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Política: El arte de mandar

Por: César Barros*

Esa dureza y flexibilidad que exhibieron el Ministro Golborne y el Presidente fueron forjadas en la ruda escuela empresarial y son un mentís a quienes dicen que los empresarios no tienen destino como políticos.

  • Fecha: 27 08 2010
  • Sección: Posteos
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En las empresas, la constancia, la búsqueda de resultados tangibles y el manejo de equipos son el corazón del mando.

En las empresas, la constancia, la búsqueda de resultados tangibles y el manejo de equipos son el corazón del mando.

Tengo en mis manos un tesoro de libro: El Arte de Mandar (principios del mando), de André Gavet. Es lectura obligatoria para los participantes del CAOR 2010- Bicentenario (Curso de Aspirantes a Oficiales de Reserva del Ejército). Fue escrito a fines del siglo XIX, pero mantiene total vigencia: demostración palpable que podemos cambiar las modas, el hardware y el software del mundo, pero no el alma humana.

Es un manual de liderazgo. Y, aunque enfocado al mando militar, es perfectamente válido para el liderazgo en las empresas y, por qué no decirlo, en el mundo político. Debería ser lectura obligatoria no sólo para los CAOR, sino para todas las escuelas de Negocios y de Ciencias Políticas.

En el mundo militar, el buen ejercicio del mando ostenta la mayor importancia, por cuanto el oficial tiene a su cargo -en caso de conflicto- la vida y la muerte de sus hombres. Es en esos casos una responsabilidad mayúscula, que no la vemos en nuestra vida empresarial o política todos los días.

En un resumen muy simple, el autor nos dice que el valor del mando depende de tres características del líder: de su inteligencia, su carácter y, por sobre todo, de su abnegación. Les transcribo algunos párrafos:

"La renunciación a sí mismo, resultado de la consagración a la cosa pública, nos aparece como el elemento principal de la facultad de mandar… para dirigir bien a vuestra unidad, debéis ante todo, hacer abstracción de vuestra persona, de vuestros intereses y de vuestras pasiones… vuestra autoridad, vuestras insignias, no han sido otorgadas para vuestra propia satisfacción; los honores y las demostraciones de respeto, no se dirigen a la persona, sino al grado que representan… pensad en los graves deberes, en las pesadas cargas, en los resultados necesarios. Cuando estéis impregnados del espíritu de abnegación y de deber, tendréis un guía seguro y una fuerza invencible… la indolencia (de carácter) es la plaga más terrible que puede minar a un ejército… (los oficiales sin carácter) son impotentes para imponerse reglas, para adoptar principios definitivos de conducta, y obligarse a seguirlos…".

Como actuaron el ministro Laurence Golborne y el Presidente de la República en esta crisis, es exactamente lo que recomienda el manual de mando del Ejército: liderazgo con inteligencia, con mucho carácter, y total abnegación. Los resultados fueron los esperados: y lo habrían sido también si los "33 de la fama" no hubieran estado vivos. En una crisis en que se jugaban vidas humanas, no hubo cálculos personales mezquinos. No hubo visiones de corto plazo. No hubo indolencia. Vimos buenos líderes, que siempre deben ser respetuosos y respetables. Amables, pero consecuentes. Decididos por los cursos de acción que les recomiendan la técnica y la sabiduría, más que los señalados por las encuestas y las intuiciones sin respaldo.

Esa dureza y flexibilidad -como una barra de acero templado- la adquirieron el ministro y el presidente en la ruda escuela empresarial (porque ninguno ha sido militar creo), y son un mentís a quienes dicen que los empresarios no tienen destino como políticos. En las empresas, la constancia, el uso adecuado de tecnologías, la búsqueda de resultados tangibles y el manejo de equipos son el corazón del mando. No es así en la política profesional, donde todo es debatible, todo tiene varias caras, y lo importante no son los resultados, sino las percepciones de los actos. La retórica por sobre la razón y la inteligencia.

*Economista.

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N° 2071, 17 de diciembre de 2010

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