Por: María José López, Andrew Chernin y Emilio Maldonado
Dueño de un carácter impetuoso, Alejandro Bohn es protagonista de una historia llena de desaciertos y pasos errados, que culminaron en una tragedia. Su bitácora empresarial y el conflictivo arribo al mundo minero. Las disputas al interior de la Minera San Esteban y su polémico modelo de gestión.
Lo que se escuchaba ahí era un tipo que había perdido. Que finalmente, después de varios años quizás, se daba cuenta de su derrota. Y de que esa mina terminaría por hundirlo. El jueves 5 de agosto, después de enterarse -su gerente de Minas le avisó-, cuando ya había visto el polvo levantarse y cómo llegaban las brigadas de rescate a la mina San José, alguien le preguntó a un Alejandro Bohn Berenguer con la cara descompuesta, qué carajo pasaba ahí.
Bohn, que hasta entonces era visto como un empresario poco amigo de las confesiones emotivas, se rindió y soltó un diagnóstico a uno de los presentes que probablemente había esquivado por demasiado tiempo.
-Cagamos. Quebramos. Tengo 33 viejos atrapados en la mina.
Y claro, eso ahora puede parecer una obviedad. Porque ya van dos semanas, y los mineros siguen bajo tierra. Pero en esa hora jodida de la tarde, que Alejandro Bohn -dueño junto a Marcelo Kemeny de la Minera San Esteban- dijera algo así, tiene que significar algo.
Mal que mal, era un tipo poco acostumbrado a las derrotas empresariales. Que se inventó a partir de un sendero que seguía una receta conocida: la casa en que se crió en Vitacura, una educación que lo paseó por el Nido de Águilas y la carrera de Ingeniería Comercial en la Universidad Católica, y que con 45 años lo tenía como un hombre que podía sentirse tranquilo con lo conseguido.
Antes del jueves y antes de llegar a Copiapó, Alejandro Bohn no era un nombre reconocible. Nadie lo habría parado en la calle. En su carrera fue un alumno promedio con un especial apetito por las finanzas. Era bueno para el tenis. Y que laboralmente, en Lever, tuvo una carrera meteórica.
En esa empresa -a la que entró después de egresar- fue gerente de Finanzas de Bresler. A los 32 años, en 1997, llegó a trabajar a la casa matriz en Londres. Cuatro años más tarde, cambió su residencia a México, donde se movía por el mundo como vicepresidente de Finanzas de la multinacional angloholandesa. Lo que otros no lograban en décadas en esa firma, Bohn lo hizo en trece años. Y después de esa ruta fue que todos quienes alguna vez se toparon con él, comenzarían a usar las mismas palabras para describirlo: en el imaginario corporativo Bohn siempre sería el tipo inteligente, trabajólico y duro. La clase de gerente que no contaba con habilidades blandas.
Porque en el papel, la gestión mexicana de Bohn anota que se mejoraron los resultados. Que se vendieron marcas, lanzaron productos y se hicieron ajustes de personal. Pero la otra, la que no queda en las memorias anuales, como el comentario de un antiguo compañero de Lever, dice cosas como ésta:
En Lever, Bohn fue gerente de Finanzas de Bresler. A los 32 años, en 1997, llegó a trabajar a la casa matriz en Londres. Cuatro años más tarde, cambió su residencia a México, como vicepresidente de Finanzas. Lo que otros no lograban en décadas en la firma, Bohn lo hizo en trece años.
-Al final de su gestión, la alta dirección de la firma le criticó a él y a toda la plana de México que ese mejoramiento se hizo a costa de hipotecar las ventas de la empresa. Se les acusó de inundar el mercado de productos Lever para las campañas de fin de año, con el objetivo de conseguir bonos de producción por las altas ventas registradas, pero a costa de que. en los meses posteriores, la firma apenas vendiera y se quedara con grandes stocks.
Ese detalle, dice esta misma persona, le habría costado la salida de Unilever a Bohn. El ejecutivo niega tal episodio.
Entonces el escenario era éste: Bohn, el self made man, dejaba México con algo que asomaba como una primera derrota profesional posible. Pero lo hacía con una indemnización lo suficientemente millonaria como para no tener que poner en pausa ese apetito que llevaba varios años madurando.
Las muertes suelen detonar procesos que de otra forma no serían posibles: Jorge Kemeny era un empresario minero de origen húngaro que hizo su fortuna trabajando los yacimientos de la III Región. Pero Kemeny, que encontró Chile después de arrancar de Europa por su miedo al comunismo, y que llegó a este país tan lejos de todo sin más capital que unas monedas de oro al fondo de sus botas, un día sintió que podía morir. Y que eso no podía sucederle todavía. Porque a pesar de sus 72 años, aún no tenía testamento.
Tres días antes de fallecer, Kemeny invitó a uno de sus cercanos a almorzar y en una servilleta anotó su testamento: dividiría su imperio entre Marcelo y Emérico, sus dos hijos.
La tragedia de Jorge fue que ninguno de los dos tenía ganas y jinetas para convertirse en su heredero. Porque Marcelo, ingeniero mecánico, se desvivía por los autos, y Emérico, el arquitecto que moriría cinco años después, tuvo que anestesiar sus ganas de convertirse en artista. Quienes los conocieron coinciden en un par de cosas: ninguno conocía las rutinas ni los códigos subterráneos de la minería y tampoco tenían la pasta para hacerse cargo de la obra de su padre, que en ese servilleta selló un futuro, donde Marcelo se quedaba con parte de su colección de arte, para costear la educación de sus hijas, y con un porcentaje mayoritario de un departamento que tenía la familia en Las Condes.
Jorge Kemeny murió y la lógica corrió su suerte: Marcelo se hizo cargo de la mina, y Émerico de la empresa de camiones K Limitada que la servía. Pero al año, Marcelo ofreció comprarle el porcentaje de la mina a su hermano, y éste le dijo que no era suficiente. Que el paquete también debía incluir su empresa de camiones -que odiaba-, que cargaba con pérdidas por US$ 3 millones.
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