto anonimato. O porque nos permiten no tener auto. El asunto es que esos vehículos amarillos son una parte tan fundamental de la experiencia neoyorquina como los ratones en el tren subterráneo.
Me atrevería a asegurar que todos quienes, como yo, llegaron de adultos a vivir a Nueva York, recuerdan ese glorioso recorrido en taxi del aeropuerto a la ciudad con toda tu vida en el maletero; las mudanzas con taxímetro; los viajes rápidos en caso de emergencia o celebración; o, mucho más importante, la primera vez que te perdiste por una avenida después de que alguien pronunció esas cuatro palabras mágicas (que en inglés son cinco): "¿Vámonos a mi casa?".
Por todo eso, a los taxistas que me explican el Corán o me enseñan de música haitiana, a los que me hablan de mafias de abogados judíos que manipulan a los políticos latinos, al que encontró la ruta más rápida posible para atravesar Manhattan esa vez que atropellaron a mi mujer y mi hijo, o a ese indio que me esperaba todas las mañanas a las 5:00 a.m. para llevarme al trabajo y no entendía por qué mi familia no quería ir a pasar las vacaciones a su granja de gallinas en Carolina del Norte, a esos taxistas, señor alcalde, déjelos que se vistan como quieran, que son grandecitos y saben lo que hacen. ¿Ok?
*Periodista.
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