Según datos del gobierno, en las labores de rescate se han gastado $ 60 millones por día.
Los accidentes se fueron dando como pequeños avisos malditos. En enero de 2007 se produjo una explosión de roca en la San José por la presión del cerro, que mató a Manuel Villagra. Las autoridades visitaron la mina y decretaron su cierre definitivo. A raíz de eso, se trabajó en las ventilaciones, reforzamientos internos y se pidieron varias cosas: una salida de emergencia, un túnel para ésta y el fortalecimiento de las mallas que cubrían los socavones y el techo.
Durante el resto de ese año, San José permaneció
Sin accidentes, pero sin producción. Sin muertos, pero sin ganancias. Bohn, en ese tiempo, le pidió un informe de apertura a la empresa contratista de servicios mineros E-mining. Dicho documento lo presentó al Sernageomin y con ello arregló la reapertura de la San José después de que, como recuerda un cercano al directorio, Patricio Leiva, subdirector nacional, lo autorizara.
Nadie reconoce en Bohn vínculos políticos. En Copiapó no era conocido ni siquiera por la gente del diario local, y no participaba de las comidas o vida social minera de la que disfrutaban los dueños de yacimientos más grandes, como Carola o Candelaria. Pero sí tenía otras cosas. Un cercano suyo lo describe como un tipo "empujador. Que puede estar en la oficina del ministro de Minería todo el día hasta que lo atiendan. Que es capaz de decirle a una autoridad estatal que tiene 400 trabajadores directos y 200 indirectos y que cerrar la mina significa dejar sin pan a todas esas familias. Y que, además, tiene una deuda con Enami que no va a poder pagar, a menos que produzca".
Una persona que estuvo ligada al Sernageomin de la III región recuerda que el 3 de julio de 2008, a seis semanas de abierta la mina, se le envió un documento a Bohn que decía que "debido a que la pésima ventilación que tiene la mina puede afectar la salud del personal y pone en riesgo la vida de los trabajadores, es que este servicio da un plazo perentorio de 60 días para poner totalmente en funcionamiento la ventilación".
Ese documento, el ordinario 04080, también planteaba reparos en el proyecto eléctrico, fortificación y en la construcción de una segunda labor de acceso y salida para casos de emergencia. La defensa de Bohn dice que se hicieron todos los requerimientos antes de abrir.
"Marcelo Kemeny ya estaba cansado de todo. Se corrió para el lado y apareció Bohn, que nunca había tenido una mina, pero que en dos meses se creía más capaz que todos. Más que los abogados, los ingenieros de mina, más que los mecánicos y más que los de la planta", relata un ex director de la minera.
En 2007, una empresa australiana se interesó en comprar la San José. Esa vez, uno de los socios interesados en adquirir llegó hasta la mina, la vio y dijo que hasta ahí no más llegaba. Lo mismo pasó con otra compañía norteamericana. Sólo que en ese caso fue el broker chileno el que dijo que por nada del mundo se iba a meter al pique. Además, personas que conocieron esta operación dicen que en la etapa de due diligence, los informes económicos que esperaban los estadounidenses nunca llegaron. Y que por eso, ello decidieron abortar. No fueron los únicos a los cuales le ofrecieron la San José: por lo menos conversaron con otras cuatro firmas.
Los que defienden a Bohn sostienen que incluso en una situación tan compleja como la que enfrentaba, él había instalado geófonos, que no son otra cosa que micrófonos para escuchar la mina. Y que contrató máquinas robóticas manejadas desde afuera para explorar los límites de su veta.
Bohn en Copiapó es dueño de una mina con mala fama, pero que no pagaba mal. Y por eso es que los buses que pasaban a buscar a los mineros a las plazas de esa ciudad, y también a las de Tierra Amarilla y Paipote, siempre llevaban gente. En ese pique se prometían cerca de 400 mil pesos al mes por lo bajo. Aunque Bohn, incluso si pocos lo sabían, también es dueño una planta de chancado en la zona norte de la ciudad que la Corema ha tratado de cerrar desde 2005. Y que el dueño no ha podido trasladar, argumenta, por falta de recursos.
Esa mecánica se fue desencadenando hasta junio de este año, cuando por culpa de otra explosión dentro de la San José, un minero perdió un pie. La mina se cerró y luego volvió a abrir. Se pagó una indemnización y Alejandro Bohn siguió operando un pique que se negaba a abandonar. Bohn, que había triunfado en lugares tan distintos como Inglaterra y México, no iba a caer en Copiapó.
El estilo de Bohn fue postergando cualquier otro protagonismo. Y esa dinámica que, por ejemplo, permitía que durante un año y medio no hubiera reuniones de directorio, terminó dejándolo solo. Después del despido de Uribe, los directores Kurt Kandora y Manuel Díaz Estades renunciaron en 2007. Cristián Quinzio, el último de los directores que quedaba, emigró en 2009.
Incluso, cuando todo indicaba que en esta pasada probablemente le tocaba perder.
Porque después pasó lo que todos sabemos. La mina se derrumbó, 33 mineros quedaron atrapados y el país continuó la vigilia de una tragedia que pareciera buscarlo como culpable y que se transmite en directo mientras el Fisco gasta 60 millones de pesos diarios en el rescate.
Alejandro Bohn pasó de pensar en cómo salvar la mina, a la posibilidad de ser formalizado. Por ello, esta semana contactó a estudios de abogados, como, por ejemplo, Insunza, Del Río, Parraguez. Finalmente, contrató a Hernán Tuane para que formara un equipo multidisciplinario. La defensa admite que hay ciertos problemas de seguridad, pero dice que esos no fueron desencadenantes de la tragedia. Agregan que la deuda de la firma es de US$17 millones y que su patrimonio total es de US$20 millones. Y ya piensan en el pago de indemnizaciones. La próxima semana tendrán reuniones con las autoridades. Con los parientes de los mineros también intentaron juntarse, pero la condición fue insalvable para los empresarios: los familiares pedían que fuera frente a las cámaras.
Bohn se pasa sus días durmiendo poco y entendiendo que, probablemente después de esto, su mina pasará a Enami y que todo habrá acabado. Que su nombre se habrá ensuciado y que ahora, como explica un cercano, sería feliz siendo simplemente un empleado.
Pero Bohn, que al igual que Kemeny, es un judío creyente que no trabajaba los viernes por la tarde, ve en esto razones demasiado lejanas a la tierra, a la mina y a Copiapó.
-Para él, esto tiene que ver con Dios. Y hoy está en conflicto con Él-, dice uno de sus hombres de confianza.
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